TATOO

Ella eligió para su omóplato derecho una ninfa violeta aleteando picaronamente sobre una ola difuminada en azul turquesa, pero el tatuador añadió y camufló un delfín dorado, escondido perfectamente entre la espuma blanca del mar. Era su firma de artista canalla. (Está muy harto de tanta treintañera egocéntrica de culito respingón)

Ella viaja en tren dos veces al día, de Mataró a Barcelona por la mañana y de Barcelona a Mataró por la noche. A la altura de Montgat, allí donde las vías casi rozan la playa, el vagón en el que va sentada empieza a humedecerse con un salitre travieso, se escucha el rumor sordo de un rompeolas invisible, y se presiente un chapoteo obsceno bajo los asientos.

Ella tendrá un sarpullido dulce y pigmentado sobre la espalda cada vez que baje del tren, pensará que es alérgica a los polizones sin ticket, a los senegaleses silenciosos. Pero se equivoca completamente, el delfín es el culpable de todo, que quiere escapar, como sea, del acuario epitelial, que se excita hasta enloquecer con los aromas mnemónicos del mar.

INFINITO

(para Y. que seguirá coleccionando pólizas en su pasaporte falso )

La chica del infinito sabe que las piedras tienen memoria, por eso anda buscando planetas líquidos.

La chica del infinito provoca incendios con su impaciencia, causa amnesias con sus jerarquías, entonces las cocinas se declaran zona catastrófica y arden cuando la presienten.

La chica del infinito ha inventado un idioma de verbos sin tiempos conjugados, pero el universo giroscópico es mudo más allá de las avenidas.

La chica del infinito sabe descifrar el lenguaje espiral de las caracolas, pero vive sobre una línea de puntos suspensivos.

La chica del infinito no llora, podría  inundar su cama.  Y yo nunca aprendí a nadar

 

 

 

CINE DE BARRIO

El acomodador estaba tan enamorado de la taquillera, que una noche compró todas las entradas de la sesión golfa. Quería hacer el amor ricamente en la primera fila, repitiendo en su oído todas las escenas que había aprendido en la gran pantalla.

No contó con la presencia del proyeccionista. Tuvo que conformarse y compartir. Hicieron un trío.

Años más tarde el cine de barrio cerró sus puertas, obligado por la crisis y el top manta. La taquillera y el proyeccionista abrieron un videoclub ruinoso. Sólo tenían un cliente: el acomodador.

INSOMNIO

Ya sé que miles de cigarrillos Winston, o las noches eternas de gintonics y amaretos, me llevarán de cabeza a la tumba. Pero estoy negociando, con quien corresponda, cambiar mi muerte por la cadena perpetua de tu insomnio, trocar mi hora final con tus horas nocturnas interminables. Buscaré el mejor trepanador egipcio, haré que hurgue con su berbiquí en un punto exacto de mi hipocampo, justo allí donde se regulan los horarios del sueño. Luego cauterizaré con salmuera mis sesos para evitar septicemias, sellaré mi cráneo con substancias irreversibles, y dejaré de dormir para siempre.

¡¡ Anda, mira qué bien !!, al final no me ha hecho falta recurrir a la cirugía ancestral. Tú ya me has contagiado. No sé si mezclaste la falta de sueño entre tu risa, entre la saliva dulce de algún beso o entre las hebras infinitas de tu melena, pero el caso es que ya no duermo.

Los días son largos pero las noches no hay quien se las apure, son transoceánicas. Todo el silencio del mundo me rodea, pero cualquier pequeño sonido me llega como un cañonazo al centro del cuerpo: el goteo de un grifo eterno, la sirena lejana y maldiciente de una ambulancia, el rumor de un colchón agitado por unos que están follando en las antípodas, el imperceptible y oxidado chirriar del eje del planeta; ahora mismo está lloviendo en Macondo, lo sé, lo oigo.

Soy como esos tigres del zoo, encerrados en una pequeña jaula de cuatro metros, caminando de un lado a otro, incansablemente, toda la vida, con la mirada siempre en un punto fijo. Así estoy yo, recorriendo la habitación de pared a pared, descalzo para no molestar al vecino de abajo, desnudo para no escuchar el roce de la ropa, con la mirada siempre en la cristalera, esperando a que la ciudad se despierte y me acompañe en mi insomnio.

Los gatos se cansarán de maullar a la luna y yo seguiré en mi ventana, espiándolos, viendo como se dispersan al clarear el alba.

Mil años después los médicos seguirán sin creer que el insomnio sea infeccioso. Yo soy la prueba viviente, y sin sueño, de su incredulidad.