SALA DE LOS MORIBUNDOS

En el hospital de la montaña hay una planta entera donde a los hipocondriacos, y a los desahuciados, les rellenan el frasco del gota a gota con agua caliente del grifo, dicen que no vale la pena hacerles felices.

Me colé en la sala de los moribundos buscando un rincón donde escupir los herrumbres de tanto café de máquina. Las enfermeras barrían los pulmones del viejo de la 107, que ayer los tosió tras la puerta. Vendajes y apósitos por el suelo.

El taxista loco de la 201 dejó que el hombre que violó a su hijo viviera doce años y un día, justo el tiempo que lo condenó la justicia, después lo arrolló con su viejo taxi, un supermirafiori 1500. Lo atropelló en la calle Entenza esquina Rosellón, al salir de la Modelo; ahora vive a pensión completa en la sala de los moribundos, su historial médico indica que está loco, que se quiere matar en su taxi, licencia número 1967.

Los borrachitos de la planta de abajo vienen a ver a los bronquíticos, unos esperan un hígado de recambio, otros llevan atada a la espalda una botella vacía de oxigeno. Organizan timbas de julepe en los descansillos del ascensor, se juegan una copa de anís o un par cigarrillos Winston paquete blando. Pero desde que murió el asmático de Lorenzo apuestan sin mucha ilusión, les abandonó antes de pagar la deuda etílica que tenía con el cirrótico de la 369.

Vicentico Pérez y Celia Cruz siguen cantando sus vasos vacíos en el mp3 de la enfermera, y se olvida completamente de que es la hora de repartir el veneno de las 22’30h.

( Defecto reconocido: quiero abolir los impuestos del tabaco y del alcohol, patrocinan lo que peor funciona en este país: sanidad, cultura, derechos sociales  )

CIRUGÍA CORONARIA

Podrías poner tus manos en mi pecho y apuntar con tus dedos a la derecha del esternón, justo en un hueco entre las costillas. Podrías apretar ahí muy fuerte y hundir tus uñas en la carne hasta llegar al músculo cardíaco. Podrías rodearlo con la palma de tu mano, separarlo de las venas que lo alimentan, girarlo sobre sí mismo rompiendo sus anclajes. Podrías, luego, retirar lentamente la mano (sabiendo que cuanto más despacio más duele) con mi corazón apretado y asfixiado dentro de tu puño (sabiendo que cuanto menos oxigeno más muerte).

Se me olvidaba, ya lo has hecho.

(mi) EFECTO MARIPOSA

Cincuenta y cuatro generaciones de Trástamaras y sus diferentes ramas (Avís, Habsburgo, Borbón y Braganza) han reinado durante siglos en Europa con un sólo propósito. Desde el siglo XII hasta nuestros días, tooooodas sus acciones han estado encaminadas a dejar los cimientos bien asentados para ese proyecto, a prever actos y consecuencias que cientos de años después reflejarían un resultado. Pero lo misterioso del asunto es que ni ellos mismos lo han sabido nunca. Es un código marcado genéticamente no se sabe porqué.

Sólo una pariente lejana de este real clan (María Eugenia de Montijo, 1853-1871, emperatriz de Francia y madrina de la reina Victoria Eugenia de Battenberg) se descantilló un poquito de la secreta misión encomendada. Sepan que en vez de estarse quietecita como todos sus bisabuelos le dio por ser activa y oscilante: Se casó con uno de los Napoleones (el más calzonazos, seguro), los agostos se los pasaba en Biarritz (entre gigolós y mamporreros) enseñando chicha, hizo que nadie olvidase en aquella época a su admirada María Antonieta (un pendón de primera categoría, según las biografías), se saltó a la torera todos los protocolos y cuando le venía en gana sentábase en el trono francés -¿ya he dicho que su marido era un calzonazos?- dirigiendo el porvenir a su antojo. Era ansiosa, siempre tenía prisa y encargó a un primo lejano (Fernando de Lesseps) que le acortara el camino entre los continentes, el primo –enamorado hasta el tuétano- acepto y abrió una brecha increíble entre Europa y Asia, cicatrizando con agua de mar un trozo de Egipto (Canal de Suez). También se cepilló a Maximiliano I, emperador de México; no es que se lo tirara salvajemente una noche loca de verano, lo que sucedió es que le envió a pelear con los mexicanos y éstos no estaban por la labor de dejarse invadir por los franceses (¡vaya desagradecidos!). Asimismo se encaprichó de un médico de provincias y le pagó todos sus vicios: alambiques, probetas, artilugios de botica, cadáveres para experimentar, minerales raros, etc. (Louis Pasteur); años más tarde el médico de provincias, correspondiendo a sus favores, le regaló un par de caniches con el siguiente mensaje: no te preocupes si te muerden, estaré yo para lamer tus heridas.

Bueno, a lo que estábamos, que me lío. Miles de hechos inconexos tienen un fin común. Toda la mencionada cuadrilla de reyes, barones, vizcondes, marqueses y demás real ralea, provocaron guerras y zafarranchos, separaron tribus y territorios, engendraron tarados y prodigios, convencieron con artimañas desconocidas a la reina Isabel la Católica para que se fijara en aquel marinero italiano (Cristóbal Colón, algo mariconcete en sus vestimentas), con urdimbres palaciegas consiguieron que le proporcionara barcos y remeros a tontas y a locas; después enredaron, no se sabe cómo, al susodicho genovés para que errara el destino de su viaje y se tropezara con el Nuevo Continente, y ya puestos para que Américo Vespucio se forrara redibujando el mapamundi unidimensional más completo esbozado hasta la fecha.

Un puñado de españoles (sevillanos sibilinos, cacereños hambrientos, gallegos desubicados, vizcaínos resabiados, además de patibularios, estafadores e inconscientes) se lanzaron destrozar esa nueva tierra, a rebuscar hasta en el último rincón los tesoros que nunca encontraron; los ingleses, los holandeses y algún que otro descastado europeo también pusieron su granito de arena, no te creas. Todos han seguido jodiendo la marrana durante esta vida para concluir sus designios hasta el día de hoy. Guerras mundiales, años de crecimiento económico, epidemias, olimpiadas, terremotos, crisis energéticas, viajes a la luna, videojuegos epilépticos y cualquier hecho que remueva las tripas del planeta, cualquier tipo de intriga o evento ha servido para finalizar su intrínseco cometido. Siempre con la máxima maquiavélica: el fin justifica los medios.

Y todo esto ¿para qué? Yo lo sé. Yo lo he descubierto. Yo -que no tengo nada que ver en este “fregao”- soy el último eslabón de esta cadena intemporal e intransitoria.

Sí, porque a mí me ha tocado en suerte saber que al otro lado de los océanos habita una hembra de carácter fluctuante y piel canela; que prefiere conseguir las cosas despierta a soñar con ellas; que Dolce & Gabbana se han atrevido –putos- a robarle una gota de sudor para inventar perfumes; que me regala (mezcladas entre el burbujeo de los salmones salvajes) moléculas de ensueño, a mí que no duermo desde hace varias navidades; que me habla con palabras de colores; que me cambia el aburrimiento del día a día por momentos de fantasía con sus esferas; que me troncho de risa con sus trabalenguas; que duerme con dinosaurios del pasado; que sabe hacer música con las clavijas del teclado; que no es tan dulce como parece ni tan ácida como presume; que tiene unos ojos que no son de este mundo; que sueña continuamente con naufragios y yo estoy aprendiendo a reflotar todas las carabelas que andan hundidas por esos mares; que…