BARBACOA

 

Todos los jueves la misma conversación, la misma charla cansina:

Tienes que implicarte más en nuestra relación. –recriminaba ella.

No te entiendo. –despistaba él.

Sí, hombre, sí. Que tienes que poner toda la carne en el asador, para que esto nuestro funcione. –insistía ella.

¿…um? –seguía él sin querer entender-

¡¡ que debemos hacer que salte la chispa entre nosotros, joder !!

OK. –terminó él.

El viernes por la noche comenzaron a hacer el amor rutinario de todas las semanas, él se esforzó tanto que la temperatura subió hasta romper el termostato, que llovieron relámpagos, chispazos y estrellas fugaces desde las cornisas, y el sábado por la mañana amanecieron rustiditos sobre un colchón incendiado.

Él se había pasado toda la santa tarde del viernes conectando el somier de su cama a la red eléctrica, tejiendo con hilo de pólvora una sabana preciosa, untando con petróleo seco las costuras del edredón, pintando las paredes del dormitorio con esmalte fulminante, escondiendo detonadores entre las almohadas y regando con azufre inodoro todos los zócalos.

Ella quiso una barbacoa y él se la concedió.

OVERBOOK

¿Conoces esas cafeterías de alto standing o de bajo ranking que siempre están vacías? Establecimientos con decoración extravagante e indefinida, que a veces son laberínticas y otras son  áridas. Sí, ésas en las que no entramos porque no sabemos cómo comportarnos, no sabemos si el café es bueno, malo o regular, no accedemos porque no hay lista de precios y tenemos miedo a un atraco pecuniario.

Tu corazón es así.

 

¿Has visto esos asientos del autobús que están reservados para personas especiales? Siempre están al principio, nada más entrar, fácilmente localizables. Son un poco más amplios y confortables que el resto de butacas. Sí, ésos que siempre están ocupados por gente que no los merece, por turistas despistados que no entienden el idioma, por tipos egoístas que se aprovechan de nuestra indolencia, por listos que se pasan de tontos.

Tu coño es así.