LE LLAMAN TARANTULA

Se quedó calvo antes de los veinte; por leer cosas sucias decía una madre que nunca le quiso. Y él se ríe por dentro, porque para masturbarse no le hacen falta fotos ni relatos, le basta con su imaginación. Para compensar las burlas sobre su calvicie se tatuó una araña en el centro del cráneo, y una telaraña octogonal acabó extendiéndose desde el final de la frente hasta el principio de la nuca y de una oreja a la otra.

El día que cumplió los treinta llegó a casa sin dos dedos de una mano. Una máquina del taller, con mal aliento y peor genio, le echó mal de ojo y le aplastó los dedos de la mano derecha entre sus mordazas. Él tuvo que aprender a escribir, a pegar y a tocarse con la izquierda. Aunque de vez en cuando, por la costumbre, todavía levanta la taza del café con la mano averiada y acaba vertiéndoselo por la camisa. Desde entonces lleva un guante de terciopelo azul en una mano solamente, como aquel negrito pederasta que se bailaba el moonwalk entre sueños de barbitúricos.

Ahora sabemos que es calvo, que tiene la cabeza atrapada en una telaraña de tinta, que sale a la calle lleno de lamparones y una mano abrigada a destiempo. Ahora sabemos todos estos datos. Pero ¿podríamos saber qué hace Tarántula por las noches?

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