LAS ROSAS NO TIENEN JAQUECA (II)

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Él tiene dentro de la cabeza un almacén vasto, desordenado, tan grande y mal dispuesto que a veces confunde lo abstracto con lo real; y él ahora mismo tiene un sueño irresuelto, un sueño que luce el pelo pintado de color canela, que sonríe con la mirada, que lleva pendientes a veces sí y a veces no -dependiendo del humor con el que se levante-, que dice lo que piensa se joda quien se joda. Por eso aprovecha las noches de insomnio para darse a la tarea ingente de poner las cosas en su sitio.

En esta época tecnológica del big data y de la ofimática digitalizada sería fácil crear un sistema de carpetitas llenas de hojas excel y ficheros access, sería muy fácil empaquetar todo en archivos zip y comprimirlos dentro de un disco duro de varios terabytes. Pero lo que él almacena dentro de su cabeza es mucho más importante y mucho menos tangible que cifras y ordenes binarias. Él guarda los recuerdos que le va robando a ella día tras día.

Por eso -y porque es de la vieja escuela- ha construido una estantería de tres pisos con ángulos de mecalux y listones de pino, que se alabearán con el paso y con el peso del tiempo. Quiere evitar a toda costa que para reconstruir un día le sean necesarias 24 horas, como al pobrecito de Ireneo Funes.

Ha empezado por organizar la parte superior de las tres baldas y ha estado clasificando los sonidos, sean del tipo que sean. Por su estatus sonoro serán rápidos de localizar el día que los necesite. El primero de la fila es esa manera tan inocente que tiene de decir ‘qué‘, aunque ella utiliza un ‘haa?’. Justo detrás ha puesto ese tono tan erótico que utiliza cuando susurra ‘no soy pretenciosa’, cambiando la única c por una s fricativa alveolar sorda. Hay varias cajas más llenas de expresiones y maneras de hablar pero todavía no las ha indexado.

En la parte de abajo ha ordenando los gestos y los movimientos, están casi en el suelo porque en caso de que se alboroten no quiere que la caída los estropee. El principal y más importante es la manera que tiene de inclinar el cuello para escapar de una pregunta, con los párpados medio caídos y una sonrisa pícara. Después tiene varios gestos por catalogar: cómo de bien sabe jugar con sus dedos, cómo deja caer su cabeza cuando está mimosa, cómo se toca el pelo, cómo se encoge detrás de él en la moto para esquivar el aire frío de noviembre, etc.

Y por último, en la parte central que está a la altura de la boca están los sabores. Hay varias arquetas repletas con besos de diferente regusto, los hay de menta, de hierbabuena, de durazno, de champán, de mojito caribeño, de uchuva, de frutos rojos. Hay tantos y tan variados que ha tenido que reciclar una vieja caja que andaba medio desaprovechada en algún pasillo perdido de ese gran cementerio de memoria. Los ha metido todos juntos y revueltos para que ninguno se sienta ni especial ni protagonista, cada uno tiene su propia unicidad. La caja estaba rotulada en la parte frontal, ya que en su día él serigrafió con letras de molde dos palabras; ahora ha tachado la segunda con un taker negro de punta gorda, debajo del tachón ha escrito otra palabra nueva.

 

besos-exoticos

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4 comentarios en “LAS ROSAS NO TIENEN JAQUECA (II)

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