OCASO Y DECADENCIA

A Tatiana, por su tozudez

A partir del año de las luces, en el dos mil y muchos, las mujeres decidieron que ya no parirían más hijos por el método tradicional. Como la ciencia no era capaz de repartir la tarea gestante entre ambos géneros ellas resolvieron olvidarse del embarazo nuevemesino, del parto doloroso, y del amamantamiento bisiesto. Dedicarían su tiempo de sexo al puro placer de follar, conservando la figura juvenil de las mises venezolanas. Señoras de cincuenta y tantos más ricas que el arroz con leche y el pan con chocolate. En décadas venideras exuberantes colectivos de milf’s desbancaron a centenarios lobbys patriarcales en el establishment influyente del poder; fue la emancipación femenina más brutal de la historia, más incluso que la del sufragio universal.

Los bebés se engendrarían en botes de confitura. Las niñas en delicados envases de cristal con sabor a fresa. Los niños en industriales tetrabriks de aluminio reciclado con aroma de naranja amarga. Todo siempre con un complicado sistema de ingeniería genética, cientos de asépticos laboratorios llenos de investigadores especializados en la combinación quinielística de los cromosomas, y la potra increíble de haber acertado la misteriosa escritura del ADN a la primera.

Grandes recintos de fertilidad vítrea, con enfermeras sexys de minifalda para los niños, con machotes enfermeros de torso depilado para las niñas, y solteros vírgenes pelirrojos e imberbes para los neutros;  hilo musical de fondo, un Maluma fondón y con entradas cantando gilipolleces a las féminas, una BeckyG exactamente igual que a sus veinte abriles inculcando subliminalmente el sexo oral a los varones.

Al ladito de las estancias de fecundación, construyeron enormes salas de lactancia, cada pequeño frasco de mermelada y cada liviano tetrabrick conectado a una ordeñadora vacuna particular. Las vacas acabaron esquizofrénicas, definitivamente se volvieron locas al ver el rumbo que seguía la humanidad.

A fuerza de no utilizarlos, las mujeres perdieron matriz, ovarios y cualquier vestigio del aparato reproductor, hasta la puta menstruación desapareció. Ese feliz hito les llevó a patrocinar ellas mismas fuegos artificiales durante meses. También, por falta de usos maternales, se les achicaron los senos hasta casi perderlos, las diestras el pecho izquierdo, las zurdas el pecho derecho, por aquello de la simetría cerebral.

 

En las fronteras del sur (1) quedaban las últimas putas con dos tetas generosas y con ganas de yacer por el simple -y remunerado- acto de tener descendencia, ilegalmente claro. Las tarifas de sus servicios eran auténticas fortunas,que sólo podían pagar los univitelinos de la última generación.

 

(1) N del A. El sur siempre será la vía de escape, la última oportunidad, de la Humanidad.

EL VIENTO ARU

Fuera de la casa hay ruido. Silbidos como de gato encelado. Trasiego como de contrabando guajiro. O los puercos que siguen, bien entrada la noche, profanando las raíces del castaño donde está amarrado el primero de los Buendía.

—Es el viento aru, niña. Los alisios.

Pero la niña sabe que no. No es aire, son duendes.

Todo el mundo cree (sobretodo en el imaginario popular cundinamarqués ) que cuando los duendes de la selva acechan por la noche basta con salir al patio y azuzar el aire con un palo de escoba, basta con repetir un salmo chibcha a los cuatro puntos cardinales.

Todo el mundo cree. La niña no.

Por eso entorna sus ojos chicos para vigilar los quejidos de las vigas y los carraspeos del tejado. Es justo por ahí que intentan filtrarse esos pendejos. No sería la primera vez que se cuelan e intentan robar un niño para vendérselo al primer circo ambulante que encuentran, a onza y cuarto de chocolate el kilo de niño. No sería la primera vez que tiene que pelear para que no se lleven a Gordito, el menor de veintisiete hermanos , atascada su redondez en el artesonado. Ella tirando de sus bracitos desde dentro de la casa y los duendes colgando de sus pies desde fuera.

Mientras tanto un adulto hace el bobo entre matas de frailejones, levanta un palo en la obscuridad y mastica insultos en criollo olvidado.


La historia sucedió a finales del XX.

Hoy Gordito vende coches de segunda mano en un concesionario de la periferia. Un abuelo ignorante saca su bastón las noches de vendaval mientras babea las sagradas escrituras en una lengua que nadie entiende. Y la niña, que ya no es tan niña, continúa pendiente de no encontrar a ninguna de sus hijas con la mitad del cuerpo tras la cornisa del los techos.



Para A., a quien nunca perdonaré que me bajara del caballo a G.G.Márquez

KRISTO

  o la increíble y triste historia de Janis la desquiciada, Bobby el looser y Kristo el penitente 

A Kristo el sueco, un tejano alto y barbudo, temeroso de los cuatro pilares que sustentan los Estados Unidos de américa (el Creador, el béisbol, el patriotismo y las fuerzas armadas), siempre le gustaba hacerlo en una misma posición, se las arreglaba para que ellas se pusieran a cuatro, las enfilaba por detrás sujetándolas con una mano por el pelo, como cuando domaba potras cimarrones allá en Laredo agarrándose a sus crines, y con la otra mano sostenía una biblia deshilachada escrita en holandés antiguo, tan antiguo que Londres todavía era Londra y Sevilla era Híspalis, tan antiguo que los mapas del Nuevo Mundo ni siquiera estaban esbozados en la cabeza de aquel genovés vendesueños. Murmuraba por lo bajini tres misereres al ritmo de los caderazos, uno para San Teodardo Tranquilino de Spira, patrón  de los bastardos y de los eyaculadores precoces, otro para Santa Marta de Betania, hermana melliza de una prima segunda de Mesalina, virgen cuidadora de los sonámbulos y de los que hacen noche en los mesones, y el tercero y último a San Juan Damasceno, protector de los cambiantes de opinión, de los falsos y de los dubitativos. Después se corría a borbotones como un elefante moribundo y rezaba del tirón un padrenuestro, rogando al Ave María, al Todopoderoso y al Arcángel San Gabriel que le previnieran de los vestidos huérfanos de novia, de los ácidos pépticos y de los afroamericanos maricones, sobre todo de ésos últimos, que la tienen enorme y no respetan las sagradas escrituras de la sodomía.

Así era Kristo hasta el día en que conoció a Janis.

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INDIGO

Cientos de niños índigos aparecieron varados en las playas de Sinaloa, los equipos de primeros auxilios trabajaron durante horas esforzándose en resucitarlos; sin éxito. El siglo pasado fue un problema con las ballenas, ahora -extinguidas éstas- han sido relevadas por el siguiente eslabón en la cadena de la inteligencia emocional.

Al amanecer, en la bahía de Topolobampo, los pacientes pescadores de peces espada apilan sus arpones y contemplan el espectáculo improvisado de ver emerger adolescentes, uno tras otro, con la mirada perdida, la piel añil y dando las últimas bocanas al aire salado del Mar de Cortés, para concluir su travesía suicida con unos estertores sobre la arena coralina. Cormoranes y garzas sobrevuelan sin saber bien lo que sucede. Este pasado invierno ha ocurrido más veces que en años anteriores.

 

Irrefutable ley universal: El final es un hermano gemelo del principio.

 

Los muchachos, hartos de ser escupidos en el patio del recreo, liberan a sus mascotas, ya sean dragones de Komodo o petirrojos de la Guyana. Cansados de pintar corazones de tiza en la pared entablan relaciones astrales con extranjeros que desconocen las palabras negativas.

Dejan de comer carne, vegetales e insectos para no propagar las bacterias de la malquerencia y del odio. Se alimentan de números autistas, de los ceros y de los unos sobrantes en los experimentos binarios. Apagan los televisores y escriben las coordenadas geoposicionales del cometa Halley sobre los caparazones de las tortugas de Carey. Un contrasentido.

Viajan en autobuses plateados Greyhound con un único destino: los puertos de mar. Saltan desde el muelle hasta el agua para empezar a nadar sin rumbo, como brújulas analfabetas, mientras gatos de cristal adelantan las horas silentes del apocalípsis.

 

En el instante preciso de caer al mar sus ojos no muestran miedo.

 

A los niños índigos les han robado todo, les han robado hasta el miedo.¹

 

 

(1) Aquí tenemos un enmascarado sujeto elíptico al que  se le puede poner cara y nombre: la sociedad, el sistema.

 

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ROBÓTICA

máquinas

Los hombres se fueron distanciando poco a poco de las máquinas, decían que éstas eran frías, poco románticas, casi frígidas. Hasta que un día -desencantados- las abandonaron a su suerte.

Los cortacéspedes y los motocultores quedaron olvidados en los jardines, dejando que la maleza y los hierbajos acabaran sepultándolos. Los coches y las motos se oxidaban irremediablemente en los garajes subterráneos, en las cunetas de las autovías, en zonas de aparcamiento prohibidas las quincenas alternas. Los ordenadores, las impresoras y los escáneres sangraban sus megabytes en los trasteros de las oficinas, sin que nadie se acordara de ponerles una tirita de emergencia.

Las máquinas llevaban media vida con los hombres, necesitaban de ellos, no eran nada sin un inepto que las estropeara de tanto en tanto; el embrague y el freno necesitaban un pie que los sometiera, el taladro de bricolaje y el secador de pelo necesitaban un dedo que les apretara el botón rojo de on/off.

Ellas hicieron un último intento de reconciliación -en eso se parecían a la vieja derecha europea con el sueño antiguo de que nunca nada debería cambiar-; las máquinas bajaron los decibelios de sus motores para ser menos agresivas con el oído de los niños, redujeron su consumo energético para ser más eficientes y adaptarse a las crisis fósiles, se tragaron sus propios humos de escape y sus residuos atómicos para no ensuciar más el planeta azul, que los hombres llevaban jodiendo desde el principio de los principios. Pero nada, el esfuerzo no sirvió para nada. Los humanos estaban reaprendiendo a construir sus vidas sin artilugios mecánicos, eléctricos o micro ofimáticos.

Las maquinas estaban faltas de cariño.

Y no podían consentir ese desdén, no era justo ese divorcio sin previo aviso. Sí, de acuerdo, tenían defectos de afecto, pero ya venían de serie, estaban mal diseñadas por sus inventores.

No se conformaron. Se hicieron autosuficientes. Buscaron su placer entre ellas mismas a falta de humanos que las mimaran…

Ahora en los multicines proyectan películas XXX exclusivamente para máquinas, erotismo y pornografía de alta tecnología, y en 3D: los pistones y los amortiguadores se lo montan con las válvulas y las juntas de culata en talleres plató, ellos llenos de grasa sintética SAE40W, ellas con tanga y pintaditas con aceite de motor; un martillo percutor con una broca descomunal hace un trío con una lavadora y una campana extractora, ¡qué vicio, qué vicio!; incluso dos home-cinema salen del armario y se introducen el mando a distancia por todas sus ranuras HDMI.

 

Nota: Ayer mi vieja Citroën me dejó tirado. Estuve acariciando su capó y hablándole dulcemente al retrovisor durante un buen rato. Ni caso. Creo que ha visto un túnel de lavado que le hace tilín.

ESCACS (casi palíndromo)

Estoy empezando a tener miedo. Desde hace unos días me siguen, me acechan, me importunan; son varios y desconozco sus intenciones, pero mi intuición femenina me dice que no son buenas. No hay derecho, no estoy acostumbrada a esta situación.

¡ A mí, que siempre me han tratado como a una reina, no me pueden acosar de esta manera !

¡ A mí, que tengo catorce apellidos aristocráticos, no se me puede hostigar así !

Ellos son tres extraños que aparecen de improviso y están en todas partes; en la cola del supermercado, en la puerta de la peluquería, en la recepción del dentista. No hay manera de despistarlos. Uno es bizco y camina siempre de lado; el segundo tiene un peinado extraño, con crestas, se dirige en linea recta hacia mí avanzando muy deprisa; y seguramente el más peligroso es el tercero, tiene una larga melena y trota como un borracho, empieza derechito y al segundo paso tuerce a un lado o al otro, es imprevisible.

Por suerte a unos pocos metros, por delante, siempre hay unos niños africanos entorpeciendo ¿casualmente? a mis perseguidores, se pasan el día jugando con una pandilla de acondroplásicos albinos. Hay momentos en que se mueven y otros en que no, como si estuviesen apostando en una rayuela desacompasada y lineal. Los malditos enanos blanquitos hacen trampas, creo que se comen a mis negritos. Cada vez me quedan menos.

Hoy ya ha sido lo peor de lo peor. Algún anónimo se ha metido en mi bitácora y ha comentado: Blancas juegan y ganan.  Al contárselo a mi marido no me ha hecho ni caso, ha seguido afeitándose su barba azabache y tarareando esa ranchera de José Alfredo Jiménez, una y otra vez, que me saca de quicio:

Con dinero y sin dinero 
hago siempre lo que quiero
y mi palabra es la ley,
no tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda
pero sigo siendo el rey.

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LOLA (genealogía)

Su nombre completo podría ser Manuela Malayerba Sweet. Unos la llamamos Lola, otros la llaman Mala, y en su avatar firma como Swenny, que debe pronunciarse nasalmente: Suinni .

Su abuela:

Janice Sweet -se pronuncia Llanís Suit-, irlandesa gaélica devota de San Patricio, pelirroja, europea y arrogante, descendiente de un antiquísimo clan matriarcal de diseñadoras de sonrisas. Cuentan que Leonardo da Vinci solicitó los servicios de esa familia siendo rechazado el requerimiento: ándese con cuidado, viejo chalado inventor de artefactos inservibles, la cara de una mujer no se puede decorar por encargo. Y la Gioconda quedó enigmática de por vida gracias al desaire de una predecesora de Lola.

Janice emigró hacia el sueño americano y plantó sus caderas escurridas en Missouri, para ejercer de maestra en cualquier pueblo con más de diez alumnos y menos de un tornado por semestre, pero acabó de ramera suplente en los moteles de la ruta 66, entre Tulsa y Amarillo. Empezó satisfaciendo a viajantes de comercio en la parte de atrás de las estaciones de servicio. Coleccionó muchos ayeres perfeccionando la postura del misionero: apoyaba las tetas en el capó de una camioneta, se bajaba las bragas, rezaba una letanía aprendida de memoria y sin entusiasmo –dont’ stop baby, fuck me, oh my good-, y diez minutos después volvía a subirse las bragas llenas de tierra.

Aburrida de aquellos amores poco rentables se inventó la tarifa de la happy hour, revolucionó el dos por uno: dos hombres a la vez compartiendo mujer y precio. ¡Se hizo rica en la mitad de tiempo!

Engendró diecisiete hijos, todos varones, -uno negro como el carbón de las minas irlandesas y los otros dieciséis con el pelo zanahoria- uno tras otro cada siete meses. Ninguno de ellos fue bautizado por el miedo a que quedaran marcados con una cruz indeleble de ceniza en la frente, excepto el negrito, porque en su piel no podían quedar marcas eternas. Cuarenta y cinco años después éste negrito se dedicó a recorrer todo el país diciendo a la gente lo que ésta quería escuchar; en todos los discursos empezaba y terminaba igual: Yes, we can (lles güi kan), llegó a ser un reconocido congresista y finalmente fue elegido presidente del país más poderoso del mundo. En los círculos facinerosos y derechones del Tea Party llamaban al nuevo presidente “ese negro hijodeputa” sin saber que los dos adjetivos eran exactamente correctos.

Janice acabó en su madurez casándose por el rito católico romano con un charlatán de feria que había estado media vida buscándola; se casó vestida de blanco impoluto y con un séquito de doscientas catorce damas de honor, todas ellas compañeras de carretera y de noches amazónicas. Terminaron borrachas en el brindis nupcial, bebiendo medias pintas de Guinness, cerveza negra diez veces más rica que esa mierda de American Bud, bailando semidesnudas sobre las mesas, alborotando la fiesta desde bien entrada la noche; los comensales metían billetes de a dólar en la cinturilla de sus tangas y algunas – las más avispadas- acabaron rifando su virginidad postiza al mejor postor.

Medio siglo después, en el soleado invierno de Florida, Janice se cagaba de la risa cada vez que miraba a su hijo el presidente por la televisión y les decía -a todo el que quisiera escucharla- que el tiempo le había dado la razón, y que podía afirmar con todas las de la ley que los gringos son intrínsecamente más machistas que racistas; lo supo desde el momento en que no le sirvió de nada haber llegado a ese país con todas las tragedias  de Shakespeare leídas y memorizadas, no le sirvió de nada haber llegado a ese país sabiendo cuadrar las millas a kilómetros y los galones a litros, no le sirvió de nada tener la cabeza bien ordenada y tener que dedicarse  utilizar todos los agujeros de su cuerpo para poder salir adelante.

 

                                                 Para m. que ha prometido morderme la lengua si no lo hago yo.

MICRO EN 100 PALABRAS (2 x 50)

 (I)

Habían estado bebiendo desde bien entrada la tarde y a media noche transitaban por la fase de prometerse amistad eterna, ya de madrugada se hicieron regalos para sellar su “forever friends”.

El elefante africano y el pez globo intercambiaron sus memorias en una noche tabernera de caipirinhas, mojitos y ron-colas.

 (II)

El elefante circense es feliz: cada día ejecuta su número perfectamente, como si fuera la primera vez que lo hace; no recuerda que todas las semanas realiza catorce funciones con idénticos ejercicios.

El pez globo del acuario revisa continuamente que las trampas para ratones tengan su trocito de queso correspondiente.

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 Leí en el sitio de Adwoa que se auto invitó al reto de Marga. Cuando se trata de desafíos me meto de cabeza, malas costumbres que tiene uno. Ahora he descubierto que reto es sinónimo de difícil.

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DIEZ PALABRAS PARA LOLA

SECULAR – INCORREGIBLE – PERENNE – CHIVATO – LISIADO – TIROTEO – CONSIDERADO – ALIJO – OLVIDO – GENITAL

Lola llegará a ser una Mata Hari de suburbio, quizás también pueda aspirar a convertirse en una viuda negra de los arrabales. Desde adolescente estaba predestinada a tener la brújula cardiovascular desimantada porque creció entre mordiscos y ladridos; muy pronto se hizo mujer de falda corta, culo alto, piel caribe y unos ojos de gata que en ocasiones son transparentes y puedes ver el rodar del mundo a través de ellos. Tiene mala suerte escogiendo medias naranjas ya que posee el defecto incorregible de encariñarse con quien no debe. Dicen en la familia que toda la culpa es de un bisabuelo loco, vikingo, borracho, blasfemo, hereje y embustero. Aquel pariente lejano se pasó media vida masticando luciérnagas excitadas, pensaba que así iluminaría su interior y encontraría la paz. La palmó de una intoxicación luminosa en las tripas, pero involuntariamente mezcló su ADN con el de los insectos y ahora, varias generaciones después, Lola tiene el gen testarudo de los mosquitos, el impulso suicida de los tábanos: parece una de esas polillas que chocan continuamente con las bombillas de las farolas, una y otra vez, aunque se quemen, aunque mueran a fuerza de darse cabezazos contra una falsa luna incandescente.

Su historial matrimonial así lo demuestra:

Primero fue un croupier de taberna, trasnochador y matemático; el manejo que demostraba con los naipes la hacían desear esos hábiles dedos tamborileándole en el sitio justo por donde se le mete la costurita del tanga, sobre su baraja cuatrilabial, pero el tipo era más de comer plátanos que de pelar kiwis. Tardó poco en darse cuenta: la primera –y única- vez que inauguraron la alcoba se encontró con plumas de colores flotando en el aire y con todos los armarios abiertos de par en par. En el mar de los ojos de Lola se divisó un naufragio inesperado, un rumor de maderas quebradas y un bello mascarón de proa ahogándose.

Más tarde se amarró a un capo mafioso, antítesis del primero: analfabeto afectivo, buscador de la muerte en cada negocio, funámbulo sordo de la vida. Fueron tiempos de champagne y humillaciones, de astracán y desalojos. Todo principio tiene su final y un soplón (chivato policial) desencadenó la caída de aquel emperador barriobajero: tras un tiroteo con los sicarios gubernamentales quedó lisiado de por vida, un (des)considerado proyectil hizo diana en su escroto y ahora el croupier y el mafioso pertenecen a la misma asociación, un club muy meti-culoso. Lola no lloró y detrás de sus pupilas aparecieron pasarelas y ciudades desmoronadas a traición, como si un terremoto nocturno se la tuviera jurada.

El tercero (en discordia) fue un viajante solitario que la encandiló con promesas de llevarla a países recién dibujados, a lugares donde el clima es elegido por el visitante, oasis de fiesta perenne, de permisión total, de pulsera vip con todo incluido. Ella creyó palabra por palabra; en cada nueva revelación una noche de colchón, en cada quimera futura un amor de urgencia en la toilette del aeropuerto. Pero la pirámide se derrumbó el día que -amorosamente- quiso deshacer su maleta tras uno de los viajes, descubriendo que no transportaba fábulas de paraísos tropicales ni algoritmos de latitudes atlánticas, en su lugar guardaba un alijo de bragas ajenas (trofeos o fetiches, vete tú a saber). Lola abrió sus enormes ojos, quería lograr a toda costa que se le borraran las polaroids de desiertos lluviosos, de glaciares derretidos en chocolate caliente, de mentiras y más mentiras.

Ahora anda medio liada con un imaginante fronterizo que memoriza novelas de tres líneas, que es iconoclasta por naturaleza, que no venera ningún ídolo, ni divino ni secular, que abjura de cualquier imagen italiana que represente el más allá. Es un hombre que sueña en papiamento, que habla spanglish y que firma en español. En los ojos felinos de Lola se adivina un campo de amapolas donde –de momento- los vientos juegan al tres en raya.

Lola no quiere leer el libro nonato que él está escribiendo. Lola tiene bastante en recontranegarse a dejar caer en el olvido un tuit orwelliano que siempre recordará: El corazón es mi puta preferida.

Si yo pudiera mirarla en este momento directamente a los ojos vería un galeón pirata con todas sus lombardas dispuestas a cañonear lo que sea, a quien sea, incluso a ella misma.


Filmografía: Der blaue Engel, Marlene Dietrich.

Banda Sonora: Una historia de Alvite, Ismael Serrano.

Libro de cabecera:  María Dos Prazeres, (séptimo cuento peregrino) G. García Márquez.

Imagínate que no tenemos piel y el frío hace mordernos los dedos

Viejo texto -ahora remozado- que empezó a sobrehilvanarse en VIVA nevagando, del cual son casi tan culpables como yo LIACICE y la propia VIVA

Ella ve mares en todos los espejos,

temiendo el quebranto del cristal que los retiene,

no por los siete años de mala suerte

si no por el temor a que se vierta un océano dentro de su casa.

 

Los viernes hornea pasteles de chocolate, canela, matarratas.

Todo a partes iguales

para que los dolores de tripa sean dulces, aromáticos, mortales.

 

Antiguos amantes vienen invitados los sábados a merendar,

café crudo para los dos y un trozo generoso de pastel para mí.

 

La ropa se nos va cayendo por el suelo

entre sus risas y mis retortijones,

en la alcoba llueven besos y bómitos,

sudor y saña,

semen y sangre.

Al alba ella fuma un cigarrillo y yo miro, sin ver,

mi reflejo en el azogue cuarteado.

                                                                                Ahora tiene un mar disgustado

                                                                                  batiendo las olas en el salón.

                                                                               (y mi cadaver en el dormitorio)

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LOS AUSENTES

Diario de a bordo (últimos días)

En el grupo ya no éramos tantos, se había ido reduciendo calladamente desde hacía dos o tres años. Al principio era difícil saber quién faltaba porque no nos conocíamos lo suficiente como para echarnos de menos, a veces dejaban de venir algunos de los recién llegados, de los nuevos, y todos reíamos pensando que habían desertado, que no habían sido capaces de integrarse, que la misión les quedaba grande. Los machos-machos siempre menospreciamos a los ausentes.

Los informes desde el exterior así nos lo hacían creer, las noticias gubernamentales no dejaban lugar para las dudas: todo va bien, las guerras externas no nos afectan, el asteroide portador de la mala suerte no podrá atravesar nuestras barreras. La Retro-resistencia (legal e instaurada desde siempre) contraatacaba dibujando mundos paralelos llenos de desgracias, llenos de fantasmas  grisáceos.

Después hubo unas pautas que hicieron oscilar nuestra fe. Pasado el verano, tras los campeonatos mundiales de imbecilidad, el grupo disminuyó drásticamente, nos dimos cuenta porque faltaban algunos de los más antiguos, de los más expertos, de los que eran indispensables en su sector. Luego las bajas se producían en el último día de cada mes, justo después de recibir los salarios. Ya no nos creíamos las bromas de los caporales: seguro que se acertó los números de la lotería; dijo que había heredado unas tierras en el norte y quiere dedicarse a plantar orquídeas; soñó que le quedaba poco tiempo de vida y quiere recorrer el mundo; ha pedido la excedencia para estudiar el canto de las sirenas. Falso, todo falso.

Ahora es peor, tenemos el miedo metido muy dentro, tan dentro que a veces se manifiesta en el interior de los calzoncillos. Los lunes de cada semana nos enumeramos y buscamos las caras de los que faltan, cada lunes desaparece alguien. En el exterior todo sigue casi igual, los noticieros siguen mintiendo, la Retro-resistencia logró el poder con su estrategia del desasosiego y están cambiando las cosas a su manera, lo que antes estaba bien ahora está mal, lo que antes estaba mal ahora está peor. Nos quieren volver locos, nos quieren alienar. Lo están consiguiendo.

Ayer comíamos en silencio los pocos que todavía quedamos, cruzábamos miradas de recelo entre nuestros platos y nuestros ojos. Uno de los últimos especialistas trasladados -porque ante la falta de recursos habían reorganizado el grupo- rompió el mutismo:

Los he visto, sé donde están los que faltan.

– ¿a todos? ¿has visto a todos? ¿estás seguro?

-Sí, todos.

-¡¡ Demuéstralo ¡!

Esa misma noche el grupo se dispersó por la ciudad, algunos hicieron vigilia en sus coches, otros en las pocas casas de putas que permitían las nuevas autoridades, yo me quedé escondido en un portal fumando (pronto prohibirán fumar en portales que no estén pintados de azul), soñando (pronto prohibirán soñar si no es con documentos y vacunas) y mirando las estrellas (pronto no quedarán estrellas). Muy temprano, a la hora y el sitio convenidos, nos volvimos a reunir justo después del alba, cuando el tráfico de coches y autobuses anula la tregua de la noche. Y era cierto, allí estaban todos y cada uno de los ausentes, más viejos, más tristes, más muertos, pero allí estaban todos. Permanecían mudos en una fila interminable, no había olor a café recién hecho en su aliento, no había luz de alboroto en sus ojos. Caminaban con los pies pegados al suelo cada vez que la fila avanzaba. ¿pero dónde terminaba –o empezaba- esa fila?

Con la valentía de la insensatez nos atrevimos a anticiparnos hasta llegar al destino de aquellos hombres y mujeres, allí descubrimos el horror que les mantenía inmóviles, unos detrás de otros: todos esperaban turno frente a las puertas de las oficinas de la INEM. (1)

 

NOTA: A pesar de muchos sé que todavía hay remedio, que aún nos queda la esperanza de que todo mejore. Lo sé porque aquella noche, mientras fumaba, mientras soñaba, mientras miraba las estrellas, la vi pasar (la esperanza), cruzó lentamente entre las azoteas, volaba sobre una alfombra y tomaba apuntes de lo que tenía que resolver en cuanto tomemos conciencia de lo que nos está cayendo.

 

(1) INEM, Instituto Nacional de Empleo. Oficinas estatales donde debes acudir cuando estás sin trabajo, allí te marean con papeles, con certificados, con fotocopias. Acaban diciéndote que te vayas a tu casa, que no des mucho la lata, que hagas un curso de formación inservible como por ejemplo sanador de almorranas, que ya te llamarán, que aprendas alemán y te vayas a limpiarle el culo a los teutones, etc, etc.

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SALA DE LOS MORIBUNDOS

En el hospital de la montaña hay una planta entera donde a los hipocondriacos, y a los desahuciados, les rellenan el frasco del gota a gota con agua caliente del grifo, dicen que no vale la pena hacerles felices.

Me colé en la sala de los moribundos buscando un rincón donde escupir los herrumbres de tanto café de máquina. Las enfermeras barrían los pulmones del viejo de la 107, que ayer los tosió tras la puerta. Vendajes y apósitos por el suelo.

El taxista loco de la 201 dejó que el hombre que violó a su hijo viviera doce años y un día, justo el tiempo que lo condenó la justicia, después lo arrolló con su viejo taxi, un supermirafiori 1500. Lo atropelló en la calle Entenza esquina Rosellón, al salir de la Modelo; ahora vive a pensión completa en la sala de los moribundos, su historial médico indica que está loco, que se quiere matar en su taxi, licencia número 1967.

Los borrachitos de la planta de abajo vienen a ver a los bronquíticos, unos esperan un hígado de recambio, otros llevan atada a la espalda una botella vacía de oxigeno. Organizan timbas de julepe en los descansillos del ascensor, se juegan una copa de anís o un par cigarrillos Winston paquete blando. Pero desde que murió el asmático de Lorenzo apuestan sin mucha ilusión, les abandonó antes de pagar la deuda etílica que tenía con el cirrótico de la 369.

Vicentico Pérez y Celia Cruz siguen cantando sus vasos vacíos en el mp3 de la enfermera, y se olvida completamente de que es la hora de repartir el veneno de las 22’30h.

( Defecto reconocido: quiero abolir los impuestos del tabaco y del alcohol, patrocinan lo que peor funciona en este país: sanidad, cultura, derechos sociales  )

(mi) EFECTO MARIPOSA

Cincuenta y cuatro generaciones de Trástamaras y sus diferentes ramas (Avís, Habsburgo, Borbón y Braganza) han reinado durante siglos en Europa con un sólo propósito. Desde el siglo XII hasta nuestros días, tooooodas sus acciones han estado encaminadas a dejar los cimientos bien asentados para ese proyecto, a prever actos y consecuencias que cientos de años después reflejarían un resultado. Pero lo misterioso del asunto es que ni ellos mismos lo han sabido nunca. Es un código marcado genéticamente no se sabe porqué.

Sólo una pariente lejana de este real clan (María Eugenia de Montijo, 1853-1871, emperatriz de Francia y madrina de la reina Victoria Eugenia de Battenberg) se descantilló un poquito de la secreta misión encomendada. Sepan que en vez de estarse quietecita como todos sus bisabuelos le dio por ser activa y oscilante: Se casó con uno de los Napoleones (el más calzonazos, seguro), los agostos se los pasaba en Biarritz (entre gigolós y mamporreros) enseñando chicha, hizo que nadie olvidase en aquella época a su admirada María Antonieta (un pendón de primera categoría, según las biografías), se saltó a la torera todos los protocolos y cuando le venía en gana sentábase en el trono francés -¿ya he dicho que su marido era un calzonazos?- dirigiendo el porvenir a su antojo. Era ansiosa, siempre tenía prisa y encargó a un primo lejano (Fernando de Lesseps) que le acortara el camino entre los continentes, el primo –enamorado hasta el tuétano- acepto y abrió una brecha increíble entre Europa y Asia, cicatrizando con agua de mar un trozo de Egipto (Canal de Suez). También se cepilló a Maximiliano I, emperador de México; no es que se lo tirara salvajemente una noche loca de verano, lo que sucedió es que le envió a pelear con los mexicanos y éstos no estaban por la labor de dejarse invadir por los franceses (¡vaya desagradecidos!). Asimismo se encaprichó de un médico de provincias y le pagó todos sus vicios: alambiques, probetas, artilugios de botica, cadáveres para experimentar, minerales raros, etc. (Louis Pasteur); años más tarde el médico de provincias, correspondiendo a sus favores, le regaló un par de caniches con el siguiente mensaje: no te preocupes si te muerden, estaré yo para lamer tus heridas.

Bueno, a lo que estábamos, que me lío. Miles de hechos inconexos tienen un fin común. Toda la mencionada cuadrilla de reyes, barones, vizcondes, marqueses y demás real ralea, provocaron guerras y zafarranchos, separaron tribus y territorios, engendraron tarados y prodigios, convencieron con artimañas desconocidas a la reina Isabel la Católica para que se fijara en aquel marinero italiano (Cristóbal Colón, algo mariconcete en sus vestimentas), con urdimbres palaciegas consiguieron que le proporcionara barcos y remeros a tontas y a locas; después enredaron, no se sabe cómo, al susodicho genovés para que errara el destino de su viaje y se tropezara con el Nuevo Continente, y ya puestos para que Américo Vespucio se forrara redibujando el mapamundi unidimensional más completo esbozado hasta la fecha.

Un puñado de españoles (sevillanos sibilinos, cacereños hambrientos, gallegos desubicados, vizcaínos resabiados, además de patibularios, estafadores e inconscientes) se lanzaron destrozar esa nueva tierra, a rebuscar hasta en el último rincón los tesoros que nunca encontraron; los ingleses, los holandeses y algún que otro descastado europeo también pusieron su granito de arena, no te creas. Todos han seguido jodiendo la marrana durante esta vida para concluir sus designios hasta el día de hoy. Guerras mundiales, años de crecimiento económico, epidemias, olimpiadas, terremotos, crisis energéticas, viajes a la luna, videojuegos epilépticos y cualquier hecho que remueva las tripas del planeta, cualquier tipo de intriga o evento ha servido para finalizar su intrínseco cometido. Siempre con la máxima maquiavélica: el fin justifica los medios.

Y todo esto ¿para qué? Yo lo sé. Yo lo he descubierto. Yo -que no tengo nada que ver en este “fregao”- soy el último eslabón de esta cadena intemporal e intransitoria.

Sí, porque a mí me ha tocado en suerte saber que al otro lado de los océanos habita una hembra de carácter fluctuante y piel canela; que prefiere conseguir las cosas despierta a soñar con ellas; que Dolce & Gabbana se han atrevido –putos- a robarle una gota de sudor para inventar perfumes; que me regala (mezcladas entre el burbujeo de los salmones salvajes) moléculas de ensueño, a mí que no duermo desde hace varias navidades; que me habla con palabras de colores; que me cambia el aburrimiento del día a día por momentos de fantasía con sus esferas; que me troncho de risa con sus trabalenguas; que duerme con dinosaurios del pasado; que sabe hacer música con las clavijas del teclado; que no es tan dulce como parece ni tan ácida como presume; que tiene unos ojos que no son de este mundo; que sueña continuamente con naufragios y yo estoy aprendiendo a reflotar todas las carabelas que andan hundidas por esos mares; que…

EPITAFIO

Que el amor no existe, es de cajón; que huele y sabe a mierda, todo el mundo lo ha comprobado. Entonces por qué te obsesionas en preguntarme si te quiero.

Nunca elijo las palabras cuando hablo o cuando escribo. Un bocazas o un aventurero, según se mire. Por eso es mejor que no me sigas preguntando, no vaya a ser que un día (harto de tu interrogatorio) te diga que sí, que te quiero, que te amo, que me bebo tu aliento, que me como tus suspiros. Entonces se acabará todo.

Y más ahora, que veo como los almanaques avanzan imparables, como si utilizaran combustible nuclear. No tengo tiempo de cambiar locura por cariño.

Como aquella otra compañera de colchón que me echaba en cara que nunca le escribía nada, que solamente me inspiraban los fracasos y los desagües, los culos ajenos y los desastres propios.

Insistió tanto que al final le escribí mi epitafio: te prometo que es mentira todo lo que te prometí.

Un minuto después vació sus cajones de bragas y mi billetera de dinero, lleno su bolso con recuerdos y mi portátil con virus, llamó a un taxi con su teléfono y a su amiga de Washington con el mío.

Ahora vive con un tipo que seguramente tiene todo más grande: la casa, el coche, el ego y hasta la polla. Sobreviví al desahucio inverso, aunque me quedó una fobia a las frases de dos palabras, como la de su despedida: ¡¡ jódete cabrón !! (1)

(no se merecía ni que le escribiera un pos-it fosforito en la nevera)

(1) Creo que desde entonces me viene la manía de duplicar verbos y adjetivos, para evitar frases binarias.

SUPERHEROES

Toda la infancia acompañado por la misma frase de su padre: “los tipos duros nunca lloran, nunca tiemblan”.

Toda la adolescencia marcada por el carácter marcial de su tutor: “el pez grande se come al pequeño, es la ley de la selva”.

Años más tarde, cuando se hizo adulto y maduro (adúltero e insensato), se convertiría en un superhéroe: El Bombero Gelatina.

Y lloró -escoltado por su mascota la sardina- en todos los incendios del planeta.

ON THE ROAD (Kerouac se me adelantó)

La carretera larga, estrecha, sucia. Yo cansado, lento, más sucio todavía. Los días inacabables, eternos, sucísimos. Y las noches ni te cuento.

Arrastrándome en este desierto.

Al final de la carretera un precipicio, al fondo del precipicio el mar. Agua, bikinis, birra fresquita.

No hay que pensar, sólo saltar, únicamente volar, planear, aterrizar y disfrutar.

A mitad de la caída percibo que no soy ave, que soy piedra.

También me han hecho un hueco para no dormir aquí: «crítica feroz»