lola

1)

SECULAR – INCORREGIBLE – PERENNE – CHIVATO – LISIADO – TIROTEO – CONSIDERADO- ALIJO -OLVIDO – GENITAL

Lola nunca llegará a ser una Mata Hari de suburbio, todo lo más que puede aspirar es a convertirse en una viuda negra de los arrabales. Tuvo –y tiene- mala suerte escogiendo sus medias naranjas ya que poseé el defecto incorregible de enamorarse de quien no debe.

Primero fue un croupier de taberna, trasnochador y matemático; el manejo que demostraba con los naipes la hacía soñar con esos hábiles dedos tamborileándole en el sitio justo por donde se le mete la costurita del tanga, sobre su baraja cuatrilabial, pero el tipo era más de comer plátanos que de pelar kiwis. Tardó poco en darse cuenta, la primera vez que subió a su alcoba y se encontró con plumas flotando en el aire y con todos los armarios abiertos.

Más tarde se amarró a un capo mafioso, fueron tiempos de champagne y humillaciones, de astracán y desalojos. Todo principio tiene su final y un soplón (chivato policial) desencadenó la caída de aquel emperador barriobajero: tras un tiroteo con los sicarios gubernamentales quedó lisiado de por vida, un desconsiderado proyectil hizo diana en su escroto y ahora el croupier y el mafioso pertenecen a la misma asociación, un club muy meti-culoso.

El tercero (en discordia) fue un viajante solitario que la encandiló con promesas de llevarla a países desconocidos, a lugares donde el clima es elegido por el visitante, oasis de fiesta perenne, de permisión total, de pulsera vip con el todo incluido. Ella le creyó, palabra por palabra; en cada nueva revelación una noche de colchón, en cada quimera futura un amor de urgencia en los baños del aeropuerto. Pero la pirámide se derrumbó el día que -amorosamente- quiso deshacer su maleta tras uno de los viajes, descubrió que no transportaba fábulas de paraísos tropicales ni algoritmos de latitudes atlánticas, en su lugar guardaba un alijo de bragas ajenas (trofeos o fetiches, vete tú a saber).

Ahora anda medio liada con un imaginante fronterizo que escribe novelas de tres líneas, que es iconoclasta por naturaleza, que no venera ningún ídolo, ni divino ni secular, que abjura de cualquier imagen italiana que represente el más allá. Es un hombre que sueña en papiamento, que habla español y que canta en spanglish.

Lola no leerá el libro que él nunca escribirá. Lola tiene bastante en recontranegarse a dejar caer en el olvido un tuit orwelliano que siempre recordará: El corazón es mi puta preferida.

 

Filmogafría: Der blaue Engel, Marlene Dietrich.

Banda Sonora: Una historia de Alvite, Ismael Serrano

Libro de cabecera: Lolita, Vladimir Nabokov

2)

Todos me lo advertían. Todos me hablaban pestes de esa mujer. Y cuando digo todos aludo a las personas importantes de mi submundo, me refiero a los compinches de taberna, a los desconocidos de las partidas de ajiley, a los habitantes de las concurridas catacumbas de tragos y vomiteras, a los negociantes sin ética de sueños y substancias clandestinas, a todos y cada uno de los que hacen que el planeta esté escorando hacia la decadencia y la mediocridad. Todos me decían que Lola estaba loca, pero aquí el único loco soy yo.

Diversos eran los rumores que circulaban sobre ella, algunos improbables, otros inverosímiles:

Decían que conocía el secreto de los jíbaros, de los indios reductores de cabezas. Podría ser verdad, no digo yo lo contrario. Algunos amantes con miembros descomunales habían amanecido, después de una noche de dale que te pego, con un gusano de seda entre las piernas.

Se sospecha que profesaba a escondidas la religión caníbal desde que una institutriz senegalesa le dio a probar, allá por sus cinco añitos, un poco del hígado del cartero, que molestaba el muy cabrón desde bien temprano para entregar cartas sin remite. Muchos enamorados matemáticos insistían en consumar con Lola la cifra mágica del sesenta y nueve. Justo en el momento de tener la boca llena a ella le entraba un hambre litúrgica terrible. El resultado es que un nuevo eunuco abandonaba la alcoba al amanecer.

Algunos se atreven a certificar que era conocedora de la técnica milenaria de los embalsamadores egipcios y había mejorado infinitamente el procedimiento. No necesitaba que el sujeto fuera cadáver para practicar con él la taxidermia. Varios aseguraban haber dormido con ella y que al día siguiente se sentían como un puro pellejo relleno con la borra de los cojines que, pocas horas antes, habían amortiguado los empujes del tacatá corporal. Aquellos hombres habrían de cuidarse el resto de su vida de las polillas comedoras de tela, portarían siempre en sus bolsillos bolitas de alcanfor y perfume de trementina para ahuyentarlas.

Pero ni el miedo a la merma de la talla genital, ni el recelo a ser resto de una tapicería, ni el augurio de que Lola estaba loca como un cencerro podían alejarme de ella. Imposible resistirse a una mujer que cataloga los dolores no por su intensidad si no por su forma geométrica, que tiene la misma cantidad de Jekyll y Hyde que de Abel y Caín.

Unos vasos con licores de nombre impronunciable, unos cigarrillos fabricados con flores que han prohibido sembrar y unas risas contagiosas hicieron que acabáramos subiendo a su apartamento. En el corredor que lleva hasta el dormitorio hay dos vitrinas, una a cada lado. Y en ellas dos únicos objetos: una mano putrefacta asiendo una vieja flauta de madera y un frasco de vidrio con algo parecido a seis pequeños huevos de codorniz en vinagre. La miro y responde a la pregunta de mis ojos.

– Es la herramienta del flautista de Hamelín y los testículos de los tres reyes magos. No me fío de esos pederastas que engatusan a los niños con músicas o con promesas de juguetes en las noches de invierno.

3)

Su nombre completo podría ser Manuela Malayerba Sweet. Unos la llamamos Lola, otros la llaman Mala, y en su avatar firma como Swenny, que debe pronunciarse nasalmente: Suinni

Su abuela:

Janice Sweet -se pronuncia Llanís Suit-, irlandesa gaélica devota de San Patricio, pelirroja, europea y arrogante, descendiente de un antiquísimo clan matriarcal de diseñadoras de sonrisas. Cuentan que Leonardo da Vinci solicitó los servicios de esa familia siendo rechazado el requerimiento: “ándese con cuidado, viejo chalado inventor de artefactos inservibles, la cara de una mujer no se puede decorar por encargo”. Y la Gioconda quedó enigmática de por vida gracias al desaire de una predecesora de Lola.

Janice emigró hacia el sueño americano y plantó sus caderas escurridas en Misuri, para ejercer de maestra en cualquier pueblo con más de diez alumnos y menos de un tornado por semestre, pero acabó de ramera suplente en algún motel de la ruta 66, entre Tulsa y Amarillo. Empezó satisfaciendo a viajantes de comercio en la parte de atrás de las estaciones de servicio. Coleccionó muchos ayeres perfeccionando la postura del perrito: apoyaba las tetas en el capó de una camioneta, se bajaba las bragas, rezaba una letanía aprendida de memoria y sin entusiasmo –dont’ stop baby, fuck me, oh my good-, y diez minutos después volvía a subirse las bragas llenas de tierra.

Aburrida de aquellos amores poco rentables se inventó la tarifa de la happy hour, revolucionó el dos por uno: dos hombres a la vez compartiendo mujer y precio. ¡Se hizo rica en la mitad de tiempo!

Engendró diecisiete hijos, todos varones, -uno negro como el carbón de las minas irlandesas y los otros dieciséis con el pelo zanahoria- uno tras otro cada ocho meses. Ninguno de ellos fue bautizado por el miedo a que quedaran marcados con una cruz indeleble de ceniza en la frente, excepto el negrito, porque en su piel no podían quedar marcas eternas. Cincuenta años después éste negrito se dedicó a recorrer todo el país diciendo a la gente lo que ésta quería escuchar; en todos los discursos empezaba y terminaba igual: Yes, we can (lles güi kan), llegó a ser un reconocido congresista y finalmente fue elegido presidente del país más poderoso del mundo. En los círculos facinerosos y derechones del Tea Party llamaban al nuevo presidente “ese negro hijodeputa” sin saber que los dos adjetivos eran exactamente correctos.

Janice acabó en su madurez casándose por el rito católico romano con un charlatán de feria que había estado media vida buscándola; se casó vestida de blanco impoluto y con un séquito de doscientas catorce damas de honor, todas ellas compañeras de carretera y de noches jineteras. Terminaron borrachas en el brindis nupcial, bebiendo medias pintas de Guinness, cerveza negra diez veces más rica que esa mierda de American Bud, bailando semidesnudas sobre las mesas, alborotando la fiesta desde bien entrada la noche; los comensales metían billetes de a dólar en la cinturilla de sus tangas y algunas – las más avispadas- acabaron rifando su virginidad postiza al mejor postor.

Medio siglo después, en el soleado invierno de Florida, Janice se cagaba de la risa cada vez que miraba a su hijo por la televisión y les decía -a todo el que quisiera escucharla- que el tiempo le había dado la razón, y que podía afirmar con todas las de la ley que los gringos son intrínsecamente más machistas que racistas; lo supo desde el momento en que no le sirvió de nada haber llegado a ese país con todas las tragedias  de Shakespeare leídas y memorizadas, no le sirvió de nada haber llegado a ese país sabiendo cuadrar las millas a kilómetros y los galones a litros, no le sirvió de nada tener la cabeza bien ordenada y tener que dedicarse  utilizar todos los agujeros de su cuerpo para poder salir adelante.

4)

Su nombre completo podría ser Manuela Malayerba Sweet. Unos la llamamos Lola, otros la llaman Mala, y en su avatar firma como Swenny, que debe pronunciarse nasalmente: Suinni

Su abuelo:

Rodrigo Malayerba -se pronuncia tal como se lee-, talaverano, manchego y español, no necesariamente por ese orden. Nunca aprendió a nadar ni a llorar, sobre todo porque no le había hecho falta en la vida. Orgulloso y pendenciero. Piedra en el zapato y grano en el culo de quien se torciera en su camino.

La piel de toro se le hizo pequeña y embarcó en un mercante rumbo a Lisboa, presentó un título falso de capitán y se hizo con el timón de aquel armatoste de hierro que flotaba a duras penas. Zarpó de Huelva y bordeó la costa para no perder de vista dónde hacer pie si la cosa se jodía. Al doblar el Alentejo un marinero le confió una mentira: las portuguesas son feas, muy feas. -Son sirenas, cantoras de fados nostálgicos que no se afeitan el bigote. Rodrigo no se lo pensó dos veces y con un par de huevos -y mucha inconsciencia- enfiló el Atlántico hasta llegar veinticinco semanas después a Boston. Cuenta la leyenda que un tatarabuelo de Rodrigo, marino y soñador, hizo exactamente lo mismo quinientos años antes: harto de ver el mundo plano como un mantel se inventó el cuento chino de ser conocedor de un atajo para encontrar azafrán a precio de saldo. Convenció a sotanas y a pecadores, enredó por un igual a coronas y a sirvientes y partió capitaneando tres barcos sin saber bien bien donde llegaría. Erró el rumbo y cambió la historia.

A Rodrigo le afloró su hambre de hembra nada más pisar los muelles, deambuló por sitios donde se hablan todos los idiomas del mundo, donde las monedas tienen el mismo valor que la vida, o sea nada. La primera prostituta que abordó le ofreció compartir con otro cliente su tiempo de placer y pagar la mitad. Él era un hombre de pocas palabras, mínimas y certeras, –hoy en día triunfaría en Twiter – y le contestó con el abrupto  hablar de un castellano de tierra adentro: no he cruzado siete mares para amariconarme en la otra punta del mundo, luego negoció y la convenció con la destreza de quien ha trajinado cada año entre pastores trashumantes: acordaron que ella le regalaría aquella media hora esforzándose en hacerle olvidar los vaivenes de la travesía, a cambio él la sacaría de puta y la llevaría al altar en cuanto tuviera posibles. Llanís (la prostituta) aceptó, aquel muerto de hambre fue el primero y el único que no la trató falsamente de usted y no le prometió un imposible. Él salió de allí con los ojos del revés, el prepucio escocido y con la sensación de haber sido electrocutado una docena de veces.

La memoria empieza donde se termina la carne y Rodrigo se convirtió en cazador de truenos y relámpagos durante veinte y cinco años. Para no olvidar su promesa buscaba llanuras de tormentas bíblicas, prados de borrascas asombrosas y mares de huracanes indomables. Entonces se desnudaba y envolvía su pene tieso en papel de aluminio, tarde o temprano el aparato eléctrico encontraba donde hacer contacto. Miles de rayos entraban por su polla y se quedaban remoloneando por sus intestinos. Esa sensación tan salvaje era lo más cercanamente parecido a estar dentro de Llanís.

Entre tanto descubrió que en ése país de niños grandes hacerse millonario era muy fácil, bastaba tener una idea absurda y encontrar a quien quisiera comprarla. Recorrió todos los estados llevando sus novedades –cachivaches inservibles e imposibles- allí donde más falta hacían: puentes de altura variable para los suicidas miedicas e indecisos, extracto de alas de mosca tse-tsé para los insomnes del Dow Jones, aparatos limpiadores de pelusa del ombligo para los mórbidos devoradores de fast food, coreografías de la danza de la lluvia para los vendedores de paraguas.

Se hizo rico y se arruinó varias veces. Inventó el rock and roll por segunda y última vez en la historia de la música. Falsificó la Coca-Cola mezclando aguarrás y cagadas de búfalo. Fue predicador televisivo prometiendo vírgenes y salvación eterna a cambio de donativos de seis cifras.  Presentó en sociedad al último hombre prehistórico vivo, que en realidad era un pariente lejano cacereño (recién llegado y con problemas de tiroides). Sobrevivió a doscientas catorce descargas eléctricas en los genitales y amó a docenas de mujeres trágicas.

Cinco décadas después, viejo y feliz, vivía retirado en La Florida donde todavía se puede beber café en español, allí se reencontró con Llanís en la calle Ocho, cerca del parque del dominó, y cumplió su promesa matrimonial. Dio sus apellidos a todos los hijos bastardos de ella, excepto a uno, negro y engreído, que andaba enredando al mundo con sus buenas maneras y con la infatigable ayuda de los cotillas de google

5)

Como terapia de choque me piden que dibuje a Lola, me piden que haga un molde de porexpan, que lo rellene con la materia infinita de los sueños y que acuñe a Lola.  Me lo piden como quien pide un segundo terrón de azúcar, y no es tan fácil, sobre todo cuando a mí me gusta el café bien amargo.

Para empezar si ves a Lola en la distancia es una mezcla entre Audrey Hepburn y Mónica Bellucci; poca chicha pero bien repartida. Cuando se acerca caminando lo hace flexionando un poco las rodillas en cada paso, como las modelos de pasarela pero sin llegar a parecer un pato anoréxico. Es un andar seguro y pausado, con un vaivén perfecto de caderas. A veces casi levita como esas sumisas geishas japonesas, otras veces parece que esté bailando merengue como las mulatonas dominicanas; debe ser por algún cambio de humor repentino.

Ya sabemos que tiene el culo alto y la piel caribe. No es un culo enorme de Pachamama latina ni una piel tostada a fuego lento. Respingón y canela podrían ser dos buenos adjetivos.

Ojos grandes que todo lo ven, que saben mirar a través de la piel. Ojos verdes. A veces obscuros y otras de un transparente casi felino. Lo esencial es invisible a los ojos, le reveló hace mucho tiempo un príncipe francés, amariconado e infantil, que andaba –como el tonto del pueblo en un circo- de planeta en planeta con una bufanda al cuello esperando a una bandada de pájaros migratorios que le llevaran de retorno a su casa.

Ni muy alta ni muy baja, la medida justa para parecer dominable en la cama pero sin llegar a serlo, más bien es elástica, como si los huesos pudieran ser cartílagos a su antojo y pudiera crecer o menguar como los ciclos de la luna

Dos lombardas sobre el pecho, una a cada lado, ligeramente caídas hacia arriba. Pezón grande de rosetón moreno, en verano (sin sujetador y con mi camisa blanca) está de puta madre.

Acento cálido y goloso. Si ella quiere puede morder cuando te habla, pero lo hace de una manera tan delicada que ni te duele, ni te enteras. Es europea pero me apuesto una botella de Don Perignon a que aprendió el español cruzando los Atlánticos en un caballo de mar, entre los versos de Benedetti y las canciones de Jorge Negrete.

El despertador de su teléfono suena cada mañana con una canción premonitoria: Put the Blame on Mame, Gilda quitándose el guante izquierdo varias veces en un bucle infinito. No sé todavía si ha ensuciado su piel con un tatoo, seguramente que sí, pero de una manera discreta, ¿en una nalga quizás? ¿en un tobillo? No, ahora recuerdo, en la parte de atrás de sus hombros, debajo de la nuca, hay escrito con letra itálica un verso: heart is my favorite bitch. Es difícil verlo porque su media melena se lo tapa, solamente durante poco más de quince minutos se puede leer, es cuando se recoge el pelo en un moño y se ducha antes del desayuno, luego se pinta las uñas del color que en ese momento le apetezca y vuelve a taparlo durante veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos.

Pero, y aquí viene lo más importante, lo exterior es lo que menos cuenta, éstos son pormenores insignificantes Lo que realmente me tiene obsesionado es su interior; lo que me preocupa es aquello que guarda dentro de su cabeza o de su alma, si es que pudiera llegar a tener alma.

 

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12 comentarios en “lola

    • Tienes buena intuición. Es algo futuro que tengo en la cabeza y todavía no sé construir. Coincido: un lienzo en blanco es mucho más misterioso e interesante que una página en blanco. 😉

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  1. Podrían ser cuentos, o capítulos, o una recopilación de la vida de un hombre que la conoció, y recuerda.
    El 4 relato para mí el más logrado, tan superlativo, como un rayo cayendo sobre el papel de aluminio, y esa sensación salvaje como estar dentro de Llanis.
    Para mí genial.

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    • WordPress me avisa de lo que le da la gana, un millón de sorrys
      Sabes ver cosas que trascienden a la historia. En un principio fueron cuentos independientes pero alguien me aconsejó que los uniera, porque todos ellos tenían un nexo común
      Agradecido por la visita y por el coment. Al final resulta que desde mis inicios los importantes y los imprescindibles siguen pasando por aquí.
      Gracias de nuevo

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