NI HAO NÜZĪ

La chinita del todo a cien me pone como loco con esa carita de autista emocional, con ese rostro inexpresivo así se hunda la isla de Hong Kong, con esa piel de arroz crudo, con esa boca que promete conocer el secreto de los finales felices, con esa carencia lingüística que la hace parecer sumisa, respondiéndome afirmativamente a todo, sea lo que sea.

Quiero estudiar la disposición de los cinco elementos y practicar el arte oriental de la reubicación corporal. Quiero hacerle un feng-shui completo, quiero que las ventanas de sus ojos ásperos estén abiertas hacia el sol naciente, quiero que su desfiladero vertical esté orientado sin resistencias hacia mi Chí, quiero meter toda la medida de mi ying-yang dentro de su enmoquetado salón comedor.

Ya sé que no tiene muchas tetas, cosas de su raza y de una dieta pobre en clembuterol, pero si me esfuerzo podré sintonizar radio Yangtsé en el dial de su pezón. Ya sé que su poca estatura hace que tenga el chocho más cerca del suelo que otras, pero en horizontalidad de condiciones eso no importa. Ya sé que sus caderas son escurridas como el champú de soja que se unta en el pelo y que huele a fritura lacia, pero por lo menos no se pinta la cabeza con un color imposible cada semana.

De momento voy cada día al todo a cien a comprar pilas que no funcionan, cuchillos que no cortan, bolígrafos que no escriben y gatos dorados de plástico con un brazo incansable. Cualquier día de estos conseguiré hacerla sonreír, entonces media batalla estará ganada.