OPEN LETTER

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A los hombres cuando nacen se les tatúa en algún lugar bien  recóndito del alma: ‘la mujer de tu vida está en tal sitio; anda, apúrate, ve a buscarla, se te va a escapar.

 

Te aviso desde ya que no soy un motor fueraborda, que más bien voy tirando al ralentí como un diésel; lento, seguro, obstinado. Aunque a veces se me enciende el turbo cuando imagino un desembarco bajo tus faldas. Pero te juro que este motor, machucho y rodado, hará que te tiemble hasta el lacito de las bragas.

La verdad es que no me importa que no estés loca, ya he tenido mi ración particular de locas del coño en mis travesías. No me importa porque tú eres una bahía en permanente calma chicha y yo solamente soy un piélago malmandado.

Menos aun me importaría que no tuvieras unas tetas del quince porque yo tampoco tengo un rabo del veintitrés. Ni que tus orejas se vean perfectas con pendientes desparejados. Ni que me desarmes con una media sonrisa y un cuarto de mirada.

Me dará más de lo mismo que la vida siga siendo una sucesión de ir esquivando hijoputas, siempre y cuando me ayudes amarrando trinquetes en este interminable cabotaje.

Harto de estar harto y harto de comenzar escribiendo siempre la misma frase en mi cuaderno de bitácora: tengo miedo al naufragio. Sin embargo me estás enseñando a nadar sin perder de vista el oleaje.

Mas ahora que todo hace aguas, a babor, a estribor, y hasta por los grifos secos. Ahora que ya no tengo naves a las que prender fuego ni salvavidas donde asirme. Ahora he aprendido a decirte al oído la palabra mariposa en diez idiomas, cosa que nunca hice por nadie: papallona, farfalla, tximeleta, pillangó, paruparo, serurubele, borboleta, lolo, fluture, babochka.

Creo que por fin he aprendido a leer el astrolabio de mi tatuaje.

 

HE SOÑADO CON TUS LEONES



He soñado con leones salvajes jugueteando como gatitos domésticos, y merendarse una oveja al caer la tarde.

 

He soñado con un García Márquez nonagenario y rebelde que venía a corregirme los cuadernos escolares, a tacharme todas las haches y todas las gringadas que encontraba.

 

He soñado con hombres que poseen su propio trocito de selva en el patio trasero de la casa, como quien tiene un terrario con dos culebras en una esquina del salón.

 

He soñado con un Oliverio Girondo en pijama hospitalario que me negaba el esquema original del resorte que eliminaría de mi cama a las mujeres incapaces de aprender a volar.

 

He soñado con cuatro generaciones de guajiras discutiendo al unísono, y en la misma cocina, cómo quitarle el mal genio a un sancocho, o de qué manera maquillar las tristezas de una arepa.

 

He soñado con ser juez y parte en un duelo infinito al amanecer; dos ciegos de bourbon y fracasos disparándose palabras a matar.

 

Primera andanada:

J.S. — No hay ni una sola historia de amor que tenga un final feliz. Si es amor, no tendrá final. Y si lo tiene, no será feliz.

C.B. —  ¿Amor? Vamos, hombre, la gente no quiere amor; la gente quiere triunfar, y una de las cosas en las que puede hacerlo es en el amor.

 

Segunda andanada:

J.S. — El asesino sabe más de amor que el poeta.

C.B. — Entonces encuentra lo que amas y deja que te mate.

 

He soñado con los quinientos afluentes del río Magdalena desbordándose y anegando las catacumbas de la Sagrada Familia en Barcelona, reflotando el cadáver incorrupto de aquel borracho de fe católica que era Gaudí, entre los maderos astillados de algún galeón naufragado, entre bocachicos desorientados en esta parte del hemisferio, entre fango, zurrapa y pan de oro.

 

He soñado que te soñaba, o que tenía el hipocampo cauterizado para no olvidarte, o que tenía barra libre de Jägermeister en todos los garitos de Gràcia, y que no todo ello era compatible.

 

Si abro la puerta y hay una mujer, entonces afirmo que existe la realidad.

Aldo Pellegrini

 

 

 

LAS ROSAS NO TIENEN JAQUECA (II)

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Él tiene dentro de la cabeza un almacén vasto, desordenado, tan grande y mal dispuesto que a veces confunde lo abstracto con lo real; y él ahora mismo tiene un sueño irresuelto, un sueño que luce el pelo pintado de color canela, que sonríe con la mirada, que lleva pendientes a veces sí y a veces no -dependiendo del humor con el que se levante-, que dice lo que piensa se joda quien se joda. Por eso aprovecha las noches de insomnio para darse a la tarea ingente de poner las cosas en su sitio.

En esta época tecnológica del big data y de la ofimática digitalizada sería fácil crear un sistema de carpetitas llenas de hojas excel y ficheros access, sería muy fácil empaquetar todo en archivos zip y comprimirlos dentro de un disco duro de varios terabytes. Pero lo que él almacena dentro de su cabeza es mucho más importante y mucho menos tangible que cifras y ordenes binarias. Él guarda los recuerdos que le va robando a ella día tras día.

Por eso -y porque es de la vieja escuela- ha construido una estantería de tres pisos con ángulos de mecalux y listones de pino, que se alabearán con el paso y con el peso del tiempo. Quiere evitar a toda costa que para reconstruir un día le sean necesarias 24 horas, como al pobrecito de Ireneo Funes.

Ha empezado por organizar la parte superior de las tres baldas y ha estado clasificando los sonidos, sean del tipo que sean. Por su estatus sonoro serán rápidos de localizar el día que los necesite. El primero de la fila es esa manera tan inocente que tiene de decir ‘qué‘, aunque ella utiliza un ‘haa?’. Justo detrás ha puesto ese tono tan erótico que utiliza cuando susurra ‘no soy pretenciosa’, cambiando la única c por una s fricativa alveolar sorda. Hay varias cajas más llenas de expresiones y maneras de hablar pero todavía no las ha indexado.

En la parte de abajo ha ordenando los gestos y los movimientos, están casi en el suelo porque en caso de que se alboroten no quiere que la caída los estropee. El principal y más importante es la manera que tiene de inclinar el cuello para escapar de una pregunta, con los párpados medio caídos y una sonrisa pícara. Después tiene varios gestos por catalogar: cómo de bien sabe jugar con sus dedos, cómo deja caer su cabeza cuando está mimosa, cómo se toca el pelo, cómo se encoge detrás de él en la moto para esquivar el aire frío de noviembre, etc.

Y por último, en la parte central que está a la altura de la boca están los sabores. Hay varias arquetas repletas con besos de diferente regusto, los hay de menta, de hierbabuena, de durazno, de champán, de mojito caribeño, de uchuva, de frutos rojos. Hay tantos y tan variados que ha tenido que reciclar una vieja caja que andaba medio desaprovechada en algún pasillo perdido de ese gran cementerio de memoria. Los ha metido todos juntos y revueltos para que ninguno se sienta ni especial ni protagonista, cada uno tiene su propia unicidad. La caja estaba rotulada en la parte frontal, ya que en su día él serigrafió con letras de molde dos palabras; ahora ha tachado la segunda con un taker negro de punta gorda, debajo del tachón ha escrito otra palabra nueva.

 

besos-exoticos

LAS ROSAS NO TIENEN JAQUECA

 

Ella atrae ciclones y tornados, y él tiene una tempestad dentro del pecho que no amaina.

Ella es una mujer duna, sigilosa y pacífica, y él es un hombre viento, aéreo e inseguro.

Conjugados serían una tormenta de arena.

 

Él es de esos tipos a los que no les gusta perder el tiempo en cosas fútiles, tales como beber hierbas cocidas o peinarse por las mañanas. Por eso toma café amargo y se corta el pelo cada dos por tres. En su barrio las barberías de toda la vida han ido falleciendo una a una, lenta pero inexorablemente. La culpa es de las peluquerías chinas que han arrasado como una plaga bíblica toda la periferia de Barcelona. Tiene su lógica: una chinita de mirada desorientada afeita una barba, da una limada de uñas y acaba con un triste final feliz chupándola por un precio ambiguo y negociable.

 

Ella es de esas mujeres que nunca responde a las preguntas, pero en cambio nunca renuncia a ellas, es como el Principito. Además no quiere estar al tanto ni del cómo ni del cuándo, todo lo reduce a la causalidad, al porqué. No concibe vivir lejos del mar y cierra los ojos cuando se ríe; ha conseguido descifrar el secreto de mantener la risa,  es bien fácil: cierra los ojos para no ver toda la mierda que nos rodea, así se puede concentrar en reírse de la vida.

 

Él mudó de barrio únicamente para encontrar un sitio donde le corten el pelo bien y a tijera, porque le tiene un pánico terrible a esas maquinillas eléctricas que se pasean por el cráneo con doscientos veinte voltios nerviosos y un molinillo de cuchillas alborotadas. Él es de esos hombres que es capaz de tutear al diablo pero contra los artilugios automáticos de lustre corporal se rinde.

 

Ella lo recibió como a cualquier cliente de su peluquería: conversación de compromiso, información básica del estilo de corte, hoy no va a llover, etc., y lo hizo pasar al lavadero de cabezas. Él aceptaba todas y cada una de las instrucciones, no reprobaba nada. Entró en el primer sitio que vio limpio y con un rótulo legible, simplemente quería que alguien de su mismo idioma le cortara el pelo y punto.

 

Fue sentarse en la silla y recibir el chorro de agua tibia en la cabeza cuando todo empezó a cambiar. Las manos de ella empezaron a recorrer el cuero cabelludo, los dedos separaban las hebras del cabello, masajeaban todos y cada uno de los folículos capilares, amasaban los mechones como si fueran harina y melaza, con sus movimientos ondulantes provocaba mareas y corrientes en el mar de pelo enjabonado, y lo mejor de todo fue experimentar aquellas sensaciones exclusivamente con unas manos ajenas lavándole la cabeza. La felicidad será algo parecido, fijo; tiene que ser la rehostia que te quieran y te hagan esto a menudo. Se dijo a sí mismo.

A él no le importó ni el olor a zotal del champú, ni la incomodidad de la silla, ni los reflejos en el techo de oropéndolas pretéritas.  A él le daba lo mismo que ella hubiera tenido el chocho plastificado de una Barbie sirena o el clavel reventón de Amarna Miller. A él le traería sin cuidado que ella hubiera sabido bailar como Shakira o que mantuviera conversaciones con la luna. A él solamente le importaba seguir teniendo el contacto de aquellas manos por siempre.

Los vientos errantes que recorren los océanos a veces se sienten solos y extrañan cosas así. Por eso en él se despertó un impulso animal.

 

Los animales se distinguen por la inercia de sus instintos, por no permanecer esperando el olor a humo que augura fuego.

  Se distinguen por sus costumbres nómadas, por no mantener clavados  los pies en la tierra como las flores.

 

Finalizado el arreglo de la testa él tomó prestado del mostrador un post-it y un bolígrafo mientras ella sellaba una de esas tarjetas de fidelización que casi nadie guarda. Garabateó algo y lo ancló justo donde ella pudiera leerlo.

          

déjame que te invite a un café, anda

 

Ella sonreía mientras se miraba el papelito amarillo, dejó pasar unos segundos antes de levantar los ojos. Una negativa o un silencio eran dos de las tres respuestas posibles, pero simplemente alargó la jodida tarjeta de fidelización y -con el mismo tono que hubiese utilizado para indicar al próximo cliente que era su turno- dijo: Mi teléfono está aquí, en la tarjeta.

El tono era neutro, la sonrisa y la mirada no.

WhatsApp y Benedetti hicieron el resto.

 

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SUEÑOS DESORDENADOS

a Celia

Amanece de mala gana sobre la ciudad. El puerto y la zona sur de la Diagonal están desiertos, como un polígono industrial en domingo. Ellos caminan sin hablar, él por la calzada, ella por la acera, así ambos parecen de la misma estatura. De madrugada los pasos tienen música: jazz en el rumor de los zapatos sin cordones de él, blues en el eco místico de los tacones de ella. A veces el meñique de sus manos contrarias se roza un instante e inmediatamente ambos las retiran. Él sueña con historias que nunca han sido escritas y ella sueña con besos de vodka. El fuma deconstruyendo finas columnas de humo por la nariz y ella recuerda mentiras de azúcar y regaliz de otros hombres.

   – ¿tú sabes lo que es la soledad?

   -Sí.  Cargar una escopeta con dos cartuchos y disparar con los ojos vendados.

Una bandada de palomas sobrevuela sus cabezas llevando entre las plumas de las alas el murmullo de tempestades vencidas. Alguien se acerca pedaleando por el carril bici, “Me amo” de Love of Lesbian le acompaña en su ritmo; una adolescente vomita borracha sobre la alcantarilla, bajo sus pies, en las cloacas, se esconde el sapo que no ha podido reconvertir en príncipe.

– ¿tú sabes lo que es el amor?

                             -Sí.  Quitarse la venda y disparar apuntándose en el pecho.

Pronto la calle se llenará de bostezos clónicos, de autobuses saturados de tristeza, de flores envueltas en papel de aluminio, de ángeles monoteístas, de llantos de niño, de esperanzas anestesiadas. Ellos siguen caminando con mucho cuidado de no tocarse las manos. Él sueña con encontrar el valor para meterse en un portal a obscuras y comerle la boca, ella sueña con dominar el idioma de los signos, para dibujarle con gestos en el aire las palabras que todavía no se han inventado.

-Para ti todo se reduce a disparar…

                                     – Sí. Tristemente sí …

 

No es por casualidad que los diálogos sean anónimos, que no sepamos ni quién pregunta ni quién responde; porque como bien dice Amaranta : las casualidades son una mierda.

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ANATOMIA DE UN REMO

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Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad.

(Enrique Tierno Galván)

 

Todos permanecíamos sentados en aquel banco corrido de la comisaría; bueno todos no, faltaba Deolinda, pero estaba el resto de la manada: el Shin Chan, el Ukelele, los Blaumut, y yo misma, la Gata. Juntos, callados, desorientados. Un policía caminaba en línea recta a dos palmos de nosotros, muy despacio, con una mano se sujetaba la otra por detrás de la espalda y durante cinco segundos se paraba delante de cada uno para escanear mentalmente nuestra jeta. Cuando acabó con el último dio media vuelta y deshizo el camino. Aquel perro con uniforme bajó la vista al suelo y sin dirigirse a nadie en particular preguntó:

 

 -¿Cuándo coño tenéis pensado comenzar todo esto?

 

 

-EL REMO SE COMPONE DE TRES PARTES: POMO, PERTIGA Y PALA 

 

1) El pomo

 

Urbanística y socialmente parece todo muy fácil. La ciudad se divide en distritos y barrios,  la población en clases, en estratos,  y el porvenir en  etapas. MENTIRA, eso es lo que ellos desean, pero todo es muchísimo más complejo. La ciudad tiene sectores y territorios, con sus fronteras que cambian sin saber por qué, la población son tribus con jerarquías, con reglamentos. Y el futuro es una putada tras otra.

 

Además de todos esos grupos están las manadas. La manada no tiene normas ni territorio, es nómada, por eso mismo es más difícil destruirla. La manada no tiene ni código penal, ni código civil, ni leyes. Solamente existe una regla no escrita: si tú me jodes yo te jodo.

 

La ciudad por sí sola es un hábitat difícil y quienes la controlan solamente pretenden eliminar a quien no está bajo sus zarpas, y las manadas estorban; quieren exterminarnos. Les molesta que las manadas no se integren, que vayan por libre. A las manadas nos importan una mierda sus guerras de banderas o sus leyes anti-todo,  nos la trae flojísima si el/la alcaldable es un hij@deputa de traje azul o un hij@deputa de sudadera roja, nos la sopla la buenaventura del boom turístico o la sangría  salvaje de una T-mes (1), ni nos va ni nos viene que la esperanza de vida sea mayor o menor según la parada de metro donde te bajes (de Sant Gervasi  a Poble Sec pueden ser hasta diez años). Por eso mismo a veces es necesario darle una sacudida a la ciudad y ponerla del revés.

 

 

 

2) La pértiga

 

El Ukelele. Es un africano enorme, descomunal, con la fuerza de un elefante testarudo. No hace mucho que ha llegado a la manada, pero es de fiar. Camina renqueando porque el salitre marino mezclado con el queroseno de la patera donde viajó le ha dejado cuarteada la piel de los tobillos y de los pies; no puede correr. Tiene un nombre impronunciable por eso le llamamos Ukelele, años más tarde supe que esa palabra sirve para denominar a una guitarra hawaiana, pero a él le queda bien. A su madre, una senegalesa que los domingos se pone unos vestidos de flores imposibles para rezar en la iglesia animista,  la llaman la Tin iuro (diez euros) porque es lo que pide a las mamás turistas en la Barceloneta por hacerle unas trencitas de colores a las niñas, y también es lo mismo que pide a los papás turistas por chupársela en cualquier callejón detrás de la Boquería. Sé que Ukelele es de fiar porque conozco su secreto, tiene un bonsái entre las piernas a pesar de ser descendiente de zulús o de mandingos, y ese trauma le provoca un miedo terrible a quedarse desnudo y con luz frente a una mujer, por eso mismo es tan pacífico y letal, aguanta lo que le echen hasta que se levanta y te da el abrazo del oso, ese tipo de abrazos que te va dejando sin respiración y el cerebro no te permite coordinar una defensa en condiciones. A veces, pocas, cuando va muy justo de dinero, se va  a merodear por detrás del castillo de Montjuïc, siempre encuentra algún alemán  pedófilo despistado a quien darle su abrazo y robarle, el Mataleón lo llaman en el argot de los delincuentes. El Ukelele se lleva bien con los negros brasileros, con los negros haitianos, con los negros africanos, con cualquier negro.

 

 

El  Shin Chan. Es un chino de segunda generación, habla perfectamente español, catalán y mandarín. Está harto del todo a cien donde trabaja entre semana y  del restaurante japonés donde trabaja el weekend. Es un artista. De todos los que componemos la manada él es el único que sabe hacer algo creativo; con un cutter de plástico y acero sabe sacar un delfín de una zanahoria,  escribe letras capitalinas en el lomo de una sepia, hace aparecer una miniatura del Guernica en la cascara de una naranja, dibuja mapas inventados en una raja de sandía, o un croquis a mano alzada de la planta de la Sagrada Familia en un grano de arroz, sabe hacer figuras preciosistas en cualquier material comestible. Aprendió ese arte a base de decorar la guarnición de los platos del restaurante, pero se aburre de hacer siempre lo mismo. Creo que si hubiese tenido la oportunidad podría haber sido un  cirujano estético de los mejores, pero es chino y nadie se fía de los chinos.  Está en buenas relaciones con cualquier asiático de la ciudad.

 

 

 

Los Blaumut. Son dos gemelos gorditos marroquíes que no llegan a los catorce años. Un misterio rodea su nacimiento: por el volumen de la panza de su mamá -y por aquellas enigmáticas ecografías unidimensionales- todos aseguraban que de allí saldrían trillizos, pero finalmente aparecieron dos gemelos, silenciosos, de mirada azul intriga y pasados de peso. ¿Selección natural? ¿Instinto de supervivencia? ¿O quizás el augurio genético de que las pasarían putas en el mundo exterior? Nunca lo sabremos, pero yo creo que ése fue el inicio de un canibalismo encubierto: se comieron al más débil. Tienen nombres árabes muy parecidos (Mohamed y Muhammad) pero en  aquellos días estaba de moda un grupo musical llamado Blaumut y su canción del momento en youtube era pà amb oli i sal, que precisamente era el único alimento que les habíamos visto comer alguna vez. Deberían estar practicando algún Ramadán estricto y continuo, o por lo menos es lo que pensábamos, después a escondidas se pondrían ciegos a comer de todo, seguro. El primer día que llegaron se presentaron con sus nombres originales pero ante nuestra imposibilidad de recordarlos y diferenciarlos decidimos ponerles el sobrenombre de los Blaumut. De manera indistinta responden uno u otro, como si fueran un ente indivisible; ellos aceptaron el cambio de nombre de la misma manera que un ciego acepta que los colores tengan apellido: azul marino, rojo fuego, amarillo limón, verde botella. Los gemelos tienen una educación exquisita, siempre saludan y estrechan la mano, la misma mano que luego se llevan al corazón y susurran ‘salam aleikum’, sonriendo con esos ojos azul traición, aunque en realidad parece que digan ‘Te voy a arrancar los hígados para comérmelos mirando a la Meca’. Son indispensables en la relación de la manada con cualquier musulmán de la ciudad, sea del país que sea, también tienen contactos entre los hindúes, los pakis, los argelinos y en general cualquiera de piel oliva.

 

 

Deolinda. Es una gitana portuguesa y una pieza clave de la manada. Hubiera sido muy fácil ponerle un alias, cualquier apodo que hiciera referencia a su origen o a su raza  ya encajaría, pero tiene un nombre tan bonito que nadie fue capaz de imaginarse llamarla de otra manera. Ya se sabe que las gitanas son putas por naturaleza, pero eso no impidió que la aceptáramos, nadie es un santo entre nosotros. Se lleva bien con todos los clanes gitanos, desde Ciudad Meridiana a  L’Hospitalet, y desde Montbau a La Verneda, tiene lazos genéticos con los rumanos, trapichea con los rusos, se va de birras con los italianos y  habla de tú a tú con los filipinos. Deolinda es una gitana que todavía no ha parido, por eso conserva ese cuerpo voluptuoso, de caderas generosas, de tetas bailarinas, de sonrisa pícara. Deolinda siempre viste de colorines, pendientes de aro generoso, el pelo recogido en un moño alto y unos leggins de cebra, o de pantera, o de tigre, o de cualquier bicho selvático, unos leggins apretados que le hacen un culazo hipnotizador. Deolinda siempre va por su cuenta, sin más compañía que sus problemas, pero supe desde que la vi que nos hacían falta sus contactos para iniciar la tormenta del caos. Una noche de  tequilas sin limón y porros de amapolas saharauis hice lo que ya hacía mucho tiempo que tenía ganas, en un descuido de risas químicas metí mi lengua en su boca y mis dedos por delante de sus leggins, empecé a jugar con todos sus labios, cuando conseguí que sus humedades, tanto las de arriba como las de abajo, fuesen magma a punto de desbordarse entonces paré; me dijo de todo: guarra, calientachochos, puta, etc. Pero a partir de aquel día la tenía rendida. Son trucos de gata escarmentada.

 

 

 

Yo, la Gata. De mí debería hablar otro, solamente decir que no me gusta la cocacola, ni los peluches, ni pagar por cosas que deberían ser gratis. Que llevo el cabello corto y mis senos son pequeños, ambos pinchan si los acaricias a contrapelo. Que me gustan los helados de stratcciatella y meterme en la cama con personas complejas (lleven falda o pantalón). Que tengo sangre felina desde pequeñita, que salto y muerdo y araño antes de que el otro lo haga. Que no soy fiel pero tampoco traicionera. Que nunca tengo un plan B y por eso me doy de cabeza continuamente. Y que esta ciudad, o mejor dicho, la gente que la habita se merecen una segunda oportunidad. A mí me respetan los dominicanos, los colombianos, los ecuatorianos, los latinos, todos; saben que no soy como ellos pero podría serlo. Yo soy la encargada de pronunciar la palabra clave para que la ciudad sufra un tsunami de rebeldía

 

 

3) La pala

 

Si las cosas se hacen cuando toca es fácil que salgan bien. No hay que atacar a las instituciones, quemar un Starbucks o apedrear un Zara no sirve de nada. El Parlament, La Caixa o la Torre Agbar simplemente son edificios, simplemente son máquinas para hacer dinero. La gente es la que logra que funcionen sus engranajes, hay que evitar que la gente llegue hasta ellas, hay que evitar que nadie esté en su sitio, hay que evitar que el capital genere más capital. Hay que paralizar la ciudad.

 

Podría ser así:

 

Tiraremos sacos de yeso por los puentes que cruzan la Ronda de Dalt y la Ronda Litoral, leves accidentes de tráfico provocarán trombosis en esas dos arterias. Los africanos se pueden encargar, son fuertes y no tienen mucha conciencia del mal.

 

Ataremos cadenas entre dos farolas de calles estrechas en Gracia, Lesseps, Ciutat Vella y Arc de Triomf. Serán ratoneras para el transporte rodado. Ya tendremos micro infartos en varios puntos de difícil acceso. Los chinos pueden hacerlo, son discretos.

 

Prenderemos fuego a contenedores de basura en el Eixample, en Sants y en Nou Barris. Varios camiones de bomberos intentado moverse en una ciudad atascada multiplica por mil el tumulto. Los metaleros rumanos conocen de memoria la situación de todos los contenedores, ellos lo harán.

 

Twitter y Facebook también ayudarán. Extenderemos falsas noticias sobre derrumbes en la catedral, explosiones en el puerto, escapes de gas en la Zona Franca o incendios en las Ramblas. Cientos de curiosos intentarán desplazarse para ser testigos. Las mentiras mueren pronto pero corren mucho. Los pakis y los hindúes con sus locutorios serán los responsables.

 

Durante la noche anterior habrá que inutilizar todos los cajeros automáticos que se pueda. La gente sin dinero se vuelve loca, y los fabricantes de dinero más todavía. A los rusos les encanta romper cosas, adjudicado.

 

Entre seis y nueve de la mañana hay que parar el metro. Todos los vagones tienen un freno de emergencia; pandillas de  latinos se dedicarán a ello. Un reguetonero loco en cada convoy puede hacerlo, se atreven a eso y más.

 

Y lo más importante: descolocar y poner nerviosos a los del poder perpetuo. Se organizarán peleas multitudinarias entre moros y gitanos -ambos grupos raciales se tienen ganas- delante de cada centro oficial, en los vestíbulos de la torre Mapfre, en el Auditorio, en la Cámara de comercio, en el Bussines Center, en las entradas de los grandes hoteles. Batallas campales en la Plaza Catalunya, en la Estación de Francia, en la parada de taxis del aeropuerto, en la Plaza Sant Jaume;  allí donde se reúnan los que nos putean tiene que haber un jaleo de la hostia. Los Blaumut y Deolinda tendrán que poner en movimiento a todas las hordas de su raza para que se partan la cara en esos enclaves. Si combinamos etnias y violencia gratuita seguro que se cagan de miedo.

 

 

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Todo salió mal porque alguien se fue de la lengua. Los días anteriores a organizar el tempo y la cadencia de las acciones hubo batidas de la policía advirtiendo a las demás manadas que no tolerarían ni un movimiento fuera de orden. Deolinda tampoco aparecía. Mi instinto felino me lo recordó: Las gitanas son putas por naturaleza.

 

 


 

 

 

Que todo cambie para que todo siga igual.

 (Giuseppe Tomasi di Lampedusa)

 

 -¿Cuándo coño tenéis pensado comenzar todo esto?  No encontramos a la gitana, pero eso ya da igual. Ella me contó el cómo, solamente me falta saber el cuándo.

 

La pregunta se había quedado un buen rato haciendo eco en la sala, nadie respondía y aquel malparit murmuró:

 

-Putos críos anti-sistema...

 

Entonces, y solamente entonces, supe que habíamos ganado. Cuando te etiquetan o te catalogan sin conocerte es que andan perdidos del todo.

 

Y respondí con la palabra que daría paso al principio de su fin.

 

 –La barca empezará a moverse en cuanto un sólo remo toque el agua.

 

 

 

Provoca el mayor caos y alteración posible,

pero no dejes que te cojan vivo.

(Sid Vicius)

 

Mucho tiempo después nos encontramos a Deolinda cerca del campus de Bellaterra, seguramente se dejaba invitar a las fiestas de telecos para follarse alguno de aquellos universitarios prepotentes e inseguros, van armados con un Ipad y tabaco de liar, pero en el fondo son unos niños. Ella me sonrió con su picardía habitual y nos saludó hipócritamente, como si nada hubiese pasado, como si el chivatazo fuese una travesura sin importancia.

 

La manada no habló, no amenazó, no recriminó, no discutió. Actuó.

 

Yo salté como una gata sobre su cara, mi propósito era sacarle los ojos con las uñas, mi objetivo era morderla y arañarla, quitarle de la cara aquella hiriente sonrisa de traidora. Ella retrocedió y cayó sobre los brazos del negro, que la rodeó con ellos y empezó a unirlos muy despacito, Deolinda se ahogaba, le faltaba el aire, comenzó a ponerse azul. Sé que la intención del Ukelele no era asfixiarla, sé que esperaba a que alguno lo detuviéramos, pero nadie lo hizo. En dos  minutos de abrazo constrictor aquel sensual cuerpo de putón verbenero cayó inerte al suelo.

 

Y allí estábamos otra vez todos como al principio: juntos, callados, desorientados.

 

El Shin Chan se agachó junto a la gitana con esa postura típica de los chinos que parece que vayan a cagar, desenfundó su inseparable cutter y con metódica paciencia desmembró a la portuguesa en tacos perfectamente simétricos, luego se dio a elaborar en cada trozo de carne alegorías varias: signos del zodiaco, figuras del ajedrez, medallas olímpicas, esfinges egipcias, los diez mil guerreros de Xian. Desparramó toda la inspiración que nunca le habían permitido. Cerraron turno los Blaumut devorando, con su acostumbrado silencio, todos y cada uno de aquellos macabros canapés, no dejaron resto alguno.

 

 

Recordemos, una única regla: si tú me jodes yo te jodo.

 

 

 

 

 

Barcelona, marzo de 2015

 

 

(1) T.Mes. Abono de transporte público, el precio mensual es de 105 € para tres zonas, por ejemplo Mataró-Barcelona. En un contrato laboral de media jornada con un salario de 480 € supone casi el 25%, solamente para ir a trabajar a una mierda de fábrica.

 

 

Mi aportación a la segunda convocatoria de La Madriguera de Historias.

Ilustración del increíble Ache (Pau Alaña)

 

 

A ESTA CIUDAD LE FALTAN CALLES Y LE SOBRAN COCHES

Viernes. Octubre. 9:35 AM Un hombre descalzo camina entre las hileras de coches parados frente al semáforo en rojo de la Meridiana con Aragón. Pide limosna a los conductores, casi todos le rehúyen la mirada y –forzosamente- pacientes aguardan a que el semáforo se abra. A cambio de unas monedas ofrece clínex o un paquete de Tuc sabor original, nadie acepta las galletas. El hombre descalzo tiene la misma barba descuidada, los mismos dientes podridos por el tabaco, los mismos ojos de iluminado que el mismísimo  Cortázar. Él también podría escribir un cuento titulándolo “instrucciones para no ser feliz”, tiene un doctorado en mala suerte y va sobrado en másteres de reveses personales para poderlo publicar. Soporta el desdén de la vida tarareando en silencio el estribillo de una canción de Radio Futura: “eres tonto Simón y no tienes solución”.

Es un hombre triste.

 

Viernes. Octubre. 9:39 AM Una mujer gordinflona, cuarenta y pico años,  y con una depresión de caballo que la incapacita para trabajar espera en el paso de cebra a que el semáforo peatonal le dé vía libre. Su mirada ausente sigue el zigzaguear del vendedor de clínex. Las raíces obscuras de su pelo teñido de trigo tienen varios centímetros, algún experto estilista podría calcular el tiempo transcurrido desde la última visita a la peluquería, son como esos aros concéntricos del tronco de los árboles que señalan las primaveras cumplidas antes de ser talados. El Mambo Gozón de Tito Puente que bailó el día de su boda se le cruza como un recuerdo por la cabeza pero no es capaz de borrar la pregunta que le martillea toda la semana. ¿Cómo una mujer maltratada, abandonada y sin recursos le explica a su hija de ocho años que hoy las van a desahuciar del piso por impago reiterado y tendrán que dormir en un cajero automático o en la entrada de un garaje? Su hija es pequeña pero no es idiota, todavía es incapaz de entender porqué viven sin energía eléctrica, porqué llenan garrafas de agua en la fuente para lavarse.

Es una mujer triste.

 

Viernes. Octubre. 9:43 AM En el chaflán de la calle Rogent hay un coche mal aparcado, un Renault Laguna plateado, modelo antiguo de finales de los noventa. En su interior dos gitanos de Nimes hablan con ese francés goloso y lleno de tropezones que solamente pueden entender los de su rama. Un hombre joven con rastas y camiseta de Desigual se para a su lado, cruza dos palabras con los gitanos e inician un intercambio. El próximo sábado hay una fiesta de telecos y este joven quiere tirarse a una princesa de primero de ADE, ella le ha prometido entregarle su diamante depilado si él es capaz de hacerla volar, él piensa que un poco de ayuda química nunca viene mal, está equivocado. De las manos del universitario aparecen un billete de 50 y uno de 20, de las manos de uno de los gitanos aparece una bolsita con 2 gramos de Ketamina. Un rápido movimiento de prestidigitación y la merca cambia de propietario. Durante toda la transacción sonaba en la radio del coche la guitarra estupefacta de Angus Young eternizando el Thunderstruck.

El universitario no está triste y no tendrá tiempo de estarlo.

 

Viernes. Octubre. 9:47 AM Una hilera de párvulos caminan paralelos al carril bici de la calle Valencia. Van atados por la cintura con una cuerda y al principio de ésta los guía una chica de unos dieciocho o diecinueve años, lleva mechas azuladas en el pelo que le dan un aire falsamente alternativo. No presta atención ni al tráfico ni a los críos, está abducida tecleando en su smartphone. Dentro de veinticinco años todo seguirá igual, los niños serán adultos atados con jodidas obligaciones socio laborales, y estarán guiados por un líder que hace caso omiso a sus necesidades, que mira únicamente por su interés. La chica está en sus cosas, tiene un novio nuevo que la anda presionando para follar, ella le ha pedido un imposible. No le importan la mierda de trabajos que consigue a tiempo parcial (promotora, canguro, tele operadora), no le importan los cuatrocientos euros que ganará y que servirán para pagar las putas tasas de la universidad, no le importa la algarabía de esos críos que tiene que llevar del cole al gimnasio escolar y del gimnasio escolar al cole. Lleva las orejas punzadas de aretes, piercings en labio, nariz y ceja, quizás alguno oculto en un pezón, cada uno de estos sabotajes a la dermis son balazos mal curados de amores contrariados. Malú con esos agudos fatalmente  sostenidos está rompiendo los algoritmos de compresión de su Mp3.

Ella no está triste pero lo estará.      

 

Viernes. Octubre. 21:52 PM Un hombre desaliñado -que se parece a Cortázar y camina descalzo- sale del 24/7 de los pakis con dos bricks de vino barato, hoy cenará unas Tuc sabor original remojadas en tinto, esta mañana tenía dos paquetes de galletas pero uno se lo ha regalado por pura lástima a una señora en la parada del metro hace poco menos de diez minutos. Al final de la calle hay ruido de sirenas acompañadas por luces azules y amarillas, policía y ambulancia, mala señal.

Cortázar no es curioso pero quiere saber.

En la zona cero de la desgracia se halla una muchacha de vetas cobalto en el pelo con un ataque de histeria y atendida por los sanitarios, dos metros más allá una sábana de papel de aluminio tapa el cuerpo sin vida de un joven con rastas.

La muchacha al salir del trabajo se acercó a casa de su nuevo novio para negociar el imposible, para endurecer o aflojar las condiciones, no quiere otro desastre en los trámites del querer, no necesita otro agujero en su cuerpo con un pendiente de acero quirúrgico que le recuerde otra –la enésima- mala historia.

El novio para darse un valor que no le hace falta ha probado la mierda que le vendieron dos gitanos esta mañana, la keta estaba tan mal cortada que la dosis le ha explotado dentro de la cabeza, durante unos segundos ha creído ser murciélago sediento y ha saltado por la ventana en vuelo circular de reconocimiento buscando victimas propicias.

La policía acordona la zona e intenta hacer retroceder a los mirones, por la radio emisora del coche patrulla se solicita su desplazamiento urgente hacia la cercana estación de metro del Clot; una mujer se ha tirado a las vías del convoy, el maquinista no ha podido hacer nada para evitar arrollarla. En el andén ha dejado tres bolsas con ropa, dos cajas de libros y una niña de unos ocho años que llora desconsolada con un paquete de Tuc sabor original en la mano.

 

A esta ciudad le faltan sentimientos y le sobran tristezas.

pintada de A.B.

pintada de A.B.

BONNIE & CLYDE (y III)

 

– ¿A dónde viajabas con tu mamá?

– No lo sé. Al mar, como cada año

– Entonces te llevaré al mar. No te preocupes, iremos al mar.

Yo no iría nunca a Cuba ni a la Florida, ni siquiera a la jodida Venezuela, pero el puto niño sí que llegaría hasta el mar, porque cuando tú decías “no te preocupes” era palabra sagrada, era como decir que el mundo es redondo.

Sentamos al niño en la moto, en medio de nosotros dos, no teníamos cascos para los tres pero su cabecita quedaba protegida entre mi pecho y tu espalda. Creo que se durmió nada más entrar en la autopista de la costa a pesar de la mala posición y del runrún de la Suzuki Van Van.

Conducías concentrada a 80 o a 90 y no nos cruzamos ni un coche de la poli en mucho rato. Debían estar ocupados buscando a un niño rubio medio bobo por el aeropuerto. Yo cavilaba sobre nuestra situación y en todo lo que se estaba torciendo por momentos, aquella noche de sábado no debía terminar de aquella manera, con tu hermana cabreada como una mona porque le habíamos cogido sin permiso la moto, con el culo que me dolía de tanto rato ir de paquete, con los brazos tiesos de sujetar a un niño para que no se cayera y la cosa se jodiera del todo, y con un niño robado, sobre todo con un niño robado

Paraste en una gasolinera de esas que parecen una boutique, de esas que tienen de todo, de esas que cuando descuelgan la manguera una voz de locutora de radio te dice qué tipo de carburante has elegido y cuando has terminado te da las gracias y te recuerda que ellos siempre tienen mejor precio que la competencia. Sonreíste antes de decir separando las silabas “nos-que-da-mos-sin-naf-ta”, y sonreíste porque habías utilizado tu palabra adecuadamente, tu palabra recién aprendida.

– pero no tenemos dinero, no puedes llenar el depósito.

-Déjame a mí…

Y te metiste en la tienda en busca del empleado, vi como le hablabas con la cabeza un poco ladeada, con ese gesto que utilizas cuando quieres algo o cuando no quieres algo. Nunca habíamos atracado una gasolinera, por lo menos yo, y no sé si tú lo habías hecho alguna vez. Sí que habíamos robado ropa, y bebida, y música, y cosas que nos gustaban, pero nunca habíamos atracado a nada ni a nadie. Era muy mala idea atracar una gasolinera, sobre todo porque llevábamos un niño robado con nosotros.

Saliste contenta y metiste la manguera del surtidor en el depósito. La máquina empezó a escupir su líquido. El empleado nos miraba desde la cristalera e hizo un gesto cuando el tanque se llenó, sus ojos tenían luz. Era un marroquí joven de pelo rizado y dientes picados, de piel tiznada. A ti siempre te han gustado ese tipo de hombres, a los que puedes putear sin remordimientos porque la vida les ha puteado mucho más y sabes que lo tuyo no le hará el mínimo daño.

-¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo lo has enredado?

-Fácil. Ese morito se hubiera comido, si se lo llego a pedir, un cubo de tocino por el Iphone 5 amarillo.

-El niño tendrá llantera en cuanto se percate, apuesto lo que quieras. 

-Y ahora ¿qué hacemos?

Eso es lo más me cabrea de ti, tu manera de desprenderse de los problemas, así, como quien no quiere la cosa; yo te seguía a todas partes, yo me dejaba enredar en todas tus locuras, yo nunca protestaba aunque presagiara tormentas de la ostia, y cuando tu ya te aburrías o te cansabas del juego descargabas tu responsabilidad sobre otro, sobre mí. Usabas el plural a tu conveniencia, a tu antojo.

Estaba enfadado, me puse muy serio y me negué a seguir, estaba hastiado de llevar a un niño robado, no éramos Bonnie y Clyde, ni deseaba acabar como ellos,  yo me quería volver a casa, me tumbaría a escuchar música, me fumaría algo que tenía de reserva en el bote de las monedas y me olvidaría de la venezolana, del niño y de la mierda de sábado. Te dije todo eso del tirón para que no me interrumpieras. Al acabar solamente sonreíste y me lanzaste un beso al aire. Entonces acunaste al niño en tus brazos con mucho cuidado para que no se despertara y lo llevaste hasta la tienda de la gasolinera. Volviste a ladear la cabeza, volviste a engatusar al marroquí, aunque ya no tenías nada que ofrecer a cambio de no sé qué. Te vi meterte la mano por delante del pantalón, como si te picara el coño, y luego te vi pasarle algo al moro. ¡ Claro ! ¡ Ahí es donde te guardas la tuja ! Joder, el hachís que sisaste a los dominicanos, jajá. Eres la polla.

 Luego saliste sin el niño.

-Mañana Mohamed subirá a Makaulkyn en un autobús que lo lleve a la playa. Vámonos.

Y volvimos a montar en la moto con suficiente nafta para regresar a casa.

Al incorporarnos de nuevo a la carretera miré el cartel luminoso de la marquesina de la gasolinera. Era uno de esos en los que las letras se auto escriben y corren de derecha a izquierda. Y comprendí en ese momento el significado de aquel sábado, de la vida, te comprendí a ti, a mí.

El rótulo era un bucle que se pude leer varias veces en un minuto: Gracias por su visita.  La estación de servicio de ALQUERIES DEL NEN PERDUT les desea feliz viaje.  Conduzca con cuidado.

 

ALQUERIES DEL NEN PERDUT

pincha para que se haga más grande

 

 

BONNIE & CLYDE (II)

 

En el aeropuerto cada puerta de embarque tiene su propia guardia pretoriana: un vigilante privado con chaleco amarillo para trastear con el equipaje, un policía nacional con chaqueta azul para olisquear en busca de sustancias prohibidas y un guardia civil con gorra verde para compulsar los pasaportes. A ese tipo de personas les encanta su merchandising particular. Con los seguratas del supermercado y los porteros de los clubes ya tenemos traza, tú les sonríes ladeando un poco la cabeza y les susurras con tono pícaro: es inherente a tu empleo que compartas genética con Forrest Gump pero te falta carisma. Ellos no entienden ni papa y yo aprovecho para esconder bajo la chaqueta un paquete de seis cervezas o para saltarme el torno, pero aquí, en el aeropuerto, ellos van armados con un fierro de fuego y hay que andarse con cuidado, son palabras mayores.

Tú estabas convencida de poder colarnos, solamente había que estudiar sus movimientos y aprenderse sus rutinas. Para ti era muy fácil, para ti todo se basa en rutinas. Una vez que discutimos sobre el tema me acabaste convenciendo de tu filosofía.

La discusión fue básica, y a la misma vez profunda:

– ¿tú tienes la rutina de cagar cada día?

– Sí, a la misma hora más o menos, ¿porqué?

– Porque la vida es eso, una cagada tras otra diariamente.

Por suerte para todos, menos para el niño, no te apetecía pasarte el resto de la tarde vigilando a los vigilantes, y nos fuimos al centro comercial a pedir tabaco. Los viajeros que esperan embarcar salen a fumar a los accesos de las tiendas, las leyes han cambiado y ya no dejan fumar dentro.

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Una señora alta, con vestido largo, pulseras de plata y gafas de sol fumaba unos cigarrillos mentolados que olían muy bien, a mí se me antojó enseguida probarlos y le pedí dos, uno para mí y otro para ti. La señora ni se sacó las Vogue para mirarme, me mandó a la mierda en cuatro palabras y empezó a renegar de cosas que no venían a cuento, que si la sociedad hace aguas, que si el maldito sistema bipartidista favorece a gente como nosotros, que si sería mucho mejor menos subsidios y más mano dura, y otras absurdeces por el estilo.

Detrás de la señora permanecía sentado sobre una maleta Louis Vuitton un niño de seis o siete años, su hijo, que siguió con atención la escena sin dejar de jugar con un Iphone 5 de color amarillo. Yo insistí a la señora en la cuestión de los dos cigarrillos y tú susurraste algo al oído del niño. Luego se dejó coger de la mano y entraste con él al centro comercial. Yo me olvidé del tabaco y os seguí.

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-¿Qué le has dicho a crío para que se venga contigo?

– Que me sé un truco para pasarse enterito el Candy Crush.

-¿De verdad te sabes un truco?

– Claro. Nunca hagas caso al juego. Si te indica que juntes tres salchichas rojas vete a por las bolitas azules o los cuadraditos verdes ¿No has visto la cara de puta que tiene la niña que sale entre nivel y nivel? Está ahí para engañarte, para sacarte el dinero.

Muchas veces llegué a pensar que eras clarividente, que podías ver la sencillez de las cosas con solo pasar una mirada sobre ellas.

El niño nos seguía sin dejar de mirar la pantalla de su teléfono, de vez en cuando le decías que caminara más rápido y el obedecía. Le llamabas Macaulkyn porque era rubio y medio bobo. En su medallita de San Jorge estaba grabado por detrás el nombre de Samuel y por megafonía anunciaban que se había perdido un niño, con las características del que nos acompañaba, que atendía por el nombre de Roger. ¿Se habría perdido otro niño, o Macaulkyn tenía varios nombres? Nunca lo supimos.

 

BONNIE & CLYDE

 

El sábado por la tarde robamos un niño en el centro comercial del aeropuerto.  No era nuestra intención cuando llegamos allí  pero a veces las cosas no salen como uno quiere.

Weekend y tan pelados como siempre, sin dinero para nada, ni para fumar ni para beber. La calle nos axfisiaba, no sabíamos hacia dónde ir ni qué hacer. Cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo, murmuraba Nati la frutera cada vez que nos veía pasar. Por eso cogimos prestada la moto de tu hermana y enfilamos la autovía en dirección al aeropuerto; durante el trayecto te escuché decir a través de la sordina de los cascos varias veces la palabra nafta.

La idea de aquel sábado era colarnos en un avión que me llevara a Cuba o a la Florida, a Venezuela no, a Venezuela jamás. Tú habías prometido llevarme.

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El verano pasado entramos una noche de viernes en una sala de merengue porque yo estaba obsesionado con tirarme a una latina, y tú me aseguraste que aquel era el sitio apropiado, que si allí no lo conseguía mejor sería que me olvidara y siguiera pajeándome con el vídeo de Maluca. La música de Calle 13 perreaba a todo volumen por los altavoces y hacía un calor del copón, el garito olía a lejía, a macho, a perfume de supermercado.

Mientras te dejabas invitar a cervezas y a mojitos -imagínate, una rubia natural con el pelo liso que fuma echando el humo por la nariz era todo un caramelo para aquella tropa de reguetoneros- yo le entraba a todas las morenas que me cruzaba, pero esos dominicanos pelones, con sus gorras de béisbol y sus pantalones caídos, están como para que los encierren, son perros rabiosos que me enseñaron los dientes un montón de veces, están todos locos, que si la banda, que si las jerarquías imposibles, que si la corona en la mano, que si tatuajes misteriosos, están  todos muy pasados.

Al final, ya de madrugada, tú estabas muy borracha, pero tenías una manada de aquellos perros a tu alrededor y estabas enseñándoles a liar con una sola mano; ese truco es mío, te lo enseñé yo, te enseñé a astillar un poquito de chocolate con una mano mientras todos miran la otra. Por mi parte yo había conseguido que una venezolana se viniera conmigo a los baños, era fea y repolluda, pero tenía muchísimas curvas.  Me la estaba pinchando apoyada en la puerta del retrete pero algo no iba bien, ella no paraba de decir papito papito, y eso me ponía de los nervios. Maluca y su Tigueraso fueron como una señal para mí, empezaron a sonar con demasiados decibelios y la peña se volvió más loca de lo que estaba. Durante un segundo miré a la venezolana a la luz del fluorescente y fue una visión patética: era más fea y más rechoncha que antes, sudaba, reía con una boca asquerosa, tenía el sujetador arremangado entre el cuello y el hombro, una teta por fuera del vestido fucsia y las bragas a medio bajar. La dejé allí. Yo ya la tenía fuera y me estaba quitando el condón pero ella seguía repitiendo papito papito; me fui antes de correrme, no soportaba esa falsa cantinela. Debe ser la única venezolana esperpéntica de todo el mundo que nunca podrá presentarse a un concurso de mises.

Desde aquel día ya no sueño con la boquita de Génesis Rodríguez ni con el culazo de Sofía Vergara.

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El día antes de robarnos el niño te habías quedado hasta las tantas viendo la tele: noticiarios, anuncios, concursos, teleseries americanas, y hasta una peli argentina que yo te recomendé pero que a ti no te gustó. Nueve Reinas. En esa peli aprendiste una nueva palabra, y cuando tú aprendes una palabra la utilizas continuamente hasta que la gastas, o hasta que encuentras otra que te fascine más. Sé que lo haces porque tienes envidia de mí, tienes envidia de que yo he leído más cosas que tú, yo sé más palabras nuevas que tú. Pero nunca te lo he restregado por la cara, tu sí.

De camino al aeropuerto llegué a escuchar esa palabra diez o doce veces: “No sé si tendremos bastante nafta, el depósito anda justito de nafta, no tenemos dinero para nafta, habrá que parar y robar un poco de nafta.”

 

 

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EN MI BARRIO EL NIÑO DIOS SE ESTÁ DANDO UN PANZÓN DE LLORAR

– ¿Qué prefieres? ¿Teta, culo o coño? –preguntó ella sin perder la sonrisa ni el glamour, pero no de la manera en que ofrecería el complemento gratis de un Mac menú grande.

– Me es indiferente, no tengo manías. Tú misma. –contestó él, sin atreverse a catalogarla todavía. Las mujeres con las que trata a diario no acostumbran a ser tan directas.

– No. Has de elegir. Siempre tenemos que elegir. –insistió ella, bajo la dictadura de su sonrisa, recién estrenada por la mañana temprano.

– Entonces… culo. –terminó aceptando él, que no se decantó por las tetas para no parecer uno de esos tipos prehistóricos que sueñan con ubres maternales gigantescas, ni por el coño para que no adivinara que era más salido de lo que pudiera parecer.

 

Este pequeño dialogo bien pudiera pertenecer a una de las malas historias que me invento cualquiera de las largas noches de no dormir. Pero es real. Es verídico. Aún revolotea en el aire.

 

RESEÑA LITERARIA

No tengo aptitudes ni ventajas para aconsejar sobre libros, temas o autores. Es por ello que nunca lo hago a menos que me lo pidan. Tengo una suposición  bien arraigada: en el preciso instante en que aprendemos a leer se nos destapa el sentido del gusto por algún tipo de lectura o de autor. Después el albedrío puede cambiar, vamos aprendiendo sobre la marcha. Yo mismo descubrí a Bukowski hace un par de años (gracias María) y a Monterroso hace poquísimo (gracias Jan).

Hoy voy a hacer una excepción. Hoy hablaré de un libro y de su autora.

A finales del verano pasado una mujer de sangre caliente me confesó: Una de las pocas cosas que me baja la líbido es una mala ortografía. Y casualmente después me tropecé con el blog de Sabina, y como ella misma dice: padezco el mal de la extrema corrección ortográfica.

El sábado 22 fui a la firma de su libro

Casi nunca acudo a eventos culturales en Barcelona, por qué porque porqué tienen más de lo primero que de lo segundo. Huyo de la Feria del Libro típica y tópica, ese día es un gran ejercicio de mercadotecnia con todas las letras. Mi sueño recurrente es poder resucitar a Shakespeare y a Cervantes la tercera semana de abril, comprar dos motosierras y una videocámara de superocho para grabar un remake de la matanza de Texas en medio de la firma de libros por parte de cualquiera de esos autores modernos y  mediáticos; los otros, los escritores buenos que acuden a esa representación, sé que están puteados por sus editoriales, pero en el fondo no tienen ni la mitad de testículos que cualquiera de los protagonistas de sus libros, si los tuvieran serían capaces de negarse en redondo, de no prestarse a formar parte de ese paripé. También sé que tras esta afirmación muchos me pueden rebatir con argumentos de tipo empresarial y/o macroeconómico. No me interesan. En algún lado ya dejé escrito mi punto de vista sobre la creatividad y su patente. Las palabras, las ideas y las personas no tienen propietarios. Si leo algo de alguien y me gusta, o me interesa o quiero ampliar conocimientos sobre su obra lo busco en internet, siempre hay pdfs o epubs gratis por algún sitio, en caso contrario lo dejo pasar. Hay más gente escribiendo en el mundo que mosquitos en la albufera del Turia. Hago lo mismo con la música y con el cine.

Mi cambio de actitud con respecto a presentarme a media mañana en una librería del Raval para asistir a la promoción de un libro tiene unas cuantas variables a considerar. Algunas son: coincidencia del acto con mi tiempo libre (un milagro), cercanía del sitio (diez minutos en scooter desde mi casa) y que el ingenio de su autora es fresco y diferente a lo que se ve hoy en día. La tercera variable es la más significativa.

El libro-fanzine-panfleto en sí no deja de ser un recopilatorio de lo que aparece en su blog. Son ilustraciones a uno o a dos colores, el mensaje es lo más importante de cada dibujo. Es de agradecer que esté impreso en una calidad muy aceptable y que sea asequible: 5 euros , no creo que se haga rica. Aquí os darán instrucciones si lo queréis comprar, aunque ya he dicho que son cosas previamente colgadas en su espacio web. En el precio está incluida una dedicatoria ortosexual personalizada, y dos pegatinas para ser utilizadas en una cruzada que tenemos perdida. Digo “tenemos” porque me considero maldecido por ese mismo mal, los que me conocen han sufrido en sus carnes los efectos secundarios de mi dolencia.

 

CRONOLOGÍA

Este cartel de dos por dos plantado en mitad de la calle Serrano, en el Passeig de Gracia, en la calle Larios o en cualquier otra ciudad de cierta importancia, estaría rodeado de curiosos y moscones.

photocall

En el Raval no.

caso omiso

 

Lo mejor del acto fue el catering. Litros y litros del mejor champan francés, carretillas de caviar iraní y toneladas de foie en pan de centeno.

 

catering

Una muestra de lo que encontrareis en el libro, confieso que ésa penúltima página me ha servido de ayuda.

penúltima página

Mientras hacía cola para saludarla he tenido que apartar de mi mente el pensamiento de imaginarla utilizando el pichatón II. Y a la misma vez recordar que debo llorar más a menudo, aunque mis futuras erecciones quizás se vean resentidas.

Pero lo mejor de todo ha sido esto:

dedicatoria

-diez segundos antes mantuvimos el dialogo que encabeza el post-

 

 

Nota 1: No doy más detalles sobre el libro, sobre el blog, sobre lo que os podéis encontrar allí. Haced el favor de pinchar en los links.

Nota 2: No es rubia y sí es guapa.

en mi barrio el niño dios se está dando un panzón de llorar

En mi barrio el niño dios se está dando un panzón de llorar.

LA MUJER QUE AMABA A UN PERRO

En un domicilio alquilado de cincuenta metros cuadrados no hay aguas internacionales donde eludir las batallas. En este apartamento de dos habitaciones, cocina-office y un baño, cualquier rincón es propicio para iniciar un zafarrancho de combate. Huele a queroseno y a petróleo, ya ni recordamos desde cuándo permanece flotando este olor en la casa. Solamente necesitamos algún tipo de chispa para que se inicie la combustión y todo salte por los aires.

A veces ella encuentra un viejo encendedor sin gas:

              Ella  T e veo raro, estás diferente. Como si te faltara algo en la cara.

              Él     ¿bronceado? ¿afeitado? ¿perfumado?

              Ella   No. Te falta la sonrisa.

Otras veces pulsa el interruptor del fluorescente para que el cebador percuta una pequeña descarga:

              Ella  Eres parte de una película. De mi película.

              Él      ¿King Kong? ¿Sin City? ¿Alguna mierda del Almodóvar?

          Ella  No. Titanic. Eres el iceberg. Gélido, silente, nocturno, traicionero, cabrón, ingrato, insensible.

Pero más tarde o más temprano encontrará un lanzallamas escondido bajo toneladas de papel, de monstruos y de recuerdos. Por la única ventana empezará a salir humo y alguien avisará a los bomberos:

               Ella  Eres como un animal. Mi animal.

               Él     ¿un jaguar, un leopardo, un tigre de bengala?

               Ella  No. Un perro.

               Él        ¿…?

              Ella    Un puto perro callejero. Un perro que ladra a todas las perras, un perro que sólo me muerde a mí, a la mano que lo acaricia. Un perro que me tiene harta. Harta de que se pase los días sentado frente a la playa, sin hacer nada más que fumar y mirar las olas, ¡como si hubiese algo al otro lado, JÁ!

Harta de que se pase las noches sentado frente a la pantalla y el teclado, leyendo no se qué mierdas y escribiendo otras mierdas más grandes todavía.

Harta de su única justificación: que estás en un proceso constante y eterno de la búsqueda de la felicidad. ME TIENES HASTA EL MOÑO DE TU INFELICIDAD Y DE TUS GILIPOLLECES.

Eres un perro que callejea continuamente por las ciudades y luego vuelve lloriqueando hasta aquí, hasta mí. Vuelve herido, roto, contaminado. Un perro que olisquea el culo de otras perras buscando alguna que esté en celo, y mientras tanto yo me quedo más sola que la una, esperándote. Un perro que se queda prendado de lo que sea, de una risa, de una mirada, de un acento, de una palabra. ¡Te ha pasado y te pasará siempre! Me tienes hasta los mismísimos ovarios de tus huidas y de tus regresos.

Dices que eres pequeño, insignificante, que tus cosas no deberían afectarme tanto, que soy una dramática. ¡PERO QUÉ HUEVÓN ERES! Para mi eres grande, muy grande, el más grande hijodeputa que haya conocido. En tan solo unas horas eres capaz de licuar mi universo balbuceando palabras bajito y al oído, después cuentas uno a uno todos los poros de mi piel, te haces cíclope y unicornio entre mis piernas,  y por último cortas las cuerdas a mi paracaídas. O como tú escribirías con esa manía tuya de asemejar la prosa al lenguaje oral: «En un mismo día me comes la oreja con tus historias, me follas como te da la gana y después me tiras rodando por entre la mierda a un barranco sin fondo«. PARA HACER TODO ESO HAY QUE SER MUY GRANDE Y MUY HIJODEPUTA.

Me tienes cansada de que cuando todo va mejor entre nosotros se te encienden los ojos, se te pone dura y te vas a la otra punta del mundo sin decir nada. ¿No puedes hacer como otros?, ¿no puedes mirar porno? ¿no puedes hacerte una paja y después seguir mintiéndome? No, tú no. Lo tuyo es empezar una cacería tras otra. CABRÓN. Luego vuelves perdido y derrotado.  ¡ Y TU POLLA SABE AL COÑO DE OTRA ¡ Y yo me tengo que comer esos sabores y lamer tus heridas. En un minuto cambias las mariposas de mi estómago por una bombona de butano, que me rompe las tripas, que me deflagra entre las costillas, que explosiona al ladito de mi corazón.

¿No te das cuenta de que todo eso va contra natura?

¡ un perro como tú tiene que estar con una perra como yo !

Por mucho que derritas el nombre de otra en la nieve con tu aliento, NO PUEDE SER; por mucho que te pierdas por las mesetas y te hagas sumiso escudero de otra, NO PUEDE SER; por mucho que te enganches de una loca que le tiene miedo a la lluvia, NO PUEDE SER.

¡¡ PORQUE TODAS ELLAS SON GATAS Y TU ERES PERRO !!

Un perro que se cuelga de la letra I latina, I de incierta, I de ImPaR, I de imposible. Un JODIDO perro sin pedigree, que no tiene ni quiere tener dueña, que no quiere a nadie porque no se quiere ni a sí mismo. Al final te vas a quedar solo, sin amigos ni enemigos, sin techo, sin estufa para el invierno, sin regazos ni platos. Solo, te vas a quedar solo.

                Él    Tanto desdén no puede ser bueno. Tanto odio no puede ser bueno. Tanta mala leche no puede ser buena. Ni para ti ni para mí.

 

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Los bomberos llegaron justo a tiempo para ver todo el apartamento calcinado; en el rellano una mujer todavía sujeta el mango de un lanzallamas que eructa fogonazos. Algún vecino dijo haber visto salir corriendo escaleras abajo a un perro chamuscado.

             –¿un perro? ¿de qué raza?

                  No, de ninguna. Un perro de esos que nadie quiere, de esos que andan por las calles buscándose la vida entre las basuras. Un perro de esos que los golfos apedrean cuando se aburren. Un perro no más.

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BARBACOA

 

Todos los jueves la misma conversación, la misma charla cansina:

Tienes que implicarte más en nuestra relación. –recriminaba ella.

No te entiendo. –despistaba él.

Sí, hombre, sí. Que tienes que poner toda la carne en el asador, para que esto nuestro funcione. –insistía ella.

¿…um? –seguía él sin querer entender-

¡¡ que debemos hacer que salte la chispa entre nosotros, joder !!

OK. –terminó él.

El viernes por la noche comenzaron a hacer el amor rutinario de todas las semanas, él se esforzó tanto que la temperatura subió hasta romper el termostato, que llovieron relámpagos, chispazos y estrellas fugaces desde las cornisas, y el sábado por la mañana amanecieron rustiditos sobre un colchón incendiado.

Él se había pasado toda la santa tarde del viernes conectando el somier de su cama a la red eléctrica, tejiendo con hilo de pólvora una sabana preciosa, untando con petróleo seco las costuras del edredón, pintando las paredes del dormitorio con esmalte fulminante, escondiendo detonadores entre las almohadas y regando con azufre inodoro todos los zócalos.

Ella quiso una barbacoa y él se la concedió.

flâneur

Cristina, por favor, hazle caso.

Ese tipo se ha jugado la vida en los márgenes de una vía rápida, mezcla las mayúsculas con las minúsculas, y hasta se come los espacios entre palabras.

 

 

( Siempre creí que yo era un poco raro porque me gusta fotografiar detalles de las ciudades, hasta que vi que otros –Adwoa, Neverland– recogen con la cámara algo más que la arquitectura o el urbanismo )

 

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FLOJERA

Te juro que nunca apareciste en mi lista de cosas que me la traen floja. Aunque fijo que yo soy el primero en tu lista de cosas prescindibles.

Las tres o cuatro primeras horas fueron de las mejores, dejamos el sentido de la vista tras la puerta de la habitación alquilada y les hicimos un nudo a las cuerdas vocales. Así, ciegos y mudos, nos dedicamos a conocernos. Palpar, tocar, acariciar, besar, chupar, morder. Un lujo.

Después el ERROR.

Aquella noche mi inseguridad, escondida y pisoteada desde hacía tantos años, encontró una autopista de seis carriles sin peaje para volver a putearme. Un gatillazo, traicionero y cabrón, se empeñó en ser el protagonista, quiso convertirse en el principio de mi fin; buscabas los tornillos de mi desajuste, te repartías parte de la culpa, mantenías apartadas las sombras de mi vergüenza, pero yo no te escuchaba, yo estaba demasiado ocupado intentando canalizar la sangre por las tuberías correspondientes.

Por suerte se ha quedado en un trauma premonitorio y recurrente de mis insomnios.

Lo peor, para , fue que acabaras la noche adiestrándome para regalarte aquellos dos orgasmos manuales. Triste, muy triste.

 

( me ha costado un huevo muchísimo escribir esto )

COMENTARIOS DESACTIVADOS

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TOYO ITO

“Dices que no me entiendes cuando te hablo, que siempre llevo la conversación hacia temas que no te interesan. Dices que somos incompatibles, que no tenemos los mismos gustos, los mismos sentimientos; y NO es cierto, porque aunque únicamente sea cuando hago/hacemos uso de nuestras lenguas es cuando realmente nos comunicamos. Es en esos momentos cuando recito todas las palabras que quieres escuchar; directamente a tus labios, a todos tus labios.”

 

Esto lo escribí pocos días después de dejarme, dejarte, dejarlo, hace ya tanto tiempo. Hoy nos hemos cruzado en el parking del IKEA, bajo la sombra rojiza y sinuosa de la torre de Toyo Ito, pero no me he sorprendido. Sé que lo más lógico del mundo es cruzarse con personas a las que no quieres volver a ver. Me has dicho que no vienes a comprar, solo a observar las tendencias de este otoño. No sé qué ideas puedes copiar de un sitio que te vende un armario ropero desmontado y empaquetado, que tienes que resolver un sudoku cada vez que lees las instrucciones, que para hacer una reclamación de alto nivel tienes que aprender un idioma nórdico.

 Pre-Momento absurdo:

: divina como siempre; yo: mucho menos. : jovial como siempre; yo: ausente como en aquellos tiempos.

Tu vida en un minuto: casada con un marido de corbata y ex fumador por ley, niños en clases de música, el gimnasio a días alternos, coleccionista de foulards y de biquinis, osito de Tous en el cuello y pulsera de Pandora en la muñeca.

Mi vida durante ese minuto: vigilando mi vieja scooter que está aparcada en doble fila taponando tu Mini de dos colores, esperando que acabe esta conversación para poder volver a estar ausente de ti, otra vez.

Post-Momento crítico:

En tu despedida el cordial olvido de siempre:

Nos vemos, (dónde?, cuándo?)

-Nos llamamos, (pero si ya borramos nuestros teléfonos)

sí, sí, (no, no)

– ¡ cuídate ¡  (de qué?, de quién?).

Luego dos besos, uno por mejilla, -mas que besos han sido picotazos para evitar que se te pierda ese carmín azul-, pero en el último giro de cabeza, a un centímetro de mi oído, inundándome las pituitarias de aromas pretéritos, me has susurrado: todavía recuerdo tus palabras, todas tus palabras, mi marido no me habla igual…

Esta noche sigo pensando a qué palabras te refieres: ¿a las que nunca entendiste, o las que te dije sin sonidos, exclusivamente con la lengua?

Mañana me castigaré escuchando varias veces a Quique González cantando aquel verso: peor que el olvido fue volverte a ver.

diccionario peculiar

Soliloquio que me ha soltado esta mañana un camarero después de robarme casi tres euros por un tibio café con leche y una magdalena industrial:

“…en este país tenemos lo que nos merecemos: una cuadrilla de maricones. Primero viene una puta bollera y te quita las gasolineras, ahora llega un panchito analfabeto y nos deja sin bombillas, ya solo falta que los chinos pronto nos copien el jamón…”

TRADUCCIÓN:

…cuadrilla = en este caso se refiere al gobierno de la nación afincado en Madrid, en otros casos pueden ser los gobiernos regionales o locales.

…maricones = cobardes, que se arrugan ante la carrera nerviosa de cualquier insecto. -no confundir con el peyorativo para los homosexuales-

Los gobernantes cuando no nos defienden son maricones, cuando nos atosigan con nuevos impuestos son cabrones, o cuando nos limitan alguna libertad son  hijos de puta, leve diferencia según la acción.

…puta = cuando una mujer es superior a un hombre rápidamente se convierte en puta. -no confundir con el eufemismo de las trabajadoras del sexo-

…bollera = calificativo que cuando vine precedido por la palabra puta realza la infinita superioridad de la mujer frente al hombre que la está nombrando. -no confundir con el humillante adjetivo repostero aplicado a las hijas de Lesbos-

A veces cuando una mujer es superior a otra mujer también es puta, zorra, calientapollas y un montón de epítetos diversos, pero esto ya tiene algo que ver con el gen de la envidia, no es propiedad exclusiva de ninguno de los dos sexos.

…te quita las gasolineras = Expropiación de la filial argentina (YPF) de la multinacional petrolera española (REPSOL) por parte del gobierno argentino. Aquí la Kirchner ha estado lista, en el norte de la pampa no tienen qué comer, la corrupción de la policía en las carreteras del sur es increíble, en los márgenes del Rio de la Plata las mafias hacen lo que les da la gana, y para tapar todo el descontento social qué mejor que una dosis de patrioterismo, jodiendo un poquito a los antiguos colonizadores y aumentando el patrimonio de la nación para, ya veréis, después vendérselo a un conglomerado de empresas angloamericanas.

…panchito analfabeto = Evo Morales, presidente indígena y populista de Bolivia, dicen que no sabe leer y siempre va acompañado de ministros con bachillerato. Este hombre también tiene lo suyo, la media luna tarijeña (región de cinco provincias que le están haciendo la vida imposible a base de reclamar más recursos y más autonomía) lo tiene entre la espada y la pared. Todavía no sé porque a los latinoamericanos se les agravia llamándoles panchitos, diminutivo de pancho, hipocorístico de Francisco.

…nos deja sin bombillas = simulacro boliviano de estatalización, apropiación próximamente –dicen- compensada de una empresa eléctrica participada por el gobierno español.

…los chinos pronto nos copien el jamón = esto es lo que más miedo nos da, pero para la tranquilidad de todos les diré que los cerdos ibéricos no soportan los húmedos climas asiáticos. Otra cosa será que los chinos se hagan con todas las granjas porcinas y compren todos los secaderos de la península.

 

Hoy me percaté que casi hay que saber idiomas para tomar un desayuno en mi barrio.

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EL SILLÍN DE MI MOTO ECHA DE MENOS TU CULO

Va pasando el tiempo y alguna neurona desocupada se encarga de conjugar los impulsos nerviosos hasta que salta un chispazo dentro del cerebro.  Los olvidos están despedazados a lo largo y ancho de la memoria, pero esa neurona –cabrona y con mala intención- los recupera, los enlaza, los reconstruye y hace que encajen en alguna fecha, en algún momento inesperado.

Hoy coincide todo eso y una nostalgia suboceánica asoma para recordarme que hace un año, más o menos, nos descubrimos.  Mi tristeza y yo andábamos por una parte, tus dificultades y andabais por otra, hasta que nos tropezamos.

Establecimos un tiempo de recorrer las tardes en moto, de conocer nuestras mentiras, de buscar domingos para follar, de encontrarle esquinas a esta ciudad redonda, de fumarnos las prohibiciones.  Mi heptapolaridad –una para cada día de la semana- aprovechó una noche sin lluvia para joderlo todo.  Por suerte no nos quedaron ni fotografías, ni versos, ni cicatrices. Es peor, quedó la impronta.

Las cosas no han cambiado mucho, debes seguir prendiendo fuego con la risa y yo sigo comprobando los mapas del mundo.  En ciertas latitudes hay días en los que llueven libros con rosas, y otros días llueven putadas del pasado (a nosotros nos tocan siempre éstos últimos).  Pero la lluvia nos sigue jodiendo igual, a ti por dentro y a por fuera.

Yo sigo domesticando caminos, y sigues dentro de mi cabeza.  Entonces cierro los ojos, te pienso, y mi mano derecha ya sabe lo que tiene que hacer…

 

( creo que soy feliz mientras te olvido; no lo sé, es un sentimiento nuevo para )

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LOS AUSENTES

Diario de a bordo (últimos días)

En el grupo ya no éramos tantos, se había ido reduciendo calladamente desde hacía dos o tres años. Al principio era difícil saber quién faltaba porque no nos conocíamos lo suficiente como para echarnos de menos, a veces dejaban de venir algunos de los recién llegados, de los nuevos, y todos reíamos pensando que habían desertado, que no habían sido capaces de integrarse, que la misión les quedaba grande. Los machos-machos siempre menospreciamos a los ausentes.

Los informes desde el exterior así nos lo hacían creer, las noticias gubernamentales no dejaban lugar para las dudas: todo va bien, las guerras externas no nos afectan, el asteroide portador de la mala suerte no podrá atravesar nuestras barreras. La Retro-resistencia (legal e instaurada desde siempre) contraatacaba dibujando mundos paralelos llenos de desgracias, llenos de fantasmas  grisáceos.

Después hubo unas pautas que hicieron oscilar nuestra fe. Pasado el verano, tras los campeonatos mundiales de imbecilidad, el grupo disminuyó drásticamente, nos dimos cuenta porque faltaban algunos de los más antiguos, de los más expertos, de los que eran indispensables en su sector. Luego las bajas se producían en el último día de cada mes, justo después de recibir los salarios. Ya no nos creíamos las bromas de los caporales: seguro que se acertó los números de la lotería; dijo que había heredado unas tierras en el norte y quiere dedicarse a plantar orquídeas; soñó que le quedaba poco tiempo de vida y quiere recorrer el mundo; ha pedido la excedencia para estudiar el canto de las sirenas. Falso, todo falso.

Ahora es peor, tenemos el miedo metido muy dentro, tan dentro que a veces se manifiesta en el interior de los calzoncillos. Los lunes de cada semana nos enumeramos y buscamos las caras de los que faltan, cada lunes desaparece alguien. En el exterior todo sigue casi igual, los noticieros siguen mintiendo, la Retro-resistencia logró el poder con su estrategia del desasosiego y están cambiando las cosas a su manera, lo que antes estaba bien ahora está mal, lo que antes estaba mal ahora está peor. Nos quieren volver locos, nos quieren alienar. Lo están consiguiendo.

Ayer comíamos en silencio los pocos que todavía quedamos, cruzábamos miradas de recelo entre nuestros platos y nuestros ojos. Uno de los últimos especialistas trasladados -porque ante la falta de recursos habían reorganizado el grupo- rompió el mutismo:

Los he visto, sé donde están los que faltan.

– ¿a todos? ¿has visto a todos? ¿estás seguro?

-Sí, todos.

-¡¡ Demuéstralo ¡!

Esa misma noche el grupo se dispersó por la ciudad, algunos hicieron vigilia en sus coches, otros en las pocas casas de putas que permitían las nuevas autoridades, yo me quedé escondido en un portal fumando (pronto prohibirán fumar en portales que no estén pintados de azul), soñando (pronto prohibirán soñar si no es con documentos y vacunas) y mirando las estrellas (pronto no quedarán estrellas). Muy temprano, a la hora y el sitio convenidos, nos volvimos a reunir justo después del alba, cuando el tráfico de coches y autobuses anula la tregua de la noche. Y era cierto, allí estaban todos y cada uno de los ausentes, más viejos, más tristes, más muertos, pero allí estaban todos. Permanecían mudos en una fila interminable, no había olor a café recién hecho en su aliento, no había luz de alboroto en sus ojos. Caminaban con los pies pegados al suelo cada vez que la fila avanzaba. ¿pero dónde terminaba –o empezaba- esa fila?

Con la valentía de la insensatez nos atrevimos a anticiparnos hasta llegar al destino de aquellos hombres y mujeres, allí descubrimos el horror que les mantenía inmóviles, unos detrás de otros: todos esperaban turno frente a las puertas de las oficinas de la INEM. (1)

 

NOTA: A pesar de muchos sé que todavía hay remedio, que aún nos queda la esperanza de que todo mejore. Lo sé porque aquella noche, mientras fumaba, mientras soñaba, mientras miraba las estrellas, la vi pasar (la esperanza), cruzó lentamente entre las azoteas, volaba sobre una alfombra y tomaba apuntes de lo que tenía que resolver en cuanto tomemos conciencia de lo que nos está cayendo.

 

(1) INEM, Instituto Nacional de Empleo. Oficinas estatales donde debes acudir cuando estás sin trabajo, allí te marean con papeles, con certificados, con fotocopias. Acaban diciéndote que te vayas a tu casa, que no des mucho la lata, que hagas un curso de formación inservible como por ejemplo sanador de almorranas, que ya te llamarán, que aprendas alemán y te vayas a limpiarle el culo a los teutones, etc, etc.

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HUELGA

Huelga de qué, para qué, por quién.

Huelga inútil de subordinación a la entrada de la Seat en el turno de noche, huelga inservible de proselitismo frente al Corte Inglés por la mañana. Huelga para que todo quede igual, huelga para que las cosas cambien sólo a favor de los de siempre. Huelga por que los subvencionados no pierdan su derecho a dinero gratis, huelga por los que no tienen nada que perder nunca puedan perder nada.

Quiero una huelga efectiva, con una violencia justita –la colleja (suave) al conseller d’economía o al concejal de urbanismo estaría bien vista y no sería delito-, una huelga sin discursos de sindicatos obsoletos, una huelga sin supuestos y sin estadísticas mentirosas.

Quiero que la mano derecha haga huelga y todo nos salga torcido, esperando que así se enderece la cosa (ojito los zurdos no abusen de su destreza en un día como hoy). Quiero que las pornoactrices hagan huelga, y que los salidos utilicen su imaginación para tocarse, ya está bien de que todo se lo den hecho. Quiero una huelga de las redes sociales y que la gente vuelva a comunicarse como siempre: tomando unas cañas y despellejando unos cacahuetes, hablando por hablar y dejando pasar el tiempo.

Quiero una huelga de sirenas de ambulancia y de mangueras de bombero, que nadie las necesite y sean objetos del museo de antropología. Quiero una huelga de las putas que hay tras el estadio del Barça, que cierren las piernas y que los hinchas no utilicen el subterfugio del fútbol para un disfrute de emergencia. Quiero una huelga donde la gente pueda mearse en los probadores del Zara y que su dueño sea el directivo mejor pagado en olor a pis. Quiero una huelga donde los seguratas del metro tengan como mínimo el graduado escolar. Quiero una huelga donde no haya que pagar ninguna comisión a los bancos, para que cierren y se reconviertan en fumaderos legales.

Quiero una huelga de cuatro años para que nos olvidemos de esta puta crisis (es el tiempo que tarda cualquier mierda de alcalde en tener su futuro solucionado). Quiero una huelga de bisturíes, de silicona, de injertos, para que las tetas sean de caída natural, para que los calvos tengan cara de felicidad. Quiero una huelga de ventanillas abiertas y poder viajar en autobús sin preocuparme de los guarros que no utilizan desodorante. Quiero una huelga donde los cantautores con varios discos de oro no sean los principales portadores de pancartas. Quiero una huelga donde Bruselas se meta sus directrices por donde amarga el pepino. Quiero una huelga donde la gente se busque la vida como siempre lo ha hecho: trabajando, soñando, divirtiéndose.

Quiero una huelga de no recoger mi bandeja en el McDonald’s, un asco de comida de plástico a precio de percebes. Quiero una huelga de no tener que pagar por el arte, como mucho invitar a una paella al artista que se lo merezca.

Quiero una huelga de las olas del mar para que no borren de la arena el nombre escrito en el verano de mi adolescencia.

Y tú ¿qué huelga quieres?

LA CACERÍA

El gato recorre sigilosamente las cornisas de los suburbios pasando desapercibido  entre letras ajenas, camuflándose perfectamente entre sombras y resquicios; su tarea es seguir buscándola cada noche. Olfatea el humo de los cigarrillos esperando encontrar su aliento en una calada compartida, escucha ronroneos dispersos para encontrar una voz que no pretenda amaestrarlo, provoca gemidos y no los reivindica, observa desde los áticos a las gatas que bufan pidiendo una tregua, pero el gato está ocupado en otra guerra. Solo maúlla su rabia cuando le molestan.

Sabe que si persiste algún día ella aparecerá, pero el mundo se le está haciendo tan pequeño; ha visto muchos –demasiados- sitios, ha estado en muchas –demasiadas- ciudades, ha bregado en muchos zafarranchos. Cuando la encuentre ejecutará su estrategia milenaria: con suma cautela estudiará sus balanceos de mujer, se aprenderá de memoria los colores misteriosos de sus sonidos, calcará en la retina transparente de sus ojos la silueta mágica de ella, y se hará inseparable de sus sueños en cada madrugada, llenándola de miaus.

Y cuando por fin la encuentre vendrá el paso más arriesgado. Deberá aprovechar una noche calurosa de insomnio para colarse por su ventana y esperar una pequeña distracción. Se dejará ver entre las cortinas con sus uñas envainadas, con sus pupilas rojas iluminadas, con lo bigotes relamidos, y dará tiempo a que sea ella quien lo llame: minino, minino. Entonces caminará orgulloso entre sus piernas, acariciando imperceptiblemente sus medias de colores, se detendrá bajo sus faldas arqueando el lomo, erizando el suave pelaje negro, estirando la cola hacia arriba, hacia lo más alto, hasta llegar a rozar con toda la delicadeza erótica posible su clítoris.

Debe ser por todo ello que el gato fue la mascota preferida de Cleopatra, y a otros animales en cambio los sacrifican cada domingo en la arena, o los envían a dirigir el tráfico de los corderos.

EMPUJE

A fuerza de empujar cada noche el cabezal de la cama contra la pared hicieron un desconchón, y como nadie protestó siguieron empujando hasta llegar a casa del vecino, un cochabambino indefenso y sin papeles.

Con ese empuje sin fronteras y sin árbitros han acabado follando con el colchón en medio del rellano comunitario. Desde allí rodaron escaleras abajo hasta el portal, salieron regalándose un sesenta y nueve a la Avenida República Argentina y continuaron amándose calle abajo. En el puente de Vallcarca culminaron un polvo e inauguraron otro, pasaron frente a la parada de metro de Lesseps y desde allí giraron en un vórtice de pasión hasta la Ronda General Mitre, donde acabaron en medio de una manifestación de anti hipotecarios, que aplaudían, sacaban fotos con el móvil y retrasmitían vía Twiter. Y ellos seguían desnudos, con los ojos cerrados, probando todas las posturas que se les ocurrían y que más placer podían darles.

Ella era muy poquita cosa y él ya estaba en declive, pero jodiendo rompían moldes; fíjate que sin querer han llegado a cambiar la órbita de algunos planetas. Ella era todo huesos, poca chicha, y una mata de pelo negro increíble; él era un disco de vinilo de Fabrizio de André, imposible de piratear, con la ausencia y el déjà vu tiznados en cada arruga. Ella tiene la sonrisa más bonita que jamás se haya visto, y él, que es triste por naturaleza, entiende de eso. Ella es clitoriana y él inseguro, la conjunción perfecta para no darse por aludidos, para repetir todas las veces que haga falta, para no rendirse aunque el Ibex 35 haga cagarse de miedo a los especuladores.

Ellos, ajenos a las catástrofes financieras y meteorológicas, siguen dale que te pego, como si hubieran redescubierto un sistema mutualista de encontrar la muerte, a base de proporcionarse orgasmos y risas.

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