LO.LEE.TA

A ella le doblo la edad, aunque este dato no sea indispensable, lo mejor es dejar claro que mueve el culo como un demonio y el pelo como los ángeles. En cambio yo busco asiento en el metro  y me afeito la cabeza para disimular la alopecia. Ella sonríe a la vida con sus dientes blanquísimos y sus labios rojos, y yo voy dos veces al año a Vitaldent para que me maquillen las manchas del tabaco y algún empaste traidor.

El sábado por la noche  me lo paso con su mamá, la cual me considera un gentelman  en vías de extinción porque le abro la puerta del taxi y le acomodo la silla del restaurant.  En cambio mi ángel/demonio ocupa esa noche en hacer babear de lujuria a todos los mindundis del Joy Eslava; jamás el merengue, la bachata y la salsa se han bailado con tanta lascivia, ella convierte la danza en un arma destructora. Pero los domingos por la mañana, mientras su mamá  me cocina una riquísima sopa de carabineros, nosotros recorremos Argüelles. Yo invito a vermú de grifo y a mejillones tigre, mientras ella encandila a toda la barra del bar. La lástima que sienten los camareros por mí yo la traduzco en envidia. El vermú de Reus, siempre de Reus  -porque en Tarragona tienen dos cosas: petroquímicas y destilerías, y yo invariablemente he sentido filia por los espíritus con graduación-  sigue corriendo por mi cuenta mientras ella se hace  dueña y señora de todo Pintor Rosales. Ella y su minifalda. Siempre la cortísima minifalda, en invierno y en verano. Abjuro de los seis kilómetros de La Castellana frente a la longitud de sus piernas y el santuario que esconden en el vértice de su unión.

Hemos follado dos o tres veces, no lo recuerdo con precisión, aunque debería haberlo anotado; medallas olímpicas no se ganan todos los días. Dejamos de meternos en la cama porque mientras yo intentaba batir mis marcas ella tenía la cabeza y el coño en veinticuatro sitios diferentes Ahora me la chupa a veces. Hay un pacto no escrito: ella me deja lucirla por medio Madrid y me hace un oral rapidito a cambio de que yo corra con sus gastos. Puta no es su segundo nombre, quede claro.

Supongo que desde la primera línea era predecible esta historia. Incluso para mí debería ser previsible. Pero conocer una mentira no implica la necesidad de negarla.

Ahora, ya pasado algún tiempo, yo sigo cenando los sábados por la noche con su mamá. De primero una sopa estupenda, seguimos con algo ligero sin sal ni grasas, y tras los postres nos metemos en su habitación y tenemos un sexo correcto. Luego cojo el metro hasta Sol y me quedo fumando en Arenal con San Ginés, sé que ella aparecerá por allí tarde o temprano, un ejército de babosos también espera el reclamo de sus caderas.

Mañana otro condenado a muerte la invitará a vermú, de Reus, siempre de Reus, y a mejillones tigre.

HISTORIA DEL HOMBRE DOBLE

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Es difícil caminar por las calles donde todavía quedan algunos que le conocen, algunos que le saludan, algunos que le preguntan por su vida, por sus sueños, y a esos algunos ¿qué coño les importa? Por eso mismo se ha inventado un juego al que nadie más sabe jugar.

Alguien Conocido: Hola, ¿Cómo estás?

HombreDoble: rododendro.

Alguien Conocido: ¿Cómo?

HombreDoble: Error, debiste responder con alguna  palabra de sonoridad similar. Por ejemplo  edredón

Alguien Conocido: ¿pero…?

HombreDoble: Lo siento, perdiste turno. Otra vez será.

Es un juego tan sencillo que todavía no se explica cómo siempre les gana a todos. Si alguien se le acercara diciendo de sopetón molinillo de pimienta lo más lógico sería responder pantalla reflectora, o si le soltaran a bocajarro desastre ecológico evidentemente contestaría archipiélago desierto. Es tan fácil jugar como hacer trampas.


El HombreDoble lleva una niña muerta en el coche y siempre está de pie, siempre está de pie. No le dejan solo desde el día que tiró la radio contra la pared; pero es que ya está harto de tanta música, de tantísima música, tiene los oídos lastimados de tanta música, de tantísima música. La niña muerta del coche está en el asiento del copiloto, aunque a veces la arroja al asiento de atrás para no ver sus cabellos lacios. Y ya le duelen las rodillas de estar de pie, siempre de pie, no se ha sentado desde que las butacas le miran turbio.


Hubo una época en la que perdía las tardes sentado en la Taberna del Escocés, ya que para el HombreDoble éste era un sitio mágico: la decoración cambiaba según su estado de ánimo. Comanda la barra un tipo que nunca mira a los ojos pero que todo lo ve. Hay quienes aseguran que es el auténtico Escocés que da nombre a la taberna, pero los asiduos lo llamamos simplemente El Viejo. Dicen que huyó de Edimburgo cuando se supo que uno de sus bisabuelos había dado el cambiazo a  la piedra de Scone por una boñiga fosilizada de percherón, dejando sin validez real las últimas coronaciones británicas de los Windsor; pero los que realmente le conocemos damos fe de que él fue el auténtico y genuino cazador de peces espada mitificado en El viejo y el mar, confiándole la historia de su vida a Hemingway para que se ganara unos dólares escribiendo aquella novela; años más tarde Don Ernestito –como le gustaba anunciarse en los desmadres apocalípticos de ron añejo, cigarros habanos y mulatas venenosas- jugaba a la ruleta rusa delante de un espejo, se apostó tres disparos consecutivos a ver quién de sus dos yos se aguantaban la mirada durante más tiempo. No hace falta recurrir a las hemerotecas para certificar que venció el espejo. En aquel preciso momento El Viejo se vino a la otra punta del mundo a ver pasar la vida en esta taberna.

La Taberna podría ser el ambiente perfecto para cualquier seguidor de Bukowski, acompaña sobremanera una atmósfera cargada de humo y ceniceros a medio rebosar, vasos sucios de whisky, de cerveza negra, de llantos ruinosos, y enlazándolo todo emerge un odio vaporoso y perenne a las mujeres destroza-corazones, a las mujeres-enigma, a las mujeres de pies sucios. Cada hora en punto, entre los pocos clientes y las muchas sillas, navega surcando la melancolía un Titánic fantasmagórico, que exhibe moribundo la herida abierta a babor por un iceberg traicionero. En resumen: el hogar ideal para cualquier perdedor.

Entre la puerta de acceso a los baños y la mesa de billar francés persiste flotando un arcoíris en blanco y negro, junto a la máquina de discos permanece inmóvil una geisha de rostro níveamente lacado, pero cada cuatro minutos pierde su rigidez corporal para meter unas monedas en la musicbox y seleccionar Piano man. En ciertas ocasiones, coincidiendo con algún eclipse lunar o con algún cambio en la trayectoria del cometa Halley, se equivoca de tecla y suena Everybody’s talking. Durante todas las tardes de varios veranos la geisha, El Viejo y el HombreDoble escucharon incesantemente cientos de veces aquellos dos únicos temas. Quizás sea ésta la causa de su aversión a la música.


Comer a las horas convenidas –desayuno, almuerzo y cena- es una rutina en sí, pero acompañar el movimiento mecánico de masticar con una cantinela ajena e intracraneal es lo peor:

Voz interior: Deberías estudiar algo, idiomas por ejemplo. ¿Te has tomado la medicación? Podrías buscarte un trabajo sencillo y conseguir dinero para tus cosas. ¿Has visto a tu primo que ya es abogado y tiene novia?

HombreDoble:

        Vale.

               No.

               Muy bien.

                                  Que le jodan.

 

Seguramente a Ratso Rizzo no le daban tanto la monserga con todas estas gilipolleces, se buscaba la vida y no molestaba a casi nadie. Sin embargo Dustin Hoffman está detrás de la pantalla, su personaje -ese rengo tuberculoso- da pena penita pena a casi todo el mundo, y él, nuestro HombreDoble, está anclado en la vida real, él no importa una mierda a nadie…


Y vuelve a salir a la calle a caminar, buscando palabras sonoras que le hagan digerir más fácilmente la vida: pantalones nublados, acordeón bisiesto, sulfuro de cerezas, sandalias de tormenta.

A veces toma el autobús o el tranvía, como hoy, porque el HombreDoble nunca puede viajar en taxis, le es físicamente imposible permanecer de pie dentro de ellos. En su propio coche ha arrancado el asiento y ha hecho una claraboya en la capota, así puede permanecer de pie mientras conduce. En la estación de autobuses ni siquiera saludó a Lola cuando se encontraron casualmente, tal vez ella insistiría en que fueran a hacer el amor como en los viejos tiempos, y él no tiene ganas de hacer nada, está muy cansado, hastiado de todo, está harto de estar de pie toda la vida, está harto de su viejo coche, y de cambiar a la niña atrás y adelante, adelante y atrás, está harto de follar con mujeres que quieren que vuelva a ser el mismo que fue antes  -obviamente  ese antes  inmediato a tirar la radio contra la pared del pasillo-,  está harto de la melodía de las películas que tanto le gustaban en otros tiempos. Cualquier día de éstos se arrimará a la caja de ahorros y sacará todo el dinero que le queda para gastárselo en putas, porque ellas solamente pretenden de él los billetes con retratos de faraones consuetudinarios impuestos, las demás mujeres que ha conocido siempre lo quieren todo: amor, ideas, voz, futuro.  TODO.


Ese dolor de corazón que tiene desde hace más de dos meses no es del tabaco, ni de un amor contrariado, ni de respirar a marchas forzadas con la cabeza metida en una bolsa de plástico mientras se masturba, aunque los médicos se empeñan en contradecirlo. Es un dolor al que le ha tomado cariño, un dolor que le escolta desde el día más feliz de su vida, desde hace poco más de dos meses.


Cada mañana la niña de la casa de enfrente practicaba las escalas musicales de su flauta dulce.

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Una y otra vez, incansablemente y con manifiesta torpeza., la niña no es capaz de aprender a soplar con la misma intensidad las siete putas notas.

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El problema es controlar el aire, rumiaba el HombreDoble, y decidió darle una ayudita; cerró sus manos sobre aquella tierna garganta intentando gobernar la fuerza y cadencia del soplo. El flujo de aquellos pequeños pulmones fue amainando hasta desaparecer en un suspiro, y solamente entonces comprendió que era mucho más feliz con una niña muerta y silenciosa, con una niña que ya no castigará sus oídos con esas dichosas escalas desentonadas.


El segundo día más maravilloso de su vida fue aquel en que aprendió a escribir a máquina con un solo dedo, fue el mismo en que destripó el aparato de radio contra la pared empapelada del pasillo. En el colegio le enseñaron a escribir con todos los dedos de ambas manos y sin mirar el teclado, pero ahora escribe con el dedo índice de la mano derecha y con la izquierda hace de todo: fuma, bebe, juega al veo-veo con las arañas que pueblan las cornisas de sus techos, hace figuras chinescas con las sombras sobre el cabezal de la cama, o simplemente se toca el sexo.

Sin títuloescribió cien veces en cien hojas, con un solo dedo de una sola mano, mientras que con la otra acariciaba el pelo rubio y pesado de la niña muerta que lleva en el coche.

En aquel momento el HombreDoble  se sentó por primera vez desde la inauguración del mundo.

 

 

A un clavel que pretendía ser cactus

 

 

 

 

PRINCESAS

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caye y zulema

Las cafeterías por la mañana tienen música, es una música propia y genuina; cristal de vasos, loza de platos, la leche calentándose por la fuerza del vaporizador, el molinillo eléctrico con un motor fueraborda triturando las quebradizas y frágiles semillas tostadas del café, risas, saludos rutinarios de buenos días, periódicos que se hojean empezando por el final, monedas sobre el mostrador, noticieros monótonos en el televisor, etc.

Esa música es exactamente igual en todas las cafeterías del mundo. Comprobado, doy fe.

En una cafetería de Madrid hay dos mujeres conversando sosegadamente. Un negro está sentado dos mesas más allá y mira a una de ellas con deseo. Esas dos mujeres llevan la derrota tatuada en la mirada. Quizás, no estoy seguro, todavía no se han acostado. Quizás, tampoco lo sé, el desayuno que toman pudiera ser la cena.

La música, autentica y específica, las respeta; alrededor de las dos mujeres se levanta una cápsula invisible donde esa música se rebaja a simple rumor. Es una marginación acústica, una bulla que se hace afónica y propicia el comadreo. Zulema busca en los hombros de Cayetana unas alas, quiere descifrar sin son las biodegradables de  Ícaro o las incombustibles del ave Fénix. Y Cayetana… Caye envidia las tetas de Zulema; dinero, bisturí y silicona es la automedicación que Cayetana se ha recetado.

Ellas hablan de cosas del trabajo. Cayetana dice que por el culo en contadas ocasiones, y tragárselo mucho menos. Zulema asiente y aprueba, ella tampoco accede al sexo anal así como así. Luego se cuentan trucos para que el cliente acabe antes. Cayetana, europea y tecnológicamente un poco más avanzada, utiliza videos porno, escenas lésbicas o hardcore, para que el tipo que tiene encima se corra más rápido. Zulema, caribeña y exótica, es más natural y podría decirse que más primitiva, con acento goloso susurra guarradas al oído del menda de turno, “papito, llénamelo de leche”. Cayetana toma nota mental de esa artimaña para futuros servicios. El resultado es el mismo: finiquitar el negocio en menos tiempo del pactado.

Las putas hablan cosas de putas, igual que los mecánicos hablan cosas de mecánicos, o los dentistas hablan de cosas de dentistas.

Caye continúa el dialogo hasta que se convierte en un monólogo, No, mejor dicho, en una reflexión. Una reflexión con sus perogrulladas y sus contradicciones.

“¿Es rara, no?

La nostalgia…

Porque tener nostalgia en sí no es malo, eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos.

Yo por ejemplo no tengo nostalgia de nada, porque nunca me ha pasado nada tan bueno como para poder echarlo de menos… eso sí que es una putada.

¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado?

Porque a mí a veces me pasa.

Me pasa que me imagino como van a ser las cosas, con los chicos por ejemplo, o con la vida en general…

Y luego me da peno cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas…

Y luego cuando lo pienso me da nostalgia, cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y que a lo mejor no pasan nunca…”

Texto y dialogo/monólogo extraídos de la película Princesas, de Fernando León de Aranoa, (2005), con las dos prostitutas interpretadas por Candela Peña (Cayetana) y Micaela Nevárez (Zulema)

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YO ODIO A BRUCE WILLIS

Bruce Willis cae bien a todo el mundo pero yo le profeso odio.

Lo odio porque nunca se acatarra aunque se bañe en cueros en medio del Antártico. Lo odio porque tipos con puños galvanizados le dan la de dios es cristo y poco después reaparece guapetón y recién afeitado. Lo odio porque se tiró a Demi Moore en su mejor época. Lo odio porque envejece bien el muy cabrón. Lo odio porque en las entrevistas sabe quedar convincente diciendo que no le interesa el dinero. ¡Ya! Y yo me lo creo; por eso continúa jugando sobre seguro, por eso continúa interpretando a John McClane en la saga Die Hard (Jungla de Cristal). Lo odio.

Pero mi odio va más allá de desearle un simple prurito anal.

Quiero y anhelo que algún guionista sea capaz de hacérselas pasar putas en su próxima peli. Debería ir al baño ocho o diez veces durante las dos horas que está en pantalla, para que podamos comprobar que su próstata le jode igual a él que a cualquier sesentón. Debería padecer la típica presbicia de su edad y equivocarse a la hora de cortar el cable rojo que desactiva una bomba en el último segundo. Debería dejar de ser tan superhéroe.

Sigamos con la bomba, que me ha gustado:

 

[SITUACION – EXTERIOR DIA]

Un tipo -terrorista de origen árabe, o un antiguo enemigo de otra peli, o quizás un chalado defensor de causas inverosímiles- coloca una bomba en un colegio del estado norteamericano de Minnesota (Michigan, Missouri o Mississippi también podrían ser posibles escenarios, me gustan los nombres de esos sitios). Un reloj digital sobre el artefacto explosivo inicia la cuenta atrás. Crudo Invierno. Carreteras nevadas. El equipo policial de desactivación se queda atascado por una avería de su todoterreno a dos kilómetros. El fatídico contador sigue abreviando los segundos. Bruce Willis, sin pensarlo y en mangas de camisa, se lanza hacia la escuela metiéndose hasta la cintura entre la nieve helada. Antes de llegar a la escuela hay una gatito atrapado en lo alto de un árbol. Una mujer, gordita, gringa, repelente, llora desconsolada. Él se detiene a rescatar al minino, sabe que tiene tiempo de sobra, sabe que desactivará la bomba en el último instante, ya lo ha hecho otras veces, en otras películas.

 

[SITUACION – INTERIOR DIA]

Por fin dentro del colegio. Una maestra y quince niños de entre seis y doce años. La maestra -rubia de tetas escasas y apellido irlandés, o morena de sonrisa perfecta y acento mexicano- casualmente había sido su novia en el primer año de universidad, después se perdieron el rastro porque Bruce estaba ocupado poniendo orden en el mundo con métodos poco ortodoxos. Los niños –hijos casi todos de padres divorciados que han olvidado ir a recogerlos- se reparten así: cinco rubios, cuatro morenos, dos afros, un hispano, un mohicano, una asiática y una pelirroja con brakets en los dientes. En cualquier aula de Minneapolis sería la proporción correcta, en pantalla hay que respetar las cuotas minoritarias.

Después de un flash-back rememorando dulces momentos con la rubia de tetas escasas o con la morena de sonrisa perfecta, después de calmar a los niños haciéndoles el viejo truco de sacarles una moneda detrás de la oreja, después de mirar a través de la ventana por si llegan los artificieros (que saben inutilizar bombas nucleares pero no son capaces de hacerle el puente a cualquier camioneta que se encuentren). Después de todas estas simplezas se pone manos a la obra. Bruce sabe que es fácil. Únicamente ha de cortar el cable rojo, o cortar el cable azul si el capitán le dice por el intercomunicador que corte el rojo. Abre la bomba y el guionista me hace el favor de poner cuarenta y ocho cables, todos rojos. El fatídico segundero apura el margen de maniobra. Bruce no sabe qué hacer, mira el reloj, mira a la rubia de tetas escasas o la morena de sonrisa perfecta, mira a los niños, todos calladitos, expectantes, confiados, sonrientes. Solamente tiene una opción, la más dramática, la más segura (segundo favor del guionista): Bruce sale corriendo del edificio con el tiempo justo para llegar afuera (salvándose cobardemente) y ver como el colegio explota en mil pedazos. Mueren los niños, muere la maestra, muere un bedel dormilón que estaba escondido en el sótano, muere una pareja de ancianos que viven en la casa de atrás, mueren los artificieros que han tardado media hora en hacer el mismo camino que Bruce hizo en cinco minutos, y hasta muere el gato travieso que se había vuelto a escapar para subirse a lo alto de la bomba.

Y aquí acaba la brillante trayectoria cinematográfica de Bruce Willis.

Odio a Bruce Willis porque yo no puedo ser Bruce Willis.

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Nota 1: Ándate con ojo Mel Gibson, que vas por el mismo camino que Bruce Willis, algunas de tus buenas películas se diluyen en la memoria cuando recuerdo la trilogía de Arma Letal (Lethal Weapon), te salva y a la misma vez te hunde que estás como un cencerro, que cumples todos los requisitos para naufragar tú solito (antisemitismo, homofobia, católico tradicionalista, alcohólico, fumador empedernido)

Nota 2: Admiro a Luis Tosar en Malamadre, él se hubiera meado en la bomba, hubiera hecho callar a los niños con una voz, hubiera sodomizado al bedel, a la rubia y a la morena, y después se habría fumado un cigarro habano saltándose cualquier ley antitabaco televisiva

ROBÓTICA

máquinas

Los hombres se fueron distanciando poco a poco de las máquinas, decían que éstas eran frías, poco románticas, casi frígidas. Hasta que un día -desencantados- las abandonaron a su suerte.

Los cortacéspedes y los motocultores quedaron olvidados en los jardines, dejando que la maleza y los hierbajos acabaran sepultándolos. Los coches y las motos se oxidaban irremediablemente en los garajes subterráneos, en las cunetas de las autovías, en zonas de aparcamiento prohibidas las quincenas alternas. Los ordenadores, las impresoras y los escáneres sangraban sus megabytes en los trasteros de las oficinas, sin que nadie se acordara de ponerles una tirita de emergencia.

Las máquinas llevaban media vida con los hombres, necesitaban de ellos, no eran nada sin un inepto que las estropeara de tanto en tanto; el embrague y el freno necesitaban un pie que los sometiera, el taladro de bricolaje y el secador de pelo necesitaban un dedo que les apretara el botón rojo de on/off.

Ellas hicieron un último intento de reconciliación -en eso se parecían a la vieja derecha europea con el sueño antiguo de que nunca nada debería cambiar-; las máquinas bajaron los decibelios de sus motores para ser menos agresivas con el oído de los niños, redujeron su consumo energético para ser más eficientes y adaptarse a las crisis fósiles, se tragaron sus propios humos de escape y sus residuos atómicos para no ensuciar más el planeta azul, que los hombres llevaban jodiendo desde el principio de los principios. Pero nada, el esfuerzo no sirvió para nada. Los humanos estaban reaprendiendo a construir sus vidas sin artilugios mecánicos, eléctricos o micro ofimáticos.

Las maquinas estaban faltas de cariño.

Y no podían consentir ese desdén, no era justo ese divorcio sin previo aviso. Sí, de acuerdo, tenían defectos de afecto, pero ya venían de serie, estaban mal diseñadas por sus inventores.

No se conformaron. Se hicieron autosuficientes. Buscaron su placer entre ellas mismas a falta de humanos que las mimaran…

Ahora en los multicines proyectan películas XXX exclusivamente para máquinas, erotismo y pornografía de alta tecnología, y en 3D: los pistones y los amortiguadores se lo montan con las válvulas y las juntas de culata en talleres plató, ellos llenos de grasa sintética SAE40W, ellas con tanga y pintaditas con aceite de motor; un martillo percutor con una broca descomunal hace un trío con una lavadora y una campana extractora, ¡qué vicio, qué vicio!; incluso dos home-cinema salen del armario y se introducen el mando a distancia por todas sus ranuras HDMI.

 

Nota: Ayer mi vieja Citroën me dejó tirado. Estuve acariciando su capó y hablándole dulcemente al retrovisor durante un buen rato. Ni caso. Creo que ha visto un túnel de lavado que le hace tilín.

EL CANTO DEL CISNE (el boxeador)

Una falsa leyenda popular asegura que el cisne canta solamente durante los pocos minutos que preceden a su muerte.

Antes

El sabor a sangre oxidada en la boca al despertarse indicaba que el final de su carrera pugilística estaba próximo, el no dormir más que unos minutos cada noche presagiaba un desenlace con nombre y apellidos: tumor y estás bien jodido.

Y la decisión fue que aquella misma velada quemaría sus naves.

Quizás le hubiese convenido fijarse en cualquier otra mujer; ya le había ido mal liándose con una de aquellas indias arapahoes que vinieron desde las llanuras orientales de Colorado hasta los cayos meridionales de la Florida en busca de hombres vestidos con piel de búfalo, y solamente encontraron navegantes desalmados. Le fue mucho peor aventurándose con  aquella meretriz asiática que sabía destensar los somieres de los burdeles portuarios sin perder ni la risa ni la compostura, que sabía originar huracanes con sus orgasmos y éstos desbarataban los zoológicos dejando que las jirafas y las panteras camparan a sus anchas por el Brooklyn Bridge hasta desembocar en Manhattan. Podría haberse enamorado (si hubiese creído en la existencia de ese sentimiento) de cualquiera de aquellas diosas aceitunadas que llegaron nadando desde el Pacífico hasta el Atlántico siguiendo las rutas inversas de los manatíes. Podría haberse enredado con cualquier hembra que estuviese dispuesta a lamer sus heridas y algo más.

 ¡¡Pero no!!

Su puto corazón de boxeador ya decidió; se obstinó en encapricharse de aquella criolla blancuzca que paseaba los cartones numerados por el cuadrilátero cada tres minutos, la dueña de los descansos entre paliza y paliza. Antes de saltar al ring había hablado con ella por primera vez. Llevaba muchos combates perdidos deseándola, pero nunca se atrevió a decirle nada. Hoy por fin sí: la invitó al cine. Pero ella fue cruel: “únicamente salgo con ganadores, darling.”

Durante

El contrincante sacudía duro, muy duro, demasiado duro. Golpes directos a la cara, al pecho, al costado. El viejo boxeador aguantaba la tanda de puñetazos y no perdía de vista a la chica del round: ella es muy bonita, pelo castaño no farmacológico, una sonrisa natural y sin cosmética, de tetas injustamente atesoradas y apretadas por el sujetador, unas piernas larguísimas con pantaloncito blanco corto, muy corto, y lo mejor de todo: aquellos ojos verde madreselva que componían amaneceres y atardeceres en cada mirada, en cada parpadeo.

Seguían lloviendo ostias sin descanso. El boxeador no lograba respirar, las tripas bombeaban la bilis directamente a la garganta. No podía ver bien, sus ojos tristes únicamente distinguían un rectángulo nublado de tres vértices: el rival salvaje que tenía delante, la chica del round, y la toalla que podría acabar con todo el sufrimiento. El enemigo seguía haciendo su trabajo, castigando arriba y abajo, derecha, derecha e izquierda. Las rodillas le temblaban y la esperanza de ir al cine acompañado por aquellos ojos de mirada de gata no domesticada, acompañado por aquellas piernas de centímetros prometedores, cada vez quedaba más lejos.

El inminente perdedor lanzó su último ataque, el más desesperado. Empezó a tararear algo, una melodía sin compases pero bella, sin ritmo pero armoniosa, sin entonación pero encadenada, porque aquella también era la primera vez que cantaba. Se masticó la lengua hasta que una papilla visceral rebosó desde los labios hasta la lona. Escupió el páncreas y un pulmón por la boca exhalando un aliento caliente de azufre a la misma vez. Se clavó su propio esternón en la frente convirtiéndose en un unicornio diabólico y lacerado. El costillar, libre de anclajes, se abrió en todo su volumen como la cola de un pavo real del Averno. Se arrancó un trozo de intestino dejándolo trenzado entre las cuerdas del ring, se ató las rotulas de las rodillas con sus propios tendones, se dio la vuelta a la piel de la cara y del cráneo mostrando su lado más fiero. Fue cambiando el dolor de sitio hasta que lo escondió dentro de sus guantes. Entonces arremetió con todas sus fuerzas.

Silencio entre la jauría del público e infartos entre los jueces. En el hilo musical resucitaron a Robbie Williams con su antiguo tema Rock DJ.  El tiempo se paró unas décimas y el adversario se extasió un segundo ante aquel horror, momento en que recibió un perfecto nocaut relámpago que lo derribó.

El viejo boxeador dejó de respirar en el instante exacto en que el árbitro vomitaba mientras iniciaba el conteo: nine, eight, seven, six, five, four, three, two, one …

 Victoria por KO.

 Después

La tarde siguiente, domingo, el viejo boxeador se plantó en la puerta del cine con un ramo de flores en una mano y el corazón en la otra, no es ninguna metáfora: lo sujetaba inerte enredado en las uñas. Hoy reinauguraban aquel cine de barrio, lo hacían con una sesión doble del siglo pasado, primero reponían un clásico: El Maquinista de la General, con el Buster Keaton más mudo y más triste de todos los tiempos,  y terminaban con La Reina de África, donde un desconocido Humphrey Bogart tenía la dulce altanería de Katharine Hepburn circulando por el tuétano de sus huesos.

Estuvo allí varias horas, sin cara, sin hígados, sin pulmón, sin vientre, sin respirar, sin poder tragar, pero con dos entradas de anfiteatro. La estuvo esperando hasta el anochecer, en pie; muerto.

Ella no cumplió su palabra. 

 

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CINE DE BARRIO

El acomodador estaba tan enamorado de la taquillera, que una noche compró todas las entradas de la sesión golfa. Quería hacer el amor ricamente en la primera fila, repitiendo en su oído todas las escenas que había aprendido en la gran pantalla.

No contó con la presencia del proyeccionista. Tuvo que conformarse y compartir. Hicieron un trío.

Años más tarde el cine de barrio cerró sus puertas, obligado por la crisis y el top manta. La taquillera y el proyeccionista abrieron un videoclub ruinoso. Sólo tenían un cliente: el acomodador.