LO.LEE.TA

A ella le doblo la edad, aunque este dato no sea indispensable, lo mejor es dejar claro que mueve el culo como un demonio y el pelo como los ángeles. En cambio yo busco asiento en el metro  y me afeito la cabeza para disimular la alopecia. Ella sonríe a la vida con sus dientes blanquísimos y sus labios rojos, y yo voy dos veces al año a Vitaldent para que me maquillen las manchas del tabaco y algún empaste traidor.

El sábado por la noche  me lo paso con su mamá, la cual me considera un gentelman  en vías de extinción porque le abro la puerta del taxi y le acomodo la silla del restaurant.  En cambio mi ángel/demonio ocupa esa noche en hacer babear de lujuria a todos los mindundis del Joy Eslava; jamás el merengue, la bachata y la salsa se han bailado con tanta lascivia, ella convierte la danza en un arma destructora. Pero los domingos por la mañana, mientras su mamá  me cocina una riquísima sopa de carabineros, nosotros recorremos Argüelles. Yo invito a vermú de grifo y a mejillones tigre, mientras ella encandila a toda la barra del bar. La lástima que sienten los camareros por mí yo la traduzco en envidia. El vermú de Reus, siempre de Reus  -porque en Tarragona tienen dos cosas: petroquímicas y destilerías, y yo invariablemente he sentido filia por los espíritus con graduación-  sigue corriendo por mi cuenta mientras ella se hace  dueña y señora de todo Pintor Rosales. Ella y su minifalda. Siempre la cortísima minifalda, en invierno y en verano. Abjuro de los seis kilómetros de La Castellana frente a la longitud de sus piernas y el santuario que esconden en el vértice de su unión.

Hemos follado dos o tres veces, no lo recuerdo con precisión, aunque debería haberlo anotado; medallas olímpicas no se ganan todos los días. Dejamos de meternos en la cama porque mientras yo intentaba batir mis marcas ella tenía la cabeza y el coño en veinticuatro sitios diferentes Ahora me la chupa a veces. Hay un pacto no escrito: ella me deja lucirla por medio Madrid y me hace un oral rapidito a cambio de que yo corra con sus gastos. Puta no es su segundo nombre, quede claro.

Supongo que desde la primera línea era predecible esta historia. Incluso para mí debería ser previsible. Pero conocer una mentira no implica la necesidad de negarla.

Ahora, ya pasado algún tiempo, yo sigo cenando los sábados por la noche con su mamá. De primero una sopa estupenda, seguimos con algo ligero sin sal ni grasas, y tras los postres nos metemos en su habitación y tenemos un sexo correcto. Luego cojo el metro hasta Sol y me quedo fumando en Arenal con San Ginés, sé que ella aparecerá por allí tarde o temprano, un ejército de babosos también espera el reclamo de sus caderas.

Mañana otro condenado a muerte la invitará a vermú, de Reus, siempre de Reus, y a mejillones tigre.

LA NO TRAGEDIA DE LOS LUNES

a Paula, que necesita agua.

—»Todo bien, no te preocupes» disparó a quemarropa con aquellas balas cargadas de mentira—

 

Los lunes no serán abismo ni tormenta, siempre y cuando ella abra su bolso y se encuentre dentro las mismas tres cosas que metió el viernes por la noche: medio paquete de Winston blando con restos de tuja en el chivato, el Samsung recién cargado y un sujetador azul.

Amanecer un lunes sin bragas después de un weekend nocivo y desequilibrado es asumible. En cualquier Primark se pueden comprar  tres por 5€. Pero lo que ella no puede consentir es regresar a casa sin tabaco para capear el insomnio, sin el sutién azul que tanto le gusta, y sin el móvil con sus miles de atardeceres fotografiados,

La gente se vuelve muy dramática con eso de que la semana empiece en lunes, pero ella sabe que alguien o algo los ha puesto ahí precisamente para evitar que el desmadre iniciado un viernes por la noche pueda acabar con la humanidad.

Ella a la vida no le pide mucho, sería una pérdida de tiempo y un derroche de fe reclamar imposibles que nunca se conceden. En cambio a las personas sí que les exige, sobre todo a los hombres. El hombre, ese animal tan fácilmente destruible por dentro y por fuera.

A un hombre le pide tres cosas: la primera es que beba café amargo, todo lo más que lo rebaje con un chorrito de ron o con dos cucharaditas de pólvora; la segunda es que sepa diferenciar entre los azahares de Miguel Hernández y los quebrantahuesos de Nicanor Parra; y la tercera, pero no menos importante, es que le sepa trabajar bien el coño.

Y con esas tres premisas tiene clasificados a sus amantes, aunque los diferencia en grupos de edades. De veinte a treinta años son los más desastrosos; fantasmas, bufones, inexpertos, bocachanclas, fanfarrones, etc. De treinta a cuarenta mejoran un poco pero no mucho, les puede su inseguridad, su falsa audacia, su miedo permanente de no estar a la altura, sus ganas atropelladas de seducirla, ni siquiera advierten que han sido ya seducidos por ella. Y de cuarenta en adelante tiene que elegir con mucha cautela.

La mayoría del tercer grupo solo cumplen dos de sus tres condiciones, pero si afina un poco todavía encuentra alguno que no ensucie el café con stevia o ciertos edulcorantes novedosos, alguno que no solamente lea diarios deportivos ni se crea un entendido en coaching, mindfulness, lifetraining o alguna de esas mierdas en inglés, alguno que se le dé bien comer el coño, o por lo menos que sea perseverante. La única pega, y este es un gran error cometido por la mayoria, es que se enamoran. Están tan jodidamente solos que se enamoran en el primer polvo, y a ella eso le saca de quicio.

 

Si tú la luz te la has llevado toda,

¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo –esto es un don-, mi boca

espera, y mi alma espera, y tú me esperas.

Claudio Rodríguez, Don de la ebriedad (fragmento)

 

Imagen de Moira A. Pintura de tela sobre papel y un poquito de Paint.

PRINCESAS

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caye y zulema

Las cafeterías por la mañana tienen música, es una música propia y genuina; cristal de vasos, loza de platos, la leche calentándose por la fuerza del vaporizador, el molinillo eléctrico con un motor fueraborda triturando las quebradizas y frágiles semillas tostadas del café, risas, saludos rutinarios de buenos días, periódicos que se hojean empezando por el final, monedas sobre el mostrador, noticieros monótonos en el televisor, etc.

Esa música es exactamente igual en todas las cafeterías del mundo. Comprobado, doy fe.

En una cafetería de Madrid hay dos mujeres conversando sosegadamente. Un negro está sentado dos mesas más allá y mira a una de ellas con deseo. Esas dos mujeres llevan la derrota tatuada en la mirada. Quizás, no estoy seguro, todavía no se han acostado. Quizás, tampoco lo sé, el desayuno que toman pudiera ser la cena.

La música, autentica y específica, las respeta; alrededor de las dos mujeres se levanta una cápsula invisible donde esa música se rebaja a simple rumor. Es una marginación acústica, una bulla que se hace afónica y propicia el comadreo. Zulema busca en los hombros de Cayetana unas alas, quiere descifrar sin son las biodegradables de  Ícaro o las incombustibles del ave Fénix. Y Cayetana… Caye envidia las tetas de Zulema; dinero, bisturí y silicona es la automedicación que Cayetana se ha recetado.

Ellas hablan de cosas del trabajo. Cayetana dice que por el culo en contadas ocasiones, y tragárselo mucho menos. Zulema asiente y aprueba, ella tampoco accede al sexo anal así como así. Luego se cuentan trucos para que el cliente acabe antes. Cayetana, europea y tecnológicamente un poco más avanzada, utiliza videos porno, escenas lésbicas o hardcore, para que el tipo que tiene encima se corra más rápido. Zulema, caribeña y exótica, es más natural y podría decirse que más primitiva, con acento goloso susurra guarradas al oído del menda de turno, “papito, llénamelo de leche”. Cayetana toma nota mental de esa artimaña para futuros servicios. El resultado es el mismo: finiquitar el negocio en menos tiempo del pactado.

Las putas hablan cosas de putas, igual que los mecánicos hablan cosas de mecánicos, o los dentistas hablan de cosas de dentistas.

Caye continúa el dialogo hasta que se convierte en un monólogo, No, mejor dicho, en una reflexión. Una reflexión con sus perogrulladas y sus contradicciones.

“¿Es rara, no?

La nostalgia…

Porque tener nostalgia en sí no es malo, eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos.

Yo por ejemplo no tengo nostalgia de nada, porque nunca me ha pasado nada tan bueno como para poder echarlo de menos… eso sí que es una putada.

¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado?

Porque a mí a veces me pasa.

Me pasa que me imagino como van a ser las cosas, con los chicos por ejemplo, o con la vida en general…

Y luego me da peno cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas…

Y luego cuando lo pienso me da nostalgia, cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y que a lo mejor no pasan nunca…”

Texto y dialogo/monólogo extraídos de la película Princesas, de Fernando León de Aranoa, (2005), con las dos prostitutas interpretadas por Candela Peña (Cayetana) y Micaela Nevárez (Zulema)

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EL NEGATIVO

 

Come here baby, you know you drive me up a wall

Me contaron la historia en cinco minutos de un martes por la tarde. Una historia tan sencilla y habitual como cualquier otra. El jueves la historia seguía dándome vueltas en la cabeza, era como esas canciones de los noventa que a veces suenan por la radio y te acompañan todo el santo día. Hoy miércoles de una semana después no he conseguido sacarme todavía el tema de la mente, por eso la escribo, para exorcizarme. Y como bien manifiesta Ariel porque no me queda más remedio, porque me intoxico si no me saco la tinta de las venas cada cierto tiempo

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Girl, you got to change your crazy ways. You hear me?

Es la típica y tópica historia de dos amantes, cada uno con su mundo particular. Ella veintitantos cerca de treinta, él ya había conquistado de sobra cinco décadas. Ella alojada en su apogeo como mujer, con unas tetas perfectas y unas caderas como para construir un refugio nuclear y esperar allí a que nunca cesen las guerras; él un poco más percudido, gambeteando al colesterol y al ácido úrico, peinándose a contracorriente cada mañana para disimular una alopecia cabrona. Ella con unos ojos árabes que hipnotizan, él con unas ojeras de no dormir desde que Sebastián Elcano estuvo de farra con los patagones. Ella con sangre picunche circulando por sus arterias, él medio chango y medio ni se sabe. Seguro que algún espabilado con estudios, al observar la diferencia de edad, viajará hasta Jung e identificará el complejo de Electra, o a la destructiva Lolita o al sonso de Pigmalión. No tiene ni puta idea. Las relaciones entre personas son lo único aleatorio e ingobernable de esta vida.

 

That kind of loving turns a man to slave

Desconozco exactamente los comienzos de esa relación aunque seguramente sea lo de menos, solamente sé que ambos se atraían y que a pesar de estar en órbitas diferentes -distintos matrimonios, distintos empleos, distintas vidas- coincidieron en una misma cama. El nexo común entre ellos es el sexo, eso sí lo tengo bien claro. No hay nada más incombustible en este mundo que el sexo, ni creencias religiosas ni ideologías políticas, ni reacciones químicas descontroladas ni colisiones de átomos acelerados; nada, pero absolutamente nada, tiene más empuje que dos animales encelados. Ella es de esas mujeres que folla como si se fuese a morir mañana, y él es de esos hombres que no conocen la palabra  prisa. Los productores alemanes de porno bizarro se tapan los ojos en cuanto ellos se quitan la ropa. El dolor es parte del placer, y con esa premisa convertían los inviernos australes en primaveras de varias horas.

 

That kind of loving sends a man right to his grave

Cada sábado de madrugada el país es santiguado por dos terremotos, uno comienza en San Marcos de Arica y termina en el estrecho de Magallanes, el otro es una cremallera que va desde El Tabo hasta Trapatrapa. Sin embargo ella es inmune y sigue durmiendo, la gente llora, grita, se desespera. Ella no. Pucha que fome, murmura, y se arrebuja entre las sábanas a dejar que pase el seísmo. A santo de qué le van a molestar unos corrimientos de tierra, son una memez comparado con los cataclismos telúricos provocados por sus orgasmos; ella y su amante han cuarteado la cúpula celeste trece veces este mismo mes; los chupones en su cuello y en su culito de potra salvaje hubieran bastado para desecar el Pacífico, el néctar torrencial que llovía de sus bragas en momentos de clímax hubiera podido desbordar el Amazonas.

 

That kind of loving make me want to pull down the shade

Todas las historias de este tipo acaban mal, muy mal. Generalmente alguno de los cónyuges ajenos se cansa de soportar el peso invisible de las cornamentas y desbarata la armonía establecida. Aquí no fue así. Todo empezó a desmoronarse rápidamente después de un lustro. Él dejó de acudir a las citas programadas con la excusa infantil del olvido, dejó de enviarle whatsapps aduciendo ignorar el funcionamiento del teléfono, trastocaba las fechas de natalicios y defunciones, ya no le decía suavecito al oído mi puta rica en los instantes de fogosidad, ahora la llamaba María Engracia Fuensanta, el nombre de  una bisabuela paterna nacida doscientos catorce años atrás. Una desidia del copón se había instalado entre ellos en cuatro días. Un tiempo después el amante ya no apareció más ni volvió a contestar a sus llamadas.

 

That kind of loving now I’m never, never going to be the same

Ella regresó a sus rutinas cotidianas, cocinó el plato preferido de su marido, preparó las fiestas de cumpleaños de sus chicos, enmarcó los dientes de leche del más pequeño y se compró unas enormes gafas ahumadas. A ella le ha quedado una mirada como de estar esperando el fin del mundo y no quiere volver a ver nada que no pertenezca a su círculo de confort. Se levanta por las mañanas con las mismas preguntas enredadas en el pelo: ¿por qué se ha ido? ¿se aburrió de mí? ¿Ya no se le ponía dura? ¿dónde va a encontrar un lujo como yo? Preguntas que nadie puede responder.

Hoy, muchos años después, ha dejado morir de hambre a las incógnitas, simplemente suspira un deseo: Ojalá no te puedas olvidar de mí, viejo cabrón.

 

 

I’m losing my mind, girl, because I’m going crazy

En la otra punta de la ciudad, en la octava plata de un edificio aislado, un grupo de ancianos miran sin mirar a través de las ventanas, una mujer vestida de enfermera también los mira sin verlos. Algunos andan con bastones, otros permanecen en sillas de ruedas, pero todos tienen algo en común, son enfermos terminales de Alzheimer. Ya han perdido el habla y la coordinación, se mean y se cagan encima, toman papillas de bebé cinco veces al día porque ni siquiera recuerdan como se mastica. Un televisor parpadea imágenes en diferido de los terremotos, el volumen en mute, y uno de aquellos vejestorios impedidos gira sin cesar su cabeza de un lado a otro, le llaman el negativo, porque parece que siempre está desaprobando cualquier cosa con ese movimiento repetitivo de la testa. En realidad es un truco que ha encontrado el pobre desgraciado para no perder sus últimos recuerdos, sabe que si agita constantemente el caldo de zanahorias en que se ha convertido su cerebro pueden permanecer a flote sus tesoros más preciados. Entre la sopa turbia que se cuece dentro de su sesera reaparece aquella mujer que un día le hizo entender el misterio de la Santísima Trinidad a partir de un buen polvo; aquella mujer que para volar no necesitaba tatuarse mil mariposas en la espalda, no más necesita un trozo de cielo; aquella mujer que con una sola mirada de gata en celo enderezaba el mástil de su vieja nao, aquella mujer a la que renunció voluntariamente antes  de que una hijaputa y prematura demencia senil lo hiciera a la fuerza.

Crazy, crazy, crazy for you, baby.  You turn it on, then your gone

Poceluis

 

SABANAS SUCIAS

Este lunes me desperté confundido y con la boca confitada. El domingo concluía y acechaba una noche más de insomnio, pero esta vez fue placentero, dormí poco pero de una manera acompasada.
Lo extraño fue despertar con un regusto en la boca a melocotón y azafrán. Y las sábanas sucias.
Ahora que ya llegó el calor duermo en pelotas, por lo tanto las manchas en las sábanas fueron debidas a una polución nocturna, cosa que no me pasaba desde… ni recuerdo cuándo. Busqué el origen de todo eso en mis sueños hasta que di con él. Había soñado con un cuerpo, con una mujer de senos adolescentes y coño de funambulista, con una mujer de lenguaje lascivo y bemba provocadora. Seguí desmadejando el sueño a pesar que el muy cabrón desaparecía cuanto yo más intentaba visualizarlo: tuve sexo con esa mujer aunque estoy convencido de que ni siquiera llegamos a follar, fue sexo de caricias y lametones, fue sexo de abrazos y palabras. Mi lengua y su lengua buscaban y encontraban todos los agujeros de nuestros cuerpos, mis manos y sus manos se aprendieron las virtudes y los defectos de nuestras pieles. Dibujamos un mapamundi post-colombino a través del tacto, yo intuí el canal de Panamá entre sus tetas y la fosa de las Marianas bajo su pelvis, ella se encargó de erigir y coronar los varios ochomiles que emergieron aquella noche.
Y todo esto sucedió en unas pocas horas de sueño, en un terreno liberado  y alejado de cualquier legislación.
Jamás pensé que unas imágenes o unos recuerdos me provocarían excitación onírica. A mí es fácil ponérmela dura, lo reconozco, con fotografías, con palabras, con acentos, con pensamientos; cualesquiera de esas armas femeninas es capaz de empalmarme, pero hasta ahora ninguna mujer se había metido dentro de mis sueños.
Ahora ya es tarde para prohibirme que la piense, ya no es cosa mía ni de mi polla, ahora es cosa de mis sueños, y ahí no mando yo.

Un hombre-niño sigue pidiendo con insistencia que alguien le dibuje un cordero mientras un zorro se relame tras las dunas. Creo que en este caso el cordero fui yo.

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ONE, TWO, THREE … YOUR LITTLE MOUTH !!!

A todas las que alguna vez me han jodido el sueño,
y a las que en un futuro lo harán

 

Uno. Todo hay que decirlo: tu madre se gastó una fortuna en ti; los mejores dentistas privados, los mejores brackets de metales siderales, los mejores dentífricos y cepillos eléctricos, ¿y para qué? Todo eso lo hizo para que tuvieras una sonrisa perfecta y no para que te vayas metiendo el rabo de cualquiera en la boca.

 

Dos. Si supieras cuánto y cómo me ponen tus morros no le irías comiendo la boca a todos los payasos que te hablan con acento atlántico.

 

Tres. Yo estaba emperrado en follarte por la boca apretando tu cabeza contra mi polla, y tu te resistías mientras me mordías suavecito y murmurabas “feminazi”. Pero nunca te oí decir nada cuando era yo el que me comía el magma de tus profundidades, ya sé que lo hago bien, ya sé que te gustaba, pero hubiese agradecido cualquier palabra de aprobación.

 

Sin número. Supongo que ya estarás con otro o con otros. Supongo que ya no te encontraré en el porno que miro mientras deshecho recuerdos. Supongo que vuelvo a quedarme con las alas rotas. Supongo que tengo que dejar de suponer.

 

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A ESTA CIUDAD LE FALTAN CALLES Y LE SOBRAN COCHES

Viernes. Octubre. 9:35 AM Un hombre descalzo camina entre las hileras de coches parados frente al semáforo en rojo de la Meridiana con Aragón. Pide limosna a los conductores, casi todos le rehúyen la mirada y –forzosamente- pacientes aguardan a que el semáforo se abra. A cambio de unas monedas ofrece clínex o un paquete de Tuc sabor original, nadie acepta las galletas. El hombre descalzo tiene la misma barba descuidada, los mismos dientes podridos por el tabaco, los mismos ojos de iluminado que el mismísimo  Cortázar. Él también podría escribir un cuento titulándolo “instrucciones para no ser feliz”, tiene un doctorado en mala suerte y va sobrado en másteres de reveses personales para poderlo publicar. Soporta el desdén de la vida tarareando en silencio el estribillo de una canción de Radio Futura: “eres tonto Simón y no tienes solución”.

Es un hombre triste.

 

Viernes. Octubre. 9:39 AM Una mujer gordinflona, cuarenta y pico años,  y con una depresión de caballo que la incapacita para trabajar espera en el paso de cebra a que el semáforo peatonal le dé vía libre. Su mirada ausente sigue el zigzaguear del vendedor de clínex. Las raíces obscuras de su pelo teñido de trigo tienen varios centímetros, algún experto estilista podría calcular el tiempo transcurrido desde la última visita a la peluquería, son como esos aros concéntricos del tronco de los árboles que señalan las primaveras cumplidas antes de ser talados. El Mambo Gozón de Tito Puente que bailó el día de su boda se le cruza como un recuerdo por la cabeza pero no es capaz de borrar la pregunta que le martillea toda la semana. ¿Cómo una mujer maltratada, abandonada y sin recursos le explica a su hija de ocho años que hoy las van a desahuciar del piso por impago reiterado y tendrán que dormir en un cajero automático o en la entrada de un garaje? Su hija es pequeña pero no es idiota, todavía es incapaz de entender porqué viven sin energía eléctrica, porqué llenan garrafas de agua en la fuente para lavarse.

Es una mujer triste.

 

Viernes. Octubre. 9:43 AM En el chaflán de la calle Rogent hay un coche mal aparcado, un Renault Laguna plateado, modelo antiguo de finales de los noventa. En su interior dos gitanos de Nimes hablan con ese francés goloso y lleno de tropezones que solamente pueden entender los de su rama. Un hombre joven con rastas y camiseta de Desigual se para a su lado, cruza dos palabras con los gitanos e inician un intercambio. El próximo sábado hay una fiesta de telecos y este joven quiere tirarse a una princesa de primero de ADE, ella le ha prometido entregarle su diamante depilado si él es capaz de hacerla volar, él piensa que un poco de ayuda química nunca viene mal, está equivocado. De las manos del universitario aparecen un billete de 50 y uno de 20, de las manos de uno de los gitanos aparece una bolsita con 2 gramos de Ketamina. Un rápido movimiento de prestidigitación y la merca cambia de propietario. Durante toda la transacción sonaba en la radio del coche la guitarra estupefacta de Angus Young eternizando el Thunderstruck.

El universitario no está triste y no tendrá tiempo de estarlo.

 

Viernes. Octubre. 9:47 AM Una hilera de párvulos caminan paralelos al carril bici de la calle Valencia. Van atados por la cintura con una cuerda y al principio de ésta los guía una chica de unos dieciocho o diecinueve años, lleva mechas azuladas en el pelo que le dan un aire falsamente alternativo. No presta atención ni al tráfico ni a los críos, está abducida tecleando en su smartphone. Dentro de veinticinco años todo seguirá igual, los niños serán adultos atados con jodidas obligaciones socio laborales, y estarán guiados por un líder que hace caso omiso a sus necesidades, que mira únicamente por su interés. La chica está en sus cosas, tiene un novio nuevo que la anda presionando para follar, ella le ha pedido un imposible. No le importan la mierda de trabajos que consigue a tiempo parcial (promotora, canguro, tele operadora), no le importan los cuatrocientos euros que ganará y que servirán para pagar las putas tasas de la universidad, no le importa la algarabía de esos críos que tiene que llevar del cole al gimnasio escolar y del gimnasio escolar al cole. Lleva las orejas punzadas de aretes, piercings en labio, nariz y ceja, quizás alguno oculto en un pezón, cada uno de estos sabotajes a la dermis son balazos mal curados de amores contrariados. Malú con esos agudos fatalmente  sostenidos está rompiendo los algoritmos de compresión de su Mp3.

Ella no está triste pero lo estará.      

 

Viernes. Octubre. 21:52 PM Un hombre desaliñado -que se parece a Cortázar y camina descalzo- sale del 24/7 de los pakis con dos bricks de vino barato, hoy cenará unas Tuc sabor original remojadas en tinto, esta mañana tenía dos paquetes de galletas pero uno se lo ha regalado por pura lástima a una señora en la parada del metro hace poco menos de diez minutos. Al final de la calle hay ruido de sirenas acompañadas por luces azules y amarillas, policía y ambulancia, mala señal.

Cortázar no es curioso pero quiere saber.

En la zona cero de la desgracia se halla una muchacha de vetas cobalto en el pelo con un ataque de histeria y atendida por los sanitarios, dos metros más allá una sábana de papel de aluminio tapa el cuerpo sin vida de un joven con rastas.

La muchacha al salir del trabajo se acercó a casa de su nuevo novio para negociar el imposible, para endurecer o aflojar las condiciones, no quiere otro desastre en los trámites del querer, no necesita otro agujero en su cuerpo con un pendiente de acero quirúrgico que le recuerde otra –la enésima- mala historia.

El novio para darse un valor que no le hace falta ha probado la mierda que le vendieron dos gitanos esta mañana, la keta estaba tan mal cortada que la dosis le ha explotado dentro de la cabeza, durante unos segundos ha creído ser murciélago sediento y ha saltado por la ventana en vuelo circular de reconocimiento buscando victimas propicias.

La policía acordona la zona e intenta hacer retroceder a los mirones, por la radio emisora del coche patrulla se solicita su desplazamiento urgente hacia la cercana estación de metro del Clot; una mujer se ha tirado a las vías del convoy, el maquinista no ha podido hacer nada para evitar arrollarla. En el andén ha dejado tres bolsas con ropa, dos cajas de libros y una niña de unos ocho años que llora desconsolada con un paquete de Tuc sabor original en la mano.

 

A esta ciudad le faltan sentimientos y le sobran tristezas.

pintada de A.B.

pintada de A.B.

BONNIE & CLYDE (y III)

 

– ¿A dónde viajabas con tu mamá?

– No lo sé. Al mar, como cada año

– Entonces te llevaré al mar. No te preocupes, iremos al mar.

Yo no iría nunca a Cuba ni a la Florida, ni siquiera a la jodida Venezuela, pero el puto niño sí que llegaría hasta el mar, porque cuando tú decías “no te preocupes” era palabra sagrada, era como decir que el mundo es redondo.

Sentamos al niño en la moto, en medio de nosotros dos, no teníamos cascos para los tres pero su cabecita quedaba protegida entre mi pecho y tu espalda. Creo que se durmió nada más entrar en la autopista de la costa a pesar de la mala posición y del runrún de la Suzuki Van Van.

Conducías concentrada a 80 o a 90 y no nos cruzamos ni un coche de la poli en mucho rato. Debían estar ocupados buscando a un niño rubio medio bobo por el aeropuerto. Yo cavilaba sobre nuestra situación y en todo lo que se estaba torciendo por momentos, aquella noche de sábado no debía terminar de aquella manera, con tu hermana cabreada como una mona porque le habíamos cogido sin permiso la moto, con el culo que me dolía de tanto rato ir de paquete, con los brazos tiesos de sujetar a un niño para que no se cayera y la cosa se jodiera del todo, y con un niño robado, sobre todo con un niño robado

Paraste en una gasolinera de esas que parecen una boutique, de esas que tienen de todo, de esas que cuando descuelgan la manguera una voz de locutora de radio te dice qué tipo de carburante has elegido y cuando has terminado te da las gracias y te recuerda que ellos siempre tienen mejor precio que la competencia. Sonreíste antes de decir separando las silabas “nos-que-da-mos-sin-naf-ta”, y sonreíste porque habías utilizado tu palabra adecuadamente, tu palabra recién aprendida.

– pero no tenemos dinero, no puedes llenar el depósito.

-Déjame a mí…

Y te metiste en la tienda en busca del empleado, vi como le hablabas con la cabeza un poco ladeada, con ese gesto que utilizas cuando quieres algo o cuando no quieres algo. Nunca habíamos atracado una gasolinera, por lo menos yo, y no sé si tú lo habías hecho alguna vez. Sí que habíamos robado ropa, y bebida, y música, y cosas que nos gustaban, pero nunca habíamos atracado a nada ni a nadie. Era muy mala idea atracar una gasolinera, sobre todo porque llevábamos un niño robado con nosotros.

Saliste contenta y metiste la manguera del surtidor en el depósito. La máquina empezó a escupir su líquido. El empleado nos miraba desde la cristalera e hizo un gesto cuando el tanque se llenó, sus ojos tenían luz. Era un marroquí joven de pelo rizado y dientes picados, de piel tiznada. A ti siempre te han gustado ese tipo de hombres, a los que puedes putear sin remordimientos porque la vida les ha puteado mucho más y sabes que lo tuyo no le hará el mínimo daño.

-¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo lo has enredado?

-Fácil. Ese morito se hubiera comido, si se lo llego a pedir, un cubo de tocino por el Iphone 5 amarillo.

-El niño tendrá llantera en cuanto se percate, apuesto lo que quieras. 

-Y ahora ¿qué hacemos?

Eso es lo más me cabrea de ti, tu manera de desprenderse de los problemas, así, como quien no quiere la cosa; yo te seguía a todas partes, yo me dejaba enredar en todas tus locuras, yo nunca protestaba aunque presagiara tormentas de la ostia, y cuando tu ya te aburrías o te cansabas del juego descargabas tu responsabilidad sobre otro, sobre mí. Usabas el plural a tu conveniencia, a tu antojo.

Estaba enfadado, me puse muy serio y me negué a seguir, estaba hastiado de llevar a un niño robado, no éramos Bonnie y Clyde, ni deseaba acabar como ellos,  yo me quería volver a casa, me tumbaría a escuchar música, me fumaría algo que tenía de reserva en el bote de las monedas y me olvidaría de la venezolana, del niño y de la mierda de sábado. Te dije todo eso del tirón para que no me interrumpieras. Al acabar solamente sonreíste y me lanzaste un beso al aire. Entonces acunaste al niño en tus brazos con mucho cuidado para que no se despertara y lo llevaste hasta la tienda de la gasolinera. Volviste a ladear la cabeza, volviste a engatusar al marroquí, aunque ya no tenías nada que ofrecer a cambio de no sé qué. Te vi meterte la mano por delante del pantalón, como si te picara el coño, y luego te vi pasarle algo al moro. ¡ Claro ! ¡ Ahí es donde te guardas la tuja ! Joder, el hachís que sisaste a los dominicanos, jajá. Eres la polla.

 Luego saliste sin el niño.

-Mañana Mohamed subirá a Makaulkyn en un autobús que lo lleve a la playa. Vámonos.

Y volvimos a montar en la moto con suficiente nafta para regresar a casa.

Al incorporarnos de nuevo a la carretera miré el cartel luminoso de la marquesina de la gasolinera. Era uno de esos en los que las letras se auto escriben y corren de derecha a izquierda. Y comprendí en ese momento el significado de aquel sábado, de la vida, te comprendí a ti, a mí.

El rótulo era un bucle que se pude leer varias veces en un minuto: Gracias por su visita.  La estación de servicio de ALQUERIES DEL NEN PERDUT les desea feliz viaje.  Conduzca con cuidado.

 

ALQUERIES DEL NEN PERDUT

pincha para que se haga más grande

 

 

BONNIE & CLYDE (II)

 

En el aeropuerto cada puerta de embarque tiene su propia guardia pretoriana: un vigilante privado con chaleco amarillo para trastear con el equipaje, un policía nacional con chaqueta azul para olisquear en busca de sustancias prohibidas y un guardia civil con gorra verde para compulsar los pasaportes. A ese tipo de personas les encanta su merchandising particular. Con los seguratas del supermercado y los porteros de los clubes ya tenemos traza, tú les sonríes ladeando un poco la cabeza y les susurras con tono pícaro: es inherente a tu empleo que compartas genética con Forrest Gump pero te falta carisma. Ellos no entienden ni papa y yo aprovecho para esconder bajo la chaqueta un paquete de seis cervezas o para saltarme el torno, pero aquí, en el aeropuerto, ellos van armados con un fierro de fuego y hay que andarse con cuidado, son palabras mayores.

Tú estabas convencida de poder colarnos, solamente había que estudiar sus movimientos y aprenderse sus rutinas. Para ti era muy fácil, para ti todo se basa en rutinas. Una vez que discutimos sobre el tema me acabaste convenciendo de tu filosofía.

La discusión fue básica, y a la misma vez profunda:

– ¿tú tienes la rutina de cagar cada día?

– Sí, a la misma hora más o menos, ¿porqué?

– Porque la vida es eso, una cagada tras otra diariamente.

Por suerte para todos, menos para el niño, no te apetecía pasarte el resto de la tarde vigilando a los vigilantes, y nos fuimos al centro comercial a pedir tabaco. Los viajeros que esperan embarcar salen a fumar a los accesos de las tiendas, las leyes han cambiado y ya no dejan fumar dentro.

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Una señora alta, con vestido largo, pulseras de plata y gafas de sol fumaba unos cigarrillos mentolados que olían muy bien, a mí se me antojó enseguida probarlos y le pedí dos, uno para mí y otro para ti. La señora ni se sacó las Vogue para mirarme, me mandó a la mierda en cuatro palabras y empezó a renegar de cosas que no venían a cuento, que si la sociedad hace aguas, que si el maldito sistema bipartidista favorece a gente como nosotros, que si sería mucho mejor menos subsidios y más mano dura, y otras absurdeces por el estilo.

Detrás de la señora permanecía sentado sobre una maleta Louis Vuitton un niño de seis o siete años, su hijo, que siguió con atención la escena sin dejar de jugar con un Iphone 5 de color amarillo. Yo insistí a la señora en la cuestión de los dos cigarrillos y tú susurraste algo al oído del niño. Luego se dejó coger de la mano y entraste con él al centro comercial. Yo me olvidé del tabaco y os seguí.

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-¿Qué le has dicho a crío para que se venga contigo?

– Que me sé un truco para pasarse enterito el Candy Crush.

-¿De verdad te sabes un truco?

– Claro. Nunca hagas caso al juego. Si te indica que juntes tres salchichas rojas vete a por las bolitas azules o los cuadraditos verdes ¿No has visto la cara de puta que tiene la niña que sale entre nivel y nivel? Está ahí para engañarte, para sacarte el dinero.

Muchas veces llegué a pensar que eras clarividente, que podías ver la sencillez de las cosas con solo pasar una mirada sobre ellas.

El niño nos seguía sin dejar de mirar la pantalla de su teléfono, de vez en cuando le decías que caminara más rápido y el obedecía. Le llamabas Macaulkyn porque era rubio y medio bobo. En su medallita de San Jorge estaba grabado por detrás el nombre de Samuel y por megafonía anunciaban que se había perdido un niño, con las características del que nos acompañaba, que atendía por el nombre de Roger. ¿Se habría perdido otro niño, o Macaulkyn tenía varios nombres? Nunca lo supimos.

 

BONNIE & CLYDE

 

El sábado por la tarde robamos un niño en el centro comercial del aeropuerto.  No era nuestra intención cuando llegamos allí  pero a veces las cosas no salen como uno quiere.

Weekend y tan pelados como siempre, sin dinero para nada, ni para fumar ni para beber. La calle nos axfisiaba, no sabíamos hacia dónde ir ni qué hacer. Cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo, murmuraba Nati la frutera cada vez que nos veía pasar. Por eso cogimos prestada la moto de tu hermana y enfilamos la autovía en dirección al aeropuerto; durante el trayecto te escuché decir a través de la sordina de los cascos varias veces la palabra nafta.

La idea de aquel sábado era colarnos en un avión que me llevara a Cuba o a la Florida, a Venezuela no, a Venezuela jamás. Tú habías prometido llevarme.

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El verano pasado entramos una noche de viernes en una sala de merengue porque yo estaba obsesionado con tirarme a una latina, y tú me aseguraste que aquel era el sitio apropiado, que si allí no lo conseguía mejor sería que me olvidara y siguiera pajeándome con el vídeo de Maluca. La música de Calle 13 perreaba a todo volumen por los altavoces y hacía un calor del copón, el garito olía a lejía, a macho, a perfume de supermercado.

Mientras te dejabas invitar a cervezas y a mojitos -imagínate, una rubia natural con el pelo liso que fuma echando el humo por la nariz era todo un caramelo para aquella tropa de reguetoneros- yo le entraba a todas las morenas que me cruzaba, pero esos dominicanos pelones, con sus gorras de béisbol y sus pantalones caídos, están como para que los encierren, son perros rabiosos que me enseñaron los dientes un montón de veces, están todos locos, que si la banda, que si las jerarquías imposibles, que si la corona en la mano, que si tatuajes misteriosos, están  todos muy pasados.

Al final, ya de madrugada, tú estabas muy borracha, pero tenías una manada de aquellos perros a tu alrededor y estabas enseñándoles a liar con una sola mano; ese truco es mío, te lo enseñé yo, te enseñé a astillar un poquito de chocolate con una mano mientras todos miran la otra. Por mi parte yo había conseguido que una venezolana se viniera conmigo a los baños, era fea y repolluda, pero tenía muchísimas curvas.  Me la estaba pinchando apoyada en la puerta del retrete pero algo no iba bien, ella no paraba de decir papito papito, y eso me ponía de los nervios. Maluca y su Tigueraso fueron como una señal para mí, empezaron a sonar con demasiados decibelios y la peña se volvió más loca de lo que estaba. Durante un segundo miré a la venezolana a la luz del fluorescente y fue una visión patética: era más fea y más rechoncha que antes, sudaba, reía con una boca asquerosa, tenía el sujetador arremangado entre el cuello y el hombro, una teta por fuera del vestido fucsia y las bragas a medio bajar. La dejé allí. Yo ya la tenía fuera y me estaba quitando el condón pero ella seguía repitiendo papito papito; me fui antes de correrme, no soportaba esa falsa cantinela. Debe ser la única venezolana esperpéntica de todo el mundo que nunca podrá presentarse a un concurso de mises.

Desde aquel día ya no sueño con la boquita de Génesis Rodríguez ni con el culazo de Sofía Vergara.

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El día antes de robarnos el niño te habías quedado hasta las tantas viendo la tele: noticiarios, anuncios, concursos, teleseries americanas, y hasta una peli argentina que yo te recomendé pero que a ti no te gustó. Nueve Reinas. En esa peli aprendiste una nueva palabra, y cuando tú aprendes una palabra la utilizas continuamente hasta que la gastas, o hasta que encuentras otra que te fascine más. Sé que lo haces porque tienes envidia de mí, tienes envidia de que yo he leído más cosas que tú, yo sé más palabras nuevas que tú. Pero nunca te lo he restregado por la cara, tu sí.

De camino al aeropuerto llegué a escuchar esa palabra diez o doce veces: “No sé si tendremos bastante nafta, el depósito anda justito de nafta, no tenemos dinero para nafta, habrá que parar y robar un poco de nafta.”

 

 

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COSMOS

“En algún sitio algo increíble espera ser descubierto”

(Carl Sagan)

 

 

 

Crux  

constelación de la Cruz del Sur

Una mujer que duerme con una pantera porque no sabe dormir sola. Una mujer que ve cisnes donde solamente hay omóplatos. Una mujer con miedo a no tener miedo. O como diría Carlos Salem: «Ella sólo le tiene miedo al miedo, y hasta el miedo la amaría».

Desde siempre ha tenido la sinceridad tatuada a una cuarta del pezón izquierdo, entre la voz y los latidos. Ahora mismo ejerce de funambulista sobre el alambre de los silencios, sobre metáforas a punto de quebrarse.

Nostalgia es un puñado de kilómetros y esta puta manera que tenemos ambos de desvivir la vida.

 

Betelgeuse

supernova de la constelación de Orión

Una mujer que sabe hacer infinitos con las caderas. Una mujer que hace tronar los cielos cuando besa. Una mujer que nunca dice no a romper las reglas del kamasutra.

Maúlla desde más allá del tiempo y a la luna no le importa a qué hora se rompen los horarios australes. Al sur de Texas su lengua sabe bailar boleros sobre mi hombría. Hemos provocado cinco seísmos este verano.

 

Aldebarán

perseguidora de las Pléyades

Una mujer que vive con Mike Jagger reencarnado en gato. Una mujer que sueña con un cartel luminoso que parpadea diciendo: ich liebe wein. Una mujer que naufragó tierra adentro borrando todos los lunes de sus calendarios.

Quieta en la barra del bar de Hopper su paladar espera matrimonio con un vaso de licor de moras, y una ausencia de labios cerca de su rostro se balancea a través de los olvidos. Tiene la mala costumbre de reír cuando contesta cartas de extraños y de llorar cuando folla.

 

Sheratan

a 59,6 años luz de mí

Una mujer que vive en un mundo opaco y paralelo. Nunca le he contado historias para entretenerla; no las hubiera entendido. Una mujer que duerme en un país de colores artificiales, de ayunos ficticios, de llantos secos.

Una mujer que me enseñó que Cartier, Carolina Herrera y Givenchy no son razas de perro. Una mujer a la cual enseñé que tener un cocodrilo bordado en la camisa o andar en pelotas por la casa tienen la misma importancia: ninguna.

 

Stella Polaris

la más importante de las cincuenta y siete estrellas náuticas que utilizaban los marinos antes de la fabricación industrial de sextantes

Una mujer que tiene cambiados los meses del año. Una mujer que si sabe hacerme con la punta de la lengua lo mismo que le hace al papel de arroz de sus cigarrillos será la hostia. Los tiburones toro del Cantábrico hacen cabriolas y tirabuzones sobre el agua cuando la ven aparecer con su bikini rojo. Una mujer que dice tener el corazón en perpetuo estado de carencia emocional, dice que está hueco pero es mentira, lo tiene tan grande que ignora la manera de empezar a llenarlo. Una mujer que juega a la rayuela conmigo sin saber que yo no soy ni el cielo ni el infierno. Una mujer que justo cuando mi mundo empieza a hundirse para volver a reflotar por millonésima vez me suelta: la gente hiere un huevo, por eso aborrezco los besos llanos.

 

 

La locura es un okupa de cresta punki y una ristra de imperdibles ensartados en la nariz que se ha quedado a vivir en mis ojeras; sale a buscarse la vida en las noches de insomnio, pero siempre regresa al resguardo de mi desazón.

A las mujeres y a los revólveres los carga el diablo.

 

RUTINA

AYER

Despertarse-Mear-Cagar-Ducha-Afeitar-Café

Metro-Trabajo-Discusión-Gilipollas-Café

Comer-Periódicos-Telenoticias

Conducir-Más discusión-Cerveza

Cenar-Tele-Internet-Tabaco-No follar-No dormir

 

HOY

Despertarse-Mear-Cagar-Ducha-Afeitar-Café

Metro-Trabajo-Conducir-Puta zona azul-Café

Menú de nueve cincuenta-Vino y gaseosa de mierda- Sin propina, cabrón

Periódicos-Internet-Tabaco-Chupito de ballantines

Cena fría-Cómo conocí a vuestra madre on line-Sherlock Holmes on line- Dexter on line- El lado obscuro del corazón por enésima vez-No dormir-Tabaco- Tele concursos para bobos-Revisar correos- No dormir

 

MAÑANA

Mierda-Mierda-Mierda

Mierda-Mierda-Mierda

Mierda-Mierda-Mierda

Mierda-Mierda-Mierda

Mierda-Mierda-No dormir

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TEORÍA DEL MAGNETISMO

http://www.youtube.com/watch?v=WyhdvRWEWRw

i’ll be  our mistr  s ton ght
i’d like to put you in a trance
If i take you from behind
push myself into your mind

Madonna – Erotica (fragmento)

 

1) MAGNETISMO ANIMAL apuntes sobre la teoría de Franz Anton Mesmer

Ella dice que es bruja y él, que solamente cree en lo táctil, empieza a sospechar que es verdad. Pero también se le puede dar una explicación más mecánica, más mundana. Él sabe que hay truco. Sabe que su secreto es poseer un imán escondido bajo la lengua. No es bruja, es magnética.

Es un imán pequeño, como ella, pero muy potente, también como ella. Tiene la fuerza suficiente como para enredar y desenredar los fierros del espacio sideral. Es un imán indiviso, nuclear, indestructible; el salitre de los mares que hay de por medio no lo puede oxidar, las tormentas solares que rompen las comunicaciones no le afectan lo más mínimo, y si ella quiere puede joder al mismísimo Google, que tanta mierda almacena en sus entrañas y reventará cualquier día de éstos. Ella cambia los inviernos de sitio jugando al tangram con los cuadrantes del planeta, y por estos días se han visto a los científicos del protocolo de Kyoto emborracharse con ron de caña de azúcar, dejando por imposible descifrar el cambio climático.

Ella tiene más y más poderes, invisibles, insospechados, imprevistos. Todos relacionados con el magnetismo. Chasquea los dedos y se mueve la tierra. Creo que ni siquiera ella misma los domina

Hasta aquí todo normal, todo lógico. Es una mujer y utiliza sus armas.

2) MAGNETOQUÍMICA Campo complementario  de la  Química y de la Física

El problema -el gran problema- es que él también tiene un imán. Uno normal y corriente, de tamaño estándar, no como ésos grandemente horteras de las neveras, ni diminuto como los de los cierres de los muebles de cocina.  Su imán, como es de esperar, es del polo opuesto al que ella posee, y como dato imprescindible decir que lo tiene implantado en la polla. Aquí está el problema que arrastra desde hace más de un año.

Él quiere saber qué se siente estando entre sus piernas, justo allí donde el océano da la vuelta y provoca remolinos de olas y espuma, donde hay anclada una caracola de mar, milenaria y maternal; quiere poner la oreja y escuchar a doña Carilda recitarle despacito: muchacho loco, muchacho cuerdo. Él quiere meterse dentro de ella y paladear su macedonia horas y horas, una macedonia que está hecha de trufa negra, de piña verde y de cereza madura. Todo un manjar.

Sabe que ella guarda su imán bajo la lengua porque cuando pronuncia palabras se zarandean las cosas, aunque ella sigue insistiendo en que son sus poderes brujeriles de telequinesia; no hace falta que sean discursos largos e incendiarios, a veces basta con un simple mhhh y hay cosas que empiezan a levitar, otras veces son palabras sin sentido como silla, sofá, mesa, pero cuando quiere cambiar la vía láctea de sitio dispara una retahíla de verbos y sustantivos al azar: tragarte, escupirte, merendarte, vomitarte, rendido, muerto… Es entonces cuando todo se viene arriba o afuera, cuando todo se hace morado o líquido, depende.

Él no quiere acabar sus días como Frascuelo, leyendo a don Marcial Lafuente en horas perdidas, ni volver a ser gallito chulo de corral para meterse en fregaos que no tienen salida, él no quiere ser como esos gatos sin bigotes que se caen cuando caminan porque no se sitúan en el equilibrio perfecto. No. Él  quiere comerle esos morros que lo tienen en vilo desde que la vio, ésos que ha memorizado detenidamente, desde los pliegues más recónditos hasta -y sobre todo- ese surquito tan gracioso que se le forma entre la nariz y el labio superior.

Él quiere devorarla entera pero siempre encuentra algo que lo impide:

-¿me das tus bragas? Quiero comérmelas.

-No. Están sucias de melão de coño.

Los miedos no le arrugan -antes sí, ahora no- pero no le importa saber qué sueños esconden sus ojos tristes, él quiere seguir escribiendo libros en blanco, con hojas sucias de otras guerras. Prohibido enamorarse, ésta fue la única regla que ella impuso y para él es fácil cumplirla, no hacerlo sería como firmar su propio epitafio

– Si me dejas puedo hacer que vuele la monarca real que llevas cosida en la piel.

E inmediatamente borra la oferta y piensa en Kerouac;

                           Y en cualquier momento en que me necesites

                      Llama

                                    Estaré en el otro extremo.

                                    Esperando en la pared final.

3) TESITURA Y CONCLUSIÓN

Hay mujeres que llevan el Caribe por dentro. Hay mujeres que llevan el Caribe por fuera. Hay mujeres que llevan el Caribe por dentro y por fuera. Ella es el Caribe.

 

Oggi stesso no c’è giustizia

per lei e la sua scaramanzia,

chissà un giorno molto lontano

lasciare di essere la mia utopia.

              (anonimo veneziano)

BARBACOA

 

Todos los jueves la misma conversación, la misma charla cansina:

Tienes que implicarte más en nuestra relación. –recriminaba ella.

No te entiendo. –despistaba él.

Sí, hombre, sí. Que tienes que poner toda la carne en el asador, para que esto nuestro funcione. –insistía ella.

¿…um? –seguía él sin querer entender-

¡¡ que debemos hacer que salte la chispa entre nosotros, joder !!

OK. –terminó él.

El viernes por la noche comenzaron a hacer el amor rutinario de todas las semanas, él se esforzó tanto que la temperatura subió hasta romper el termostato, que llovieron relámpagos, chispazos y estrellas fugaces desde las cornisas, y el sábado por la mañana amanecieron rustiditos sobre un colchón incendiado.

Él se había pasado toda la santa tarde del viernes conectando el somier de su cama a la red eléctrica, tejiendo con hilo de pólvora una sabana preciosa, untando con petróleo seco las costuras del edredón, pintando las paredes del dormitorio con esmalte fulminante, escondiendo detonadores entre las almohadas y regando con azufre inodoro todos los zócalos.

Ella quiso una barbacoa y él se la concedió.

FLOJERA

Te juro que nunca apareciste en mi lista de cosas que me la traen floja. Aunque fijo que yo soy el primero en tu lista de cosas prescindibles.

Las tres o cuatro primeras horas fueron de las mejores, dejamos el sentido de la vista tras la puerta de la habitación alquilada y les hicimos un nudo a las cuerdas vocales. Así, ciegos y mudos, nos dedicamos a conocernos. Palpar, tocar, acariciar, besar, chupar, morder. Un lujo.

Después el ERROR.

Aquella noche mi inseguridad, escondida y pisoteada desde hacía tantos años, encontró una autopista de seis carriles sin peaje para volver a putearme. Un gatillazo, traicionero y cabrón, se empeñó en ser el protagonista, quiso convertirse en el principio de mi fin; buscabas los tornillos de mi desajuste, te repartías parte de la culpa, mantenías apartadas las sombras de mi vergüenza, pero yo no te escuchaba, yo estaba demasiado ocupado intentando canalizar la sangre por las tuberías correspondientes.

Por suerte se ha quedado en un trauma premonitorio y recurrente de mis insomnios.

Lo peor, para , fue que acabaras la noche adiestrándome para regalarte aquellos dos orgasmos manuales. Triste, muy triste.

 

( me ha costado un huevo muchísimo escribir esto )

COMENTARIOS DESACTIVADOS

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narcis@

http://es.wikipedia.org/wiki/Narciso_(mitolog%C3%ADa)

La mayor parte del tiempo que la gente hablamos, escribimos o comunicamos lo hacemos sobre nuestro tema favorito:  n o s o t r o s – m i s m o s

Hay días en que todas las personas que me tropiezo en la calle, en el metro, en la blogosfera, en el laburo, en el autobús,  en la vida, todas sin excepción se llaman igual: N A R C I S O 

(creo que algunos se quieren tanto que incluso han pergeñado un método, solitario y clandestino, para follarse a ellos mismos)

no lo entiendo

Quizás haya escrito alguna vez la palabra  enfermera

Quizás haya escrito más de una vez la palabra  follar

Dudo haber escrito  verga

Dudo haber escrito mexicana

 

Pero estoy segurísimo que nunca escribí cojiendose, sobre todo porque es un gerundio acentuado y se escribe con g de guarro

 

El tarado salido que viene a mi blog a buscar esas cosas es de Filipinas, me lo ha dicho Google Analitics. No tiene nada que ver la procedencia, ese tipo de personas habitan en todo el mundo, pero me choca que a un filipino le pongan las enfermeras mexicanas, o quizás sea un mexicano que sueña con vergas filipinas. No lo entiendo.

 

¿alguien sabe lo que significa “pasiantes”?

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FASES

Por desgracia pasaron muy rápido de la fase UNO a la fase DOS en su “relación”.

     −      no me gusta la palabra relación aunque esté entrecomillada. -dijo él.

      a mí tampoco; pero de alguna manera hay que llamarla. -dijo ella.

La fase UNO es la de hablar, hablar, hablar y hablar. La fase DOS es la de follar, follar, follar y follar.

Él tiene miedo a llegar a la fase TRES, es uno de los pocos números que no puede pronunciar desde la niñez, cosas de un logopeda incompetente. La tercera fase es ésa en la que cuando se miran ya se han dicho todo -o no tienen nada que decirse-, ésa en la que cuando están juntos no les hacen falta palabras -o ya se les han agotado todas-. La fase TRES es también aquella en la que se calculan los días para follar, y si surge algún inconveniente pues se aplaza, no pasa nada. ¡Odia esta fase!

Él acostumbra a desertar al llegar al tercer nivel, pero esta vez le ha pillado viejo, acomodado, y en lugar de huir hacia el futuro se ha quedado removiendo un café sin azúcar, paladeando un fado; mientras ella le cuenta la milonga premeditada de que esta noche no pueden verse, que tiene trabajo, y que mañana tampoco, que una amiga está depre y necesita alguien para llorar, y que pasado mañana… (todavía no ha decidido la mentira que parirá).

Ella está pensando en su nuevo amante, con el que ayer inauguró la fase DOS…

Él está pensando en porqué no alargó un poquito más la fase UNO, era tan interesante, tan confortable, tan sandunguera…

Ella está pensando en chupársela antes de irse, para que no sospeche nada…

Él está pensando en si volverá a encontrar alguna que sepa chuparla/conversar como lo hace ella, es tan dulce…

 

NOTA: también existen (no necesariamente) las fases CUATRO y CINCO, son fases en las que se pierden el respeto el uno al otro: dejan de quererse; fases llenas de odio: nunca se han querido; de insultos: empiezan con un simple tont@ y acaban con un irreparable hij@deputa; de desprecio: son trozos de carne sin sangre, sin alma; de maltratos: el último tropezón antes de caer en el barranco y llegar al PNR (1).  Algun@s terminarán saliendo en la portada de los informativos.

 El protagonista vivió –en su infancia- el devenir injustificado de todas las fases, por eso huye antes de llegar a la tercera, aunque le llamen cabrón.

(1) PNR: En aeronáutica dícese del Punto de No Retorno aquel en que la nave ya no tiene suficiente combustible para retroceder y debe seguir adelante, sean cuales sean las condiciones. Para acabar estrellándose la mayoría de las veces.

EMPUJE

A fuerza de empujar cada noche el cabezal de la cama contra la pared hicieron un desconchón, y como nadie protestó siguieron empujando hasta llegar a casa del vecino, un cochabambino indefenso y sin papeles.

Con ese empuje sin fronteras y sin árbitros han acabado follando con el colchón en medio del rellano comunitario. Desde allí rodaron escaleras abajo hasta el portal, salieron regalándose un sesenta y nueve a la Avenida República Argentina y continuaron amándose calle abajo. En el puente de Vallcarca culminaron un polvo e inauguraron otro, pasaron frente a la parada de metro de Lesseps y desde allí giraron en un vórtice de pasión hasta la Ronda General Mitre, donde acabaron en medio de una manifestación de anti hipotecarios, que aplaudían, sacaban fotos con el móvil y retrasmitían vía Twiter. Y ellos seguían desnudos, con los ojos cerrados, probando todas las posturas que se les ocurrían y que más placer podían darles.

Ella era muy poquita cosa y él ya estaba en declive, pero jodiendo rompían moldes; fíjate que sin querer han llegado a cambiar la órbita de algunos planetas. Ella era todo huesos, poca chicha, y una mata de pelo negro increíble; él era un disco de vinilo de Fabrizio de André, imposible de piratear, con la ausencia y el déjà vu tiznados en cada arruga. Ella tiene la sonrisa más bonita que jamás se haya visto, y él, que es triste por naturaleza, entiende de eso. Ella es clitoriana y él inseguro, la conjunción perfecta para no darse por aludidos, para repetir todas las veces que haga falta, para no rendirse aunque el Ibex 35 haga cagarse de miedo a los especuladores.

Ellos, ajenos a las catástrofes financieras y meteorológicas, siguen dale que te pego, como si hubieran redescubierto un sistema mutualista de encontrar la muerte, a base de proporcionarse orgasmos y risas.

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