HE SOÑADO CON TUS LEONES



He soñado con leones salvajes jugueteando como gatitos domésticos, y merendarse una oveja al caer la tarde.

 

He soñado con un García Márquez nonagenario y rebelde que venía a corregirme los cuadernos escolares, a tacharme todas las haches y todas las gringadas que encontraba.

 

He soñado con hombres que poseen su propio trocito de selva en el patio trasero de la casa, como quien tiene un terrario con dos culebras en una esquina del salón.

 

He soñado con un Oliverio Girondo en pijama hospitalario que me negaba el esquema original del resorte que eliminaría de mi cama a las mujeres incapaces de aprender a volar.

 

He soñado con cuatro generaciones de guajiras discutiendo al unísono, y en la misma cocina, cómo quitarle el mal genio a un sancocho, o de qué manera maquillar las tristezas de una arepa.

 

He soñado con ser juez y parte en un duelo infinito al amanecer; dos ciegos de bourbon y fracasos disparándose palabras a matar.

 

Primera andanada:

J.S. — No hay ni una sola historia de amor que tenga un final feliz. Si es amor, no tendrá final. Y si lo tiene, no será feliz.

C.B. —  ¿Amor? Vamos, hombre, la gente no quiere amor; la gente quiere triunfar, y una de las cosas en las que puede hacerlo es en el amor.

 

Segunda andanada:

J.S. — El asesino sabe más de amor que el poeta.

C.B. — Entonces encuentra lo que amas y deja que te mate.

 

He soñado con los quinientos afluentes del río Magdalena desbordándose y anegando las catacumbas de la Sagrada Familia en Barcelona, reflotando el cadáver incorrupto de aquel borracho de fe católica que era Gaudí, entre los maderos astillados de algún galeón naufragado, entre bocachicos desorientados en esta parte del hemisferio, entre fango, zurrapa y pan de oro.

 

He soñado que te soñaba, o que tenía el hipocampo cauterizado para no olvidarte, o que tenía barra libre de Jägermeister en todos los garitos de Gràcia, y que no todo ello era compatible.

 

Si abro la puerta y hay una mujer, entonces afirmo que existe la realidad.

Aldo Pellegrini

 

 

 

HISTORIA DEL HOMBRE DOBLE

hd5

Es difícil caminar por las calles donde todavía quedan algunos que le conocen, algunos que le saludan, algunos que le preguntan por su vida, por sus sueños, y a esos algunos ¿qué coño les importa? Por eso mismo se ha inventado un juego al que nadie más sabe jugar.

Alguien Conocido: Hola, ¿Cómo estás?

HombreDoble: rododendro.

Alguien Conocido: ¿Cómo?

HombreDoble: Error, debiste responder con alguna  palabra de sonoridad similar. Por ejemplo  edredón

Alguien Conocido: ¿pero…?

HombreDoble: Lo siento, perdiste turno. Otra vez será.

Es un juego tan sencillo que todavía no se explica cómo siempre les gana a todos. Si alguien se le acercara diciendo de sopetón molinillo de pimienta lo más lógico sería responder pantalla reflectora, o si le soltaran a bocajarro desastre ecológico evidentemente contestaría archipiélago desierto. Es tan fácil jugar como hacer trampas.


El HombreDoble lleva una niña muerta en el coche y siempre está de pie, siempre está de pie. No le dejan solo desde el día que tiró la radio contra la pared; pero es que ya está harto de tanta música, de tantísima música, tiene los oídos lastimados de tanta música, de tantísima música. La niña muerta del coche está en el asiento del copiloto, aunque a veces la arroja al asiento de atrás para no ver sus cabellos lacios. Y ya le duelen las rodillas de estar de pie, siempre de pie, no se ha sentado desde que las butacas le miran turbio.


Hubo una época en la que perdía las tardes sentado en la Taberna del Escocés, ya que para el HombreDoble éste era un sitio mágico: la decoración cambiaba según su estado de ánimo. Comanda la barra un tipo que nunca mira a los ojos pero que todo lo ve. Hay quienes aseguran que es el auténtico Escocés que da nombre a la taberna, pero los asiduos lo llamamos simplemente El Viejo. Dicen que huyó de Edimburgo cuando se supo que uno de sus bisabuelos había dado el cambiazo a  la piedra de Scone por una boñiga fosilizada de percherón, dejando sin validez real las últimas coronaciones británicas de los Windsor; pero los que realmente le conocemos damos fe de que él fue el auténtico y genuino cazador de peces espada mitificado en El viejo y el mar, confiándole la historia de su vida a Hemingway para que se ganara unos dólares escribiendo aquella novela; años más tarde Don Ernestito –como le gustaba anunciarse en los desmadres apocalípticos de ron añejo, cigarros habanos y mulatas venenosas- jugaba a la ruleta rusa delante de un espejo, se apostó tres disparos consecutivos a ver quién de sus dos yos se aguantaban la mirada durante más tiempo. No hace falta recurrir a las hemerotecas para certificar que venció el espejo. En aquel preciso momento El Viejo se vino a la otra punta del mundo a ver pasar la vida en esta taberna.

La Taberna podría ser el ambiente perfecto para cualquier seguidor de Bukowski, acompaña sobremanera una atmósfera cargada de humo y ceniceros a medio rebosar, vasos sucios de whisky, de cerveza negra, de llantos ruinosos, y enlazándolo todo emerge un odio vaporoso y perenne a las mujeres destroza-corazones, a las mujeres-enigma, a las mujeres de pies sucios. Cada hora en punto, entre los pocos clientes y las muchas sillas, navega surcando la melancolía un Titánic fantasmagórico, que exhibe moribundo la herida abierta a babor por un iceberg traicionero. En resumen: el hogar ideal para cualquier perdedor.

Entre la puerta de acceso a los baños y la mesa de billar francés persiste flotando un arcoíris en blanco y negro, junto a la máquina de discos permanece inmóvil una geisha de rostro níveamente lacado, pero cada cuatro minutos pierde su rigidez corporal para meter unas monedas en la musicbox y seleccionar Piano man. En ciertas ocasiones, coincidiendo con algún eclipse lunar o con algún cambio en la trayectoria del cometa Halley, se equivoca de tecla y suena Everybody’s talking. Durante todas las tardes de varios veranos la geisha, El Viejo y el HombreDoble escucharon incesantemente cientos de veces aquellos dos únicos temas. Quizás sea ésta la causa de su aversión a la música.


Comer a las horas convenidas –desayuno, almuerzo y cena- es una rutina en sí, pero acompañar el movimiento mecánico de masticar con una cantinela ajena e intracraneal es lo peor:

Voz interior: Deberías estudiar algo, idiomas por ejemplo. ¿Te has tomado la medicación? Podrías buscarte un trabajo sencillo y conseguir dinero para tus cosas. ¿Has visto a tu primo que ya es abogado y tiene novia?

HombreDoble:

        Vale.

               No.

               Muy bien.

                                  Que le jodan.

 

Seguramente a Ratso Rizzo no le daban tanto la monserga con todas estas gilipolleces, se buscaba la vida y no molestaba a casi nadie. Sin embargo Dustin Hoffman está detrás de la pantalla, su personaje -ese rengo tuberculoso- da pena penita pena a casi todo el mundo, y él, nuestro HombreDoble, está anclado en la vida real, él no importa una mierda a nadie…


Y vuelve a salir a la calle a caminar, buscando palabras sonoras que le hagan digerir más fácilmente la vida: pantalones nublados, acordeón bisiesto, sulfuro de cerezas, sandalias de tormenta.

A veces toma el autobús o el tranvía, como hoy, porque el HombreDoble nunca puede viajar en taxis, le es físicamente imposible permanecer de pie dentro de ellos. En su propio coche ha arrancado el asiento y ha hecho una claraboya en la capota, así puede permanecer de pie mientras conduce. En la estación de autobuses ni siquiera saludó a Lola cuando se encontraron casualmente, tal vez ella insistiría en que fueran a hacer el amor como en los viejos tiempos, y él no tiene ganas de hacer nada, está muy cansado, hastiado de todo, está harto de estar de pie toda la vida, está harto de su viejo coche, y de cambiar a la niña atrás y adelante, adelante y atrás, está harto de follar con mujeres que quieren que vuelva a ser el mismo que fue antes  -obviamente  ese antes  inmediato a tirar la radio contra la pared del pasillo-,  está harto de la melodía de las películas que tanto le gustaban en otros tiempos. Cualquier día de éstos se arrimará a la caja de ahorros y sacará todo el dinero que le queda para gastárselo en putas, porque ellas solamente pretenden de él los billetes con retratos de faraones consuetudinarios impuestos, las demás mujeres que ha conocido siempre lo quieren todo: amor, ideas, voz, futuro.  TODO.


Ese dolor de corazón que tiene desde hace más de dos meses no es del tabaco, ni de un amor contrariado, ni de respirar a marchas forzadas con la cabeza metida en una bolsa de plástico mientras se masturba, aunque los médicos se empeñan en contradecirlo. Es un dolor al que le ha tomado cariño, un dolor que le escolta desde el día más feliz de su vida, desde hace poco más de dos meses.


Cada mañana la niña de la casa de enfrente practicaba las escalas musicales de su flauta dulce.

hd9

Una y otra vez, incansablemente y con manifiesta torpeza., la niña no es capaz de aprender a soplar con la misma intensidad las siete putas notas.

doremi

El problema es controlar el aire, rumiaba el HombreDoble, y decidió darle una ayudita; cerró sus manos sobre aquella tierna garganta intentando gobernar la fuerza y cadencia del soplo. El flujo de aquellos pequeños pulmones fue amainando hasta desaparecer en un suspiro, y solamente entonces comprendió que era mucho más feliz con una niña muerta y silenciosa, con una niña que ya no castigará sus oídos con esas dichosas escalas desentonadas.


El segundo día más maravilloso de su vida fue aquel en que aprendió a escribir a máquina con un solo dedo, fue el mismo en que destripó el aparato de radio contra la pared empapelada del pasillo. En el colegio le enseñaron a escribir con todos los dedos de ambas manos y sin mirar el teclado, pero ahora escribe con el dedo índice de la mano derecha y con la izquierda hace de todo: fuma, bebe, juega al veo-veo con las arañas que pueblan las cornisas de sus techos, hace figuras chinescas con las sombras sobre el cabezal de la cama, o simplemente se toca el sexo.

Sin títuloescribió cien veces en cien hojas, con un solo dedo de una sola mano, mientras que con la otra acariciaba el pelo rubio y pesado de la niña muerta que lleva en el coche.

En aquel momento el HombreDoble  se sentó por primera vez desde la inauguración del mundo.

 

 

A un clavel que pretendía ser cactus

 

 

 

 

REVISIONISMO HISTORICO

spoiler

La Reina Madre de Inglaterra, Elizabeth Alexandra Mary Windsor, nonagenaria reciente y adicta a sorber el humor de los alambiques, soberana absoluta de las islas británicas, del Reino Unido, de la Gran Bretaña, de la Commonwealth y de medio centenar de territorios desparramados  por los siete mares.

La Reina Madre de Inglaterra, Isabel II, primogénita de los duques de York, heredera indirecta de todo el genoma defectuoso -habido y por haber- acumulado durante dieciséis generaciones de Tudor, Hannover y Estuardo, gobernadora suprema de los anglicanos, de los puritanos del gin de enebro y de los diáconos de la cerveza turbia.

La Reina Madre de Inglaterra se dejó romper el culo un viernes noche a punto de clarear el sábado.


Amaroo Heng Johnson, indigente ocasional de los suburbios de Brisbane, en la región australiana de Queensland, mendigo invisible en la puerta de los Starbucks, rebuscador de comida en los callejones traseros de los restaurantes fast-food, temeroso de la policía armada con pistolas taser, de los yonkis con síndrome de abstinencia y de los adolescentes rubios y xenófobos.

Amaroo Heng Johnson, homeless circunstancial desde los treinta y tantos a causa de los efectos colaterales de dos divorcios intensos, de una ruina laboral por culpa de los créditos supbrime inventados por Bernard Madoff, y de medio ictus traicionero que le desfiguró para siempre la parte izquierda de su mal rematada cara de aborigen.

Amaroo Heng Johnson había sido designado por extraña casualidad para romperle el culo a una viejita que vivía en el otro hemisferio.


La desfloración anal se emitió por la BBC en directo y sin pausas publicitarias a las tantas de la mañana hora británica, pero coincidiendo con el prime time australiano.

Un típico taxi londinense llevó al aborigen desde la zona aeroportuaria de Gatwick hasta los estudios televisivos en Marylebone High Street. El jet lag del viaje indujo a que Amaroo echara una cabezadita corta e improvisada. Fue en ese momento cuando entró en contacto con Tjukurpa (el tiempo del sueño) y le fue revelado el misterio de la vida y de la muerte. Le fue revelado el secreto de su misión en este mundo.

Ciento cincuenta años antes una tía abuela de mirada interestelar, Truganini Lallah Rookh, última mujer aborigen de Tasmania, se había dedicado en su lecho de muerte a invocar a Tjukurpa, a Wanamangura, a Takkan y a Kajura (el tiempo del Sueño y las tres serpientes Arcoíris) e infiltrar un conjuro en el descanso nocturno de todos sus descendientes a través de una sola frase “hay que dar por culo a la corona tanto como la corona nos ha dado a nosotros”, refiriéndose a las barbaridades, masacres, vejaciones y genocidios que la Union Jack había perpetrado desde que desembarcaran en Oceanía.


El protocolo de la ceremonia de desagravio exige una presentación previa de la reo y el verdugo. Ningún miembro de la tribu de los luthigh sería capaz de actuar contra nadie sin un conocimiento cara a cara.

Un famoso animador irlandés de late shows hizo labores de edecán, puso frente a frente a los dos, pronunciando en voz grave los nombres y apellidos de ambos. El aborigen con su nombre indígena, un apellido nativo y otro bastardo. La Reina Madre, con su nombre de pila y su nombre regente, con sus doscientos catorce apellidos aristocráticos, algunos de ellos cambiados a través de la historia por intereses  políticos o sucesorios.

Encantado, susurró Amaroo Heng Johnson

Besos no, respondió, Isabel II,  emulando aquellas prostitutas de la época de Jack the Ripper, que tenían pánico al contagio de la gripe española a través del aliento de los lores.

Después un plano picado de la estancia, de la cama, del tocador lleno de los accesorios acostumbrados: crema lubricante, condones, toallitas húmedas, clínex de color salmón, espermicidas que no fueron necesarios, dilatadores anales que tampoco se utilizaron, etc.

El resto de la escena es fácil de imaginar.

 

N del A; Desde aquel día una ola de terror azota diferentes monarquías. Los Borbón-Anjou españoles, los Grimaldi monegascos, los Orleans-Bonparte franceses, los Saboya italianos y casi todos los reinos que se dedicaron a expoliar territorios de ultramar, han adquirido la costumbre de no dar nunca la espalda a un extraño. Están acostumbrados a deslealtades, felonías y traiciones cortesanas, pero no desean que les peten el culo de un pollazo judicialmente consentido para subsanar las barrabasadas cometidas por sus antepasados.

 

EL NEGATIVO

 

Come here baby, you know you drive me up a wall

Me contaron la historia en cinco minutos de un martes por la tarde. Una historia tan sencilla y habitual como cualquier otra. El jueves la historia seguía dándome vueltas en la cabeza, era como esas canciones de los noventa que a veces suenan por la radio y te acompañan todo el santo día. Hoy miércoles de una semana después no he conseguido sacarme todavía el tema de la mente, por eso la escribo, para exorcizarme. Y como bien manifiesta Ariel porque no me queda más remedio, porque me intoxico si no me saco la tinta de las venas cada cierto tiempo

.

Girl, you got to change your crazy ways. You hear me?

Es la típica y tópica historia de dos amantes, cada uno con su mundo particular. Ella veintitantos cerca de treinta, él ya había conquistado de sobra cinco décadas. Ella alojada en su apogeo como mujer, con unas tetas perfectas y unas caderas como para construir un refugio nuclear y esperar allí a que nunca cesen las guerras; él un poco más percudido, gambeteando al colesterol y al ácido úrico, peinándose a contracorriente cada mañana para disimular una alopecia cabrona. Ella con unos ojos árabes que hipnotizan, él con unas ojeras de no dormir desde que Sebastián Elcano estuvo de farra con los patagones. Ella con sangre picunche circulando por sus arterias, él medio chango y medio ni se sabe. Seguro que algún espabilado con estudios, al observar la diferencia de edad, viajará hasta Jung e identificará el complejo de Electra, o a la destructiva Lolita o al sonso de Pigmalión. No tiene ni puta idea. Las relaciones entre personas son lo único aleatorio e ingobernable de esta vida.

 

That kind of loving turns a man to slave

Desconozco exactamente los comienzos de esa relación aunque seguramente sea lo de menos, solamente sé que ambos se atraían y que a pesar de estar en órbitas diferentes -distintos matrimonios, distintos empleos, distintas vidas- coincidieron en una misma cama. El nexo común entre ellos es el sexo, eso sí lo tengo bien claro. No hay nada más incombustible en este mundo que el sexo, ni creencias religiosas ni ideologías políticas, ni reacciones químicas descontroladas ni colisiones de átomos acelerados; nada, pero absolutamente nada, tiene más empuje que dos animales encelados. Ella es de esas mujeres que folla como si se fuese a morir mañana, y él es de esos hombres que no conocen la palabra  prisa. Los productores alemanes de porno bizarro se tapan los ojos en cuanto ellos se quitan la ropa. El dolor es parte del placer, y con esa premisa convertían los inviernos australes en primaveras de varias horas.

 

That kind of loving sends a man right to his grave

Cada sábado de madrugada el país es santiguado por dos terremotos, uno comienza en San Marcos de Arica y termina en el estrecho de Magallanes, el otro es una cremallera que va desde El Tabo hasta Trapatrapa. Sin embargo ella es inmune y sigue durmiendo, la gente llora, grita, se desespera. Ella no. Pucha que fome, murmura, y se arrebuja entre las sábanas a dejar que pase el seísmo. A santo de qué le van a molestar unos corrimientos de tierra, son una memez comparado con los cataclismos telúricos provocados por sus orgasmos; ella y su amante han cuarteado la cúpula celeste trece veces este mismo mes; los chupones en su cuello y en su culito de potra salvaje hubieran bastado para desecar el Pacífico, el néctar torrencial que llovía de sus bragas en momentos de clímax hubiera podido desbordar el Amazonas.

 

That kind of loving make me want to pull down the shade

Todas las historias de este tipo acaban mal, muy mal. Generalmente alguno de los cónyuges ajenos se cansa de soportar el peso invisible de las cornamentas y desbarata la armonía establecida. Aquí no fue así. Todo empezó a desmoronarse rápidamente después de un lustro. Él dejó de acudir a las citas programadas con la excusa infantil del olvido, dejó de enviarle whatsapps aduciendo ignorar el funcionamiento del teléfono, trastocaba las fechas de natalicios y defunciones, ya no le decía suavecito al oído mi puta rica en los instantes de fogosidad, ahora la llamaba María Engracia Fuensanta, el nombre de  una bisabuela paterna nacida doscientos catorce años atrás. Una desidia del copón se había instalado entre ellos en cuatro días. Un tiempo después el amante ya no apareció más ni volvió a contestar a sus llamadas.

 

That kind of loving now I’m never, never going to be the same

Ella regresó a sus rutinas cotidianas, cocinó el plato preferido de su marido, preparó las fiestas de cumpleaños de sus chicos, enmarcó los dientes de leche del más pequeño y se compró unas enormes gafas ahumadas. A ella le ha quedado una mirada como de estar esperando el fin del mundo y no quiere volver a ver nada que no pertenezca a su círculo de confort. Se levanta por las mañanas con las mismas preguntas enredadas en el pelo: ¿por qué se ha ido? ¿se aburrió de mí? ¿Ya no se le ponía dura? ¿dónde va a encontrar un lujo como yo? Preguntas que nadie puede responder.

Hoy, muchos años después, ha dejado morir de hambre a las incógnitas, simplemente suspira un deseo: Ojalá no te puedas olvidar de mí, viejo cabrón.

 

 

I’m losing my mind, girl, because I’m going crazy

En la otra punta de la ciudad, en la octava plata de un edificio aislado, un grupo de ancianos miran sin mirar a través de las ventanas, una mujer vestida de enfermera también los mira sin verlos. Algunos andan con bastones, otros permanecen en sillas de ruedas, pero todos tienen algo en común, son enfermos terminales de Alzheimer. Ya han perdido el habla y la coordinación, se mean y se cagan encima, toman papillas de bebé cinco veces al día porque ni siquiera recuerdan como se mastica. Un televisor parpadea imágenes en diferido de los terremotos, el volumen en mute, y uno de aquellos vejestorios impedidos gira sin cesar su cabeza de un lado a otro, le llaman el negativo, porque parece que siempre está desaprobando cualquier cosa con ese movimiento repetitivo de la testa. En realidad es un truco que ha encontrado el pobre desgraciado para no perder sus últimos recuerdos, sabe que si agita constantemente el caldo de zanahorias en que se ha convertido su cerebro pueden permanecer a flote sus tesoros más preciados. Entre la sopa turbia que se cuece dentro de su sesera reaparece aquella mujer que un día le hizo entender el misterio de la Santísima Trinidad a partir de un buen polvo; aquella mujer que para volar no necesitaba tatuarse mil mariposas en la espalda, no más necesita un trozo de cielo; aquella mujer que con una sola mirada de gata en celo enderezaba el mástil de su vieja nao, aquella mujer a la que renunció voluntariamente antes  de que una hijaputa y prematura demencia senil lo hiciera a la fuerza.

Crazy, crazy, crazy for you, baby.  You turn it on, then your gone

Poceluis

 

ANATOMIA DE UN REMO

bcnonfire 001

 

 

Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad.

(Enrique Tierno Galván)

 

Todos permanecíamos sentados en aquel banco corrido de la comisaría; bueno todos no, faltaba Deolinda, pero estaba el resto de la manada: el Shin Chan, el Ukelele, los Blaumut, y yo misma, la Gata. Juntos, callados, desorientados. Un policía caminaba en línea recta a dos palmos de nosotros, muy despacio, con una mano se sujetaba la otra por detrás de la espalda y durante cinco segundos se paraba delante de cada uno para escanear mentalmente nuestra jeta. Cuando acabó con el último dio media vuelta y deshizo el camino. Aquel perro con uniforme bajó la vista al suelo y sin dirigirse a nadie en particular preguntó:

 

 -¿Cuándo coño tenéis pensado comenzar todo esto?

 

 

-EL REMO SE COMPONE DE TRES PARTES: POMO, PERTIGA Y PALA 

 

1) El pomo

 

Urbanística y socialmente parece todo muy fácil. La ciudad se divide en distritos y barrios,  la población en clases, en estratos,  y el porvenir en  etapas. MENTIRA, eso es lo que ellos desean, pero todo es muchísimo más complejo. La ciudad tiene sectores y territorios, con sus fronteras que cambian sin saber por qué, la población son tribus con jerarquías, con reglamentos. Y el futuro es una putada tras otra.

 

Además de todos esos grupos están las manadas. La manada no tiene normas ni territorio, es nómada, por eso mismo es más difícil destruirla. La manada no tiene ni código penal, ni código civil, ni leyes. Solamente existe una regla no escrita: si tú me jodes yo te jodo.

 

La ciudad por sí sola es un hábitat difícil y quienes la controlan solamente pretenden eliminar a quien no está bajo sus zarpas, y las manadas estorban; quieren exterminarnos. Les molesta que las manadas no se integren, que vayan por libre. A las manadas nos importan una mierda sus guerras de banderas o sus leyes anti-todo,  nos la trae flojísima si el/la alcaldable es un hij@deputa de traje azul o un hij@deputa de sudadera roja, nos la sopla la buenaventura del boom turístico o la sangría  salvaje de una T-mes (1), ni nos va ni nos viene que la esperanza de vida sea mayor o menor según la parada de metro donde te bajes (de Sant Gervasi  a Poble Sec pueden ser hasta diez años). Por eso mismo a veces es necesario darle una sacudida a la ciudad y ponerla del revés.

 

 

 

2) La pértiga

 

El Ukelele. Es un africano enorme, descomunal, con la fuerza de un elefante testarudo. No hace mucho que ha llegado a la manada, pero es de fiar. Camina renqueando porque el salitre marino mezclado con el queroseno de la patera donde viajó le ha dejado cuarteada la piel de los tobillos y de los pies; no puede correr. Tiene un nombre impronunciable por eso le llamamos Ukelele, años más tarde supe que esa palabra sirve para denominar a una guitarra hawaiana, pero a él le queda bien. A su madre, una senegalesa que los domingos se pone unos vestidos de flores imposibles para rezar en la iglesia animista,  la llaman la Tin iuro (diez euros) porque es lo que pide a las mamás turistas en la Barceloneta por hacerle unas trencitas de colores a las niñas, y también es lo mismo que pide a los papás turistas por chupársela en cualquier callejón detrás de la Boquería. Sé que Ukelele es de fiar porque conozco su secreto, tiene un bonsái entre las piernas a pesar de ser descendiente de zulús o de mandingos, y ese trauma le provoca un miedo terrible a quedarse desnudo y con luz frente a una mujer, por eso mismo es tan pacífico y letal, aguanta lo que le echen hasta que se levanta y te da el abrazo del oso, ese tipo de abrazos que te va dejando sin respiración y el cerebro no te permite coordinar una defensa en condiciones. A veces, pocas, cuando va muy justo de dinero, se va  a merodear por detrás del castillo de Montjuïc, siempre encuentra algún alemán  pedófilo despistado a quien darle su abrazo y robarle, el Mataleón lo llaman en el argot de los delincuentes. El Ukelele se lleva bien con los negros brasileros, con los negros haitianos, con los negros africanos, con cualquier negro.

 

 

El  Shin Chan. Es un chino de segunda generación, habla perfectamente español, catalán y mandarín. Está harto del todo a cien donde trabaja entre semana y  del restaurante japonés donde trabaja el weekend. Es un artista. De todos los que componemos la manada él es el único que sabe hacer algo creativo; con un cutter de plástico y acero sabe sacar un delfín de una zanahoria,  escribe letras capitalinas en el lomo de una sepia, hace aparecer una miniatura del Guernica en la cascara de una naranja, dibuja mapas inventados en una raja de sandía, o un croquis a mano alzada de la planta de la Sagrada Familia en un grano de arroz, sabe hacer figuras preciosistas en cualquier material comestible. Aprendió ese arte a base de decorar la guarnición de los platos del restaurante, pero se aburre de hacer siempre lo mismo. Creo que si hubiese tenido la oportunidad podría haber sido un  cirujano estético de los mejores, pero es chino y nadie se fía de los chinos.  Está en buenas relaciones con cualquier asiático de la ciudad.

 

 

 

Los Blaumut. Son dos gemelos gorditos marroquíes que no llegan a los catorce años. Un misterio rodea su nacimiento: por el volumen de la panza de su mamá -y por aquellas enigmáticas ecografías unidimensionales- todos aseguraban que de allí saldrían trillizos, pero finalmente aparecieron dos gemelos, silenciosos, de mirada azul intriga y pasados de peso. ¿Selección natural? ¿Instinto de supervivencia? ¿O quizás el augurio genético de que las pasarían putas en el mundo exterior? Nunca lo sabremos, pero yo creo que ése fue el inicio de un canibalismo encubierto: se comieron al más débil. Tienen nombres árabes muy parecidos (Mohamed y Muhammad) pero en  aquellos días estaba de moda un grupo musical llamado Blaumut y su canción del momento en youtube era pà amb oli i sal, que precisamente era el único alimento que les habíamos visto comer alguna vez. Deberían estar practicando algún Ramadán estricto y continuo, o por lo menos es lo que pensábamos, después a escondidas se pondrían ciegos a comer de todo, seguro. El primer día que llegaron se presentaron con sus nombres originales pero ante nuestra imposibilidad de recordarlos y diferenciarlos decidimos ponerles el sobrenombre de los Blaumut. De manera indistinta responden uno u otro, como si fueran un ente indivisible; ellos aceptaron el cambio de nombre de la misma manera que un ciego acepta que los colores tengan apellido: azul marino, rojo fuego, amarillo limón, verde botella. Los gemelos tienen una educación exquisita, siempre saludan y estrechan la mano, la misma mano que luego se llevan al corazón y susurran ‘salam aleikum’, sonriendo con esos ojos azul traición, aunque en realidad parece que digan ‘Te voy a arrancar los hígados para comérmelos mirando a la Meca’. Son indispensables en la relación de la manada con cualquier musulmán de la ciudad, sea del país que sea, también tienen contactos entre los hindúes, los pakis, los argelinos y en general cualquiera de piel oliva.

 

 

Deolinda. Es una gitana portuguesa y una pieza clave de la manada. Hubiera sido muy fácil ponerle un alias, cualquier apodo que hiciera referencia a su origen o a su raza  ya encajaría, pero tiene un nombre tan bonito que nadie fue capaz de imaginarse llamarla de otra manera. Ya se sabe que las gitanas son putas por naturaleza, pero eso no impidió que la aceptáramos, nadie es un santo entre nosotros. Se lleva bien con todos los clanes gitanos, desde Ciudad Meridiana a  L’Hospitalet, y desde Montbau a La Verneda, tiene lazos genéticos con los rumanos, trapichea con los rusos, se va de birras con los italianos y  habla de tú a tú con los filipinos. Deolinda es una gitana que todavía no ha parido, por eso conserva ese cuerpo voluptuoso, de caderas generosas, de tetas bailarinas, de sonrisa pícara. Deolinda siempre viste de colorines, pendientes de aro generoso, el pelo recogido en un moño alto y unos leggins de cebra, o de pantera, o de tigre, o de cualquier bicho selvático, unos leggins apretados que le hacen un culazo hipnotizador. Deolinda siempre va por su cuenta, sin más compañía que sus problemas, pero supe desde que la vi que nos hacían falta sus contactos para iniciar la tormenta del caos. Una noche de  tequilas sin limón y porros de amapolas saharauis hice lo que ya hacía mucho tiempo que tenía ganas, en un descuido de risas químicas metí mi lengua en su boca y mis dedos por delante de sus leggins, empecé a jugar con todos sus labios, cuando conseguí que sus humedades, tanto las de arriba como las de abajo, fuesen magma a punto de desbordarse entonces paré; me dijo de todo: guarra, calientachochos, puta, etc. Pero a partir de aquel día la tenía rendida. Son trucos de gata escarmentada.

 

 

 

Yo, la Gata. De mí debería hablar otro, solamente decir que no me gusta la cocacola, ni los peluches, ni pagar por cosas que deberían ser gratis. Que llevo el cabello corto y mis senos son pequeños, ambos pinchan si los acaricias a contrapelo. Que me gustan los helados de stratcciatella y meterme en la cama con personas complejas (lleven falda o pantalón). Que tengo sangre felina desde pequeñita, que salto y muerdo y araño antes de que el otro lo haga. Que no soy fiel pero tampoco traicionera. Que nunca tengo un plan B y por eso me doy de cabeza continuamente. Y que esta ciudad, o mejor dicho, la gente que la habita se merecen una segunda oportunidad. A mí me respetan los dominicanos, los colombianos, los ecuatorianos, los latinos, todos; saben que no soy como ellos pero podría serlo. Yo soy la encargada de pronunciar la palabra clave para que la ciudad sufra un tsunami de rebeldía

 

 

3) La pala

 

Si las cosas se hacen cuando toca es fácil que salgan bien. No hay que atacar a las instituciones, quemar un Starbucks o apedrear un Zara no sirve de nada. El Parlament, La Caixa o la Torre Agbar simplemente son edificios, simplemente son máquinas para hacer dinero. La gente es la que logra que funcionen sus engranajes, hay que evitar que la gente llegue hasta ellas, hay que evitar que nadie esté en su sitio, hay que evitar que el capital genere más capital. Hay que paralizar la ciudad.

 

Podría ser así:

 

Tiraremos sacos de yeso por los puentes que cruzan la Ronda de Dalt y la Ronda Litoral, leves accidentes de tráfico provocarán trombosis en esas dos arterias. Los africanos se pueden encargar, son fuertes y no tienen mucha conciencia del mal.

 

Ataremos cadenas entre dos farolas de calles estrechas en Gracia, Lesseps, Ciutat Vella y Arc de Triomf. Serán ratoneras para el transporte rodado. Ya tendremos micro infartos en varios puntos de difícil acceso. Los chinos pueden hacerlo, son discretos.

 

Prenderemos fuego a contenedores de basura en el Eixample, en Sants y en Nou Barris. Varios camiones de bomberos intentado moverse en una ciudad atascada multiplica por mil el tumulto. Los metaleros rumanos conocen de memoria la situación de todos los contenedores, ellos lo harán.

 

Twitter y Facebook también ayudarán. Extenderemos falsas noticias sobre derrumbes en la catedral, explosiones en el puerto, escapes de gas en la Zona Franca o incendios en las Ramblas. Cientos de curiosos intentarán desplazarse para ser testigos. Las mentiras mueren pronto pero corren mucho. Los pakis y los hindúes con sus locutorios serán los responsables.

 

Durante la noche anterior habrá que inutilizar todos los cajeros automáticos que se pueda. La gente sin dinero se vuelve loca, y los fabricantes de dinero más todavía. A los rusos les encanta romper cosas, adjudicado.

 

Entre seis y nueve de la mañana hay que parar el metro. Todos los vagones tienen un freno de emergencia; pandillas de  latinos se dedicarán a ello. Un reguetonero loco en cada convoy puede hacerlo, se atreven a eso y más.

 

Y lo más importante: descolocar y poner nerviosos a los del poder perpetuo. Se organizarán peleas multitudinarias entre moros y gitanos -ambos grupos raciales se tienen ganas- delante de cada centro oficial, en los vestíbulos de la torre Mapfre, en el Auditorio, en la Cámara de comercio, en el Bussines Center, en las entradas de los grandes hoteles. Batallas campales en la Plaza Catalunya, en la Estación de Francia, en la parada de taxis del aeropuerto, en la Plaza Sant Jaume;  allí donde se reúnan los que nos putean tiene que haber un jaleo de la hostia. Los Blaumut y Deolinda tendrán que poner en movimiento a todas las hordas de su raza para que se partan la cara en esos enclaves. Si combinamos etnias y violencia gratuita seguro que se cagan de miedo.

 

 

——————————————

 

 

Todo salió mal porque alguien se fue de la lengua. Los días anteriores a organizar el tempo y la cadencia de las acciones hubo batidas de la policía advirtiendo a las demás manadas que no tolerarían ni un movimiento fuera de orden. Deolinda tampoco aparecía. Mi instinto felino me lo recordó: Las gitanas son putas por naturaleza.

 

 


 

 

 

Que todo cambie para que todo siga igual.

 (Giuseppe Tomasi di Lampedusa)

 

 -¿Cuándo coño tenéis pensado comenzar todo esto?  No encontramos a la gitana, pero eso ya da igual. Ella me contó el cómo, solamente me falta saber el cuándo.

 

La pregunta se había quedado un buen rato haciendo eco en la sala, nadie respondía y aquel malparit murmuró:

 

-Putos críos anti-sistema...

 

Entonces, y solamente entonces, supe que habíamos ganado. Cuando te etiquetan o te catalogan sin conocerte es que andan perdidos del todo.

 

Y respondí con la palabra que daría paso al principio de su fin.

 

 –La barca empezará a moverse en cuanto un sólo remo toque el agua.

 

 

 

Provoca el mayor caos y alteración posible,

pero no dejes que te cojan vivo.

(Sid Vicius)

 

Mucho tiempo después nos encontramos a Deolinda cerca del campus de Bellaterra, seguramente se dejaba invitar a las fiestas de telecos para follarse alguno de aquellos universitarios prepotentes e inseguros, van armados con un Ipad y tabaco de liar, pero en el fondo son unos niños. Ella me sonrió con su picardía habitual y nos saludó hipócritamente, como si nada hubiese pasado, como si el chivatazo fuese una travesura sin importancia.

 

La manada no habló, no amenazó, no recriminó, no discutió. Actuó.

 

Yo salté como una gata sobre su cara, mi propósito era sacarle los ojos con las uñas, mi objetivo era morderla y arañarla, quitarle de la cara aquella hiriente sonrisa de traidora. Ella retrocedió y cayó sobre los brazos del negro, que la rodeó con ellos y empezó a unirlos muy despacito, Deolinda se ahogaba, le faltaba el aire, comenzó a ponerse azul. Sé que la intención del Ukelele no era asfixiarla, sé que esperaba a que alguno lo detuviéramos, pero nadie lo hizo. En dos  minutos de abrazo constrictor aquel sensual cuerpo de putón verbenero cayó inerte al suelo.

 

Y allí estábamos otra vez todos como al principio: juntos, callados, desorientados.

 

El Shin Chan se agachó junto a la gitana con esa postura típica de los chinos que parece que vayan a cagar, desenfundó su inseparable cutter y con metódica paciencia desmembró a la portuguesa en tacos perfectamente simétricos, luego se dio a elaborar en cada trozo de carne alegorías varias: signos del zodiaco, figuras del ajedrez, medallas olímpicas, esfinges egipcias, los diez mil guerreros de Xian. Desparramó toda la inspiración que nunca le habían permitido. Cerraron turno los Blaumut devorando, con su acostumbrado silencio, todos y cada uno de aquellos macabros canapés, no dejaron resto alguno.

 

 

Recordemos, una única regla: si tú me jodes yo te jodo.

 

 

 

 

 

Barcelona, marzo de 2015

 

 

(1) T.Mes. Abono de transporte público, el precio mensual es de 105 € para tres zonas, por ejemplo Mataró-Barcelona. En un contrato laboral de media jornada con un salario de 480 € supone casi el 25%, solamente para ir a trabajar a una mierda de fábrica.

 

 

Mi aportación a la segunda convocatoria de La Madriguera de Historias.

Ilustración del increíble Ache (Pau Alaña)

 

 

ONE, TWO, THREE … YOUR LITTLE MOUTH !!!

A todas las que alguna vez me han jodido el sueño,
y a las que en un futuro lo harán

 

Uno. Todo hay que decirlo: tu madre se gastó una fortuna en ti; los mejores dentistas privados, los mejores brackets de metales siderales, los mejores dentífricos y cepillos eléctricos, ¿y para qué? Todo eso lo hizo para que tuvieras una sonrisa perfecta y no para que te vayas metiendo el rabo de cualquiera en la boca.

 

Dos. Si supieras cuánto y cómo me ponen tus morros no le irías comiendo la boca a todos los payasos que te hablan con acento atlántico.

 

Tres. Yo estaba emperrado en follarte por la boca apretando tu cabeza contra mi polla, y tu te resistías mientras me mordías suavecito y murmurabas “feminazi”. Pero nunca te oí decir nada cuando era yo el que me comía el magma de tus profundidades, ya sé que lo hago bien, ya sé que te gustaba, pero hubiese agradecido cualquier palabra de aprobación.

 

Sin número. Supongo que ya estarás con otro o con otros. Supongo que ya no te encontraré en el porno que miro mientras deshecho recuerdos. Supongo que vuelvo a quedarme con las alas rotas. Supongo que tengo que dejar de suponer.

 

blanconegro2010LG soleil

nombres

José Ángel

Giovanni

Saúl

Jorge Antonio

Adán

Luis Ángel

Benjamín

Carlos Lorenzo

Alexander

Cutberto

Mauricio

Jhosivani

Abel

Israel

Christian

Julio César

Antonio

Leonel

Israel

Miguel Ángel

Martín Getsemany

José Ángel

Marco Antonio

Jorge

Christian

Luis Ángel

Doriam

Jorge Luis

José Luis

Magdaleno

Everardo

Jorge Anibal

Carlos Iván

José

Emiliano Alen

Miguel Ángel

Jonás

Abelardo

Felipe

Marcial

César Manuel

Bernardo

Jesús Jovany

 

Solamente son nombres de chicos que así puestos en fila parecen que no signifiquen nada, basta con acompañarlos de la frase que dijo el papá de uno de ellos para que se me claven un poco más

Así como vivos se los llevaron, quiero que vivos los regresen…”

Ya sabemos todos quién son esos cuarenta y tres jóvenes mexicanos y lo que ha sucedido con ellos, no creo -o quizás si- que sea necesario volver a relatar lo que les han hecho.

Leí hace poco en un blog (y no recuerdo dónde, de lo contrario lo linkearía) que su autor estaba tan avergonzado de la masacre sufrida por los 43 normalistas que había tomado la decisión de no tener descendencia, se veía incapaz de mirar a la cara de su futuro hij@ y contarle cómo, porqué y de qué manera alguien había ejecutado tan terrible salvajada contra 43 chicos. Me dio qué pensar, quizás el remedio sea ése, dejar que el mundo se auto extermine.

Pero yo ahora quiero que me sigan doliendo esos nombres, por eso los vuelvo a escribir, para que no se me diluyan en el recuerdo como tantas otras irracionalidades.

José Ángel, Giovanni, Saúl, Jorge Antonio, Adán, Luis Ángel, Benjamín, Carlos Lorenzo, Alexander, Cutberto, Mauricio, Jhosivani, Abel, Israel, Christian, Julio César, Antonio, Leonel, Israel, Miguel Ángel, Martín Getsemany, José Ángel, Marco Antonio, Jorge, Christian, Luis Ángel, Doriam, Jorge Luis, José Luis, Magdaleno, Everardo, Jorge Anibal, Carlos Iván, José, Emiliano Alen, Miguel Ángel, Jonás, Abelardo, Felipe, Marcial, César Manuel, Bernardo, Jesús Jovany

.

A MI MANERA

Kurt Cobain, el de Nirvana, toca los sábados por la noche en el QueTeMueras, un bar de la calle dos catorce, al norte de Seattle, medio atravesado en un suburbio de coreanos, de polacos y de gente que ya no sabe si su país existe.

Este frío cabrón de la costa oeste en noviembre evita que sus huesos se doblen como el plexiglás, y consigue que el aliento nebuloso se le escape de a poquitos por la boca, como esas hormigas que escalan sin prisas las botellas de bourbon barato.

En el QTM hubo tiempos de fiestas, de banquetes, y hasta de matrimonios, pero de aquello ya llovió, era cuando todavía la batería de los teléfonos móviles duraba una semana, cuando la gente se miraba a los ojos y hablaba, cuando los borrachos irlandeses no sacaban el revólver y se liaban a tiros en el local sino que seguían bebiendo hasta acabar abrazados y cantando Campos de Athenry. Ahora solamente paran por aquí algunos grupos de jubilados que no tienen dinero ni para ir a morirse a los cementerios de elefantes de Cancún.

Por eso Kurt ameniza los sábados por la noche con un repertorio ajeno para divertimento de esos abuelos, hace versiones pegadizas de aquellos éxitos noventeros de los Backstreet Boys, siempre pensando en las míseras propinas que le ayuden a costear un divorcio inacabable con aquella histérica de Courtney Love.

Lo último que sabe de Courtney es que ahora vive con una negra grandullona y desdentada, una marimacho afro que se enfunda un cinturón poronguero de cuero negro -armado con una polla del calibre veintitrés- y le da mambo del bueno por delante y por detrás cada vez que Courtney se deprime delante del espejo, porque el reflejo de ese fucking mirror no le miente, le dice a la cara y sin medias lenguas que ya tiene cincuenta otoños, que tiene el alma y las tetas caídas, que la sangre se le está volviendo sopa agria de remolacha por culpa de los anticuerpos del sida que circulan por sus venas desde el 98.

_ _ _ _ _ _ _ _ _ _

El próximo domingo está anunciado que vendrá a cantar Nina Hagen, lleva tiempo preparando unos remixes de tres minutos con los temas de AdeleEntona de puta pena el Rolling in the Deep  ya que no es su estilo, pero una diabetes barriobajera le ha dejado los tobillos como columnas jónicas; ya no puede sobrellevar el ritmo desquiciado y punky de sus orígenes.

En el último control de glucosa un médico filipino que habla un inglés marine y portuario le advirtió: o se controla o le amputamos los dedos de los pies. Y Nina ha tirado todas sus sandalias de verano y se ha comprado calcetines de una talla menos. Es adicta a las Oreo y a los Emanems.

Pero esta es otra historia.

.

De esto Carmen tiene parte de culpa.

.

A ESTA CIUDAD LE FALTAN CALLES Y LE SOBRAN COCHES

Viernes. Octubre. 9:35 AM Un hombre descalzo camina entre las hileras de coches parados frente al semáforo en rojo de la Meridiana con Aragón. Pide limosna a los conductores, casi todos le rehúyen la mirada y –forzosamente- pacientes aguardan a que el semáforo se abra. A cambio de unas monedas ofrece clínex o un paquete de Tuc sabor original, nadie acepta las galletas. El hombre descalzo tiene la misma barba descuidada, los mismos dientes podridos por el tabaco, los mismos ojos de iluminado que el mismísimo  Cortázar. Él también podría escribir un cuento titulándolo “instrucciones para no ser feliz”, tiene un doctorado en mala suerte y va sobrado en másteres de reveses personales para poderlo publicar. Soporta el desdén de la vida tarareando en silencio el estribillo de una canción de Radio Futura: “eres tonto Simón y no tienes solución”.

Es un hombre triste.

 

Viernes. Octubre. 9:39 AM Una mujer gordinflona, cuarenta y pico años,  y con una depresión de caballo que la incapacita para trabajar espera en el paso de cebra a que el semáforo peatonal le dé vía libre. Su mirada ausente sigue el zigzaguear del vendedor de clínex. Las raíces obscuras de su pelo teñido de trigo tienen varios centímetros, algún experto estilista podría calcular el tiempo transcurrido desde la última visita a la peluquería, son como esos aros concéntricos del tronco de los árboles que señalan las primaveras cumplidas antes de ser talados. El Mambo Gozón de Tito Puente que bailó el día de su boda se le cruza como un recuerdo por la cabeza pero no es capaz de borrar la pregunta que le martillea toda la semana. ¿Cómo una mujer maltratada, abandonada y sin recursos le explica a su hija de ocho años que hoy las van a desahuciar del piso por impago reiterado y tendrán que dormir en un cajero automático o en la entrada de un garaje? Su hija es pequeña pero no es idiota, todavía es incapaz de entender porqué viven sin energía eléctrica, porqué llenan garrafas de agua en la fuente para lavarse.

Es una mujer triste.

 

Viernes. Octubre. 9:43 AM En el chaflán de la calle Rogent hay un coche mal aparcado, un Renault Laguna plateado, modelo antiguo de finales de los noventa. En su interior dos gitanos de Nimes hablan con ese francés goloso y lleno de tropezones que solamente pueden entender los de su rama. Un hombre joven con rastas y camiseta de Desigual se para a su lado, cruza dos palabras con los gitanos e inician un intercambio. El próximo sábado hay una fiesta de telecos y este joven quiere tirarse a una princesa de primero de ADE, ella le ha prometido entregarle su diamante depilado si él es capaz de hacerla volar, él piensa que un poco de ayuda química nunca viene mal, está equivocado. De las manos del universitario aparecen un billete de 50 y uno de 20, de las manos de uno de los gitanos aparece una bolsita con 2 gramos de Ketamina. Un rápido movimiento de prestidigitación y la merca cambia de propietario. Durante toda la transacción sonaba en la radio del coche la guitarra estupefacta de Angus Young eternizando el Thunderstruck.

El universitario no está triste y no tendrá tiempo de estarlo.

 

Viernes. Octubre. 9:47 AM Una hilera de párvulos caminan paralelos al carril bici de la calle Valencia. Van atados por la cintura con una cuerda y al principio de ésta los guía una chica de unos dieciocho o diecinueve años, lleva mechas azuladas en el pelo que le dan un aire falsamente alternativo. No presta atención ni al tráfico ni a los críos, está abducida tecleando en su smartphone. Dentro de veinticinco años todo seguirá igual, los niños serán adultos atados con jodidas obligaciones socio laborales, y estarán guiados por un líder que hace caso omiso a sus necesidades, que mira únicamente por su interés. La chica está en sus cosas, tiene un novio nuevo que la anda presionando para follar, ella le ha pedido un imposible. No le importan la mierda de trabajos que consigue a tiempo parcial (promotora, canguro, tele operadora), no le importan los cuatrocientos euros que ganará y que servirán para pagar las putas tasas de la universidad, no le importa la algarabía de esos críos que tiene que llevar del cole al gimnasio escolar y del gimnasio escolar al cole. Lleva las orejas punzadas de aretes, piercings en labio, nariz y ceja, quizás alguno oculto en un pezón, cada uno de estos sabotajes a la dermis son balazos mal curados de amores contrariados. Malú con esos agudos fatalmente  sostenidos está rompiendo los algoritmos de compresión de su Mp3.

Ella no está triste pero lo estará.      

 

Viernes. Octubre. 21:52 PM Un hombre desaliñado -que se parece a Cortázar y camina descalzo- sale del 24/7 de los pakis con dos bricks de vino barato, hoy cenará unas Tuc sabor original remojadas en tinto, esta mañana tenía dos paquetes de galletas pero uno se lo ha regalado por pura lástima a una señora en la parada del metro hace poco menos de diez minutos. Al final de la calle hay ruido de sirenas acompañadas por luces azules y amarillas, policía y ambulancia, mala señal.

Cortázar no es curioso pero quiere saber.

En la zona cero de la desgracia se halla una muchacha de vetas cobalto en el pelo con un ataque de histeria y atendida por los sanitarios, dos metros más allá una sábana de papel de aluminio tapa el cuerpo sin vida de un joven con rastas.

La muchacha al salir del trabajo se acercó a casa de su nuevo novio para negociar el imposible, para endurecer o aflojar las condiciones, no quiere otro desastre en los trámites del querer, no necesita otro agujero en su cuerpo con un pendiente de acero quirúrgico que le recuerde otra –la enésima- mala historia.

El novio para darse un valor que no le hace falta ha probado la mierda que le vendieron dos gitanos esta mañana, la keta estaba tan mal cortada que la dosis le ha explotado dentro de la cabeza, durante unos segundos ha creído ser murciélago sediento y ha saltado por la ventana en vuelo circular de reconocimiento buscando victimas propicias.

La policía acordona la zona e intenta hacer retroceder a los mirones, por la radio emisora del coche patrulla se solicita su desplazamiento urgente hacia la cercana estación de metro del Clot; una mujer se ha tirado a las vías del convoy, el maquinista no ha podido hacer nada para evitar arrollarla. En el andén ha dejado tres bolsas con ropa, dos cajas de libros y una niña de unos ocho años que llora desconsolada con un paquete de Tuc sabor original en la mano.

 

A esta ciudad le faltan sentimientos y le sobran tristezas.

pintada de A.B.

pintada de A.B.

DOÑA MARINA (Malinalli Tenépatl)

 

malinche

MALINCHE

Anoche reuní a todos los hombres del mundo en mi casa, eran muchos más de los esperados. Algunos se quedaron en la entreplanta, otros se tuvieron que esperar por las calles.

Reuní a todos, a los listos y a los tontos, a los guapos y a los feos, a los altos y a los bajos, a los que dicen que la tienen grande y a los que se prueban braguitas de mujer, a los que tienen seis dedos y a los que les falta cerebro, a los que no se afeitan y a los que se pintan los ojos.  A todos.

Les pedí que me hicieran el favor de no robarme a mi Malinche. Les hablé de su pelo largo, de sus ojos de gata, del secreto de sus tetas.

Dialogaron entre ellos y decidieron por unanimidad (y esto es bien difícil entre tantas toneladas de testosterona) que sí, que de acuerdo, que no me la robarían. Como argumento les dije que ahora tengo dificultades tecnológicas, dificultades laborales, etc., etc. Supongo que me comprendieron o que me vieron muy apurado, no sé.

Pero entre tanto macho allí reunido siempre tiene que haber algún Judas cabrón, fue ese mismo el que preguntó: ¿y si la Malinche decide dejarse robar? Yo me encogí de hombros, ahí no se puede hacer nada.

Dos semanas después mi Malinche se fugó con Judas.

——————————————————————————————————————

MALINTZIN

Anoche reuní a todos los hombres del mundo en mi casa, eran muchos más de los esperados. Algunos se quedaron en la entreplanta, otros se tuvieron que esperar por las calles.

Reuní a todos, a los listos y a los tontos, a los guapos y a los feos, a los altos y a los bajos, a los que dicen que la tienen grande y a los que se prueban braguitas de mujer, a los que tienen seis dedos y a los que les falta cerebro, a los que no se afeitan y a los que se pintan los ojos.  A todos.

Les pedí que me hicieran el favor de no robarme a mi Malintzin. Les hablé de su pelo largo, de sus ojos de gata, del secreto de sus tetas.

Los hombres cuando se trata de retos imposibles, de empresas surrealistas, se tiran de cabeza sin medir las consecuencias. Decidieron apoyarme, juraron corporativismo a muerte por mí. Como argumento les dije que ahora tengo dificultades tecnológicas, dificultades laborales, etc., etc. Supongo que me comprendieron o que me vieron muy apurado, no sé.

Dos semanas después vi a mi Malintzin besarse con Ixchel, una lasciva princesa maya. Yo no había tenido en cuenta a la otra mitad de la población mundial.

 

.

TIENE LOS PIES SUCIOS Y LOS OJOS AZUL PERDICIÓN (spin off)

— SUGERENCIA: dale al play, volumen muy bajito, luego lee  —

 

 

Ella tiene los pies sucios porque siempre va descalza, dice que es su manera de estar en contacto permanente con la Tierra. Tiene miedo a salir volando de este planeta si alguna vez no lo siente bajo sus pies.

Nunca supe cómo se llamaba, solamente que tiene los pies sucios y los ojos azul perdición. En realidad no me importa su nombre, no es un dato indispensable. ¿O sí? Estoy maldecido a no recordar el nombre de ninguna, todo lo más que me viene a la cabeza son los detalles de su ropa interior, el nombre de su perfume, y el tono de su carmín. Por el mismo orden: no lleva, cualquiera que esté de oferta, Rouge in Love de Lancôme.

Sé que le gusta el color sepia, ese mismo color de las fotografías reveladas con nitrato de plata, o como el de las páginas de novelas que tratan de investigadores privados y rubias de nombre compuesto.

Ella habla de la gente muerta como si todavía permanecieran vivos, como si estuvieran en la misma habitación charlando de banalidades. Sin ir más lejos justo ayer dejó caer que Nicanor Parra le había confesado que está buscando dónde comprar un billete de autobús para ir a visitar al Cristo de Elqui. Luego se quedó mirando al infinito por encima de todos y con aire de estar esperando una respuesta. Yo dije que ni puta idea, que de antipoetas y de cristos ando justito, más bien nada.

También sé que le gustan las películas antiguas, los olores de animales extintos y el café hirviendo. La verdad es que todo esto son conjeturas, suposiciones. Ella no cuenta nada, va dejando miguitas de pan para que el resto –cualquier desgraciado atrevido como yo- encaje las piezas de su puzle.

Ella le cambia el rumbo a las palabras, las marea, las trastoca, las extravía. Cuando dice ahora quiere decir camaleón, cuando dice bizquera contagiosa significa literalmente estoy buscando unos pendientes de plata que perdió mi abuela en su viaje de bodas, y cuando dice un poco más de tequila, ande, sea bueno en realidad está diciendo imperativamente ¿quieres hacer el favor de tomar un avión y venir aquí? Se me está quedando el culo plano de esperarte sentada.

Ella empezó a levantar una pared de adobe y rastrojo en el preciso momento en que nos conocimos. Un muro con botellas rotas incrustadas en el borde de arriba. Un escudo de protección para mí, no para ella.

Antes de tener la más mínima oportunidad de insinuarme ella empezó a contar la historia que la trajo hasta aquí, hasta esta taberna de ambiente gaélico.

Más o menos fue así:

 …mi padre estaba escaso de dinero en un momento en el que le era muy necesario, entonces se le ocurrió vender mi virginidad  por diecinueve dólares con sesenta y siete centavos, el precio exacto de una entrada para asistir a la final de los Yankees. Ver al todopoderoso Joe DiMaggio sembrar jonrones bien valía mi odio eterno, yo no era más que una mocosa engendrada por descuido en una noche de tiroteos, sirenas y gente que nunca ve nada. Yo sería el premio gordo de una partida de póker entre varios capos italoamericanos, llegados desde los suburbios de Detroit hasta Nueva York aquel verano de mil novecientos cincuenta y cinco para ver la puta final de béisbol.

Las Vegas queda perdida en medio de un desierto y Atlantic City es tan decadente que acabaron improvisando una timba ilegal en la cocina de un bar de la Doce con Lexington. Las manos de cartas iban sucediéndose, los naipes eran remolinos alocados sobre el tapete, fichas de a dólar, de a diez, de a cien, rodaban de un lado para otro.

El dos de corazones no salió en toda la noche.

Yo esperaba sentada, tranquila y descalza, sobre un taburete alto. Bebía sorbos de algo transparente y reposado que me escaldaba la lengua; fumaba dibujando aros planetarios en cada calada. De vez en cuando saltaba al suelo para sentir el temblor del tren subterráneo bajo mis pies, para confirmar que todavía pertenecía a este mundo, después volvía a subirme en el taburete y continuaba esperando.

A veces la suerte sonreía a uno o a otro jugador. Entonces mi estrategia era mirar fijamente al ganador de turno, colarme en su interior a través de las pupilas y cambiar de sitio sus órganos vitales, convencer a las sístoles y a las diástoles que son judías y hoy es Sabbat, tejer trenzas con sus arterias, atrapar las muchas canciones de blues que un día escuché en el ferrocarril y dejarlas retumbando un buen rato en la cabeza de aquel pobre desgraciado.

Al amanecer declararon desierta la partida ya que a nadie le apetecía perder la razón e ingresar en un sanatorio mental por aquella quinceañera de ojos azul desastre y boca en forma de humo.

A partir de aquella noche estuve yendo al oeste de Manhattan todos los domingos del resto de mi vida, incluso aquel en el que Armstrong se bajó del Apolo a echar una meada en la Luna tras un viaje de trescientos mil kilómetros. Estuve yendo al edificio Dakota, precisamente donde matarían a John Lennon, donde el diablo violó a Mia Farrow, donde Holden Caulfield podría tener alquilada una buhardilla a perpetuidad; llegaba al atardecer y dejaba en el suelo un puñado de flores de parterre envueltas en papel de periódico. Aquella noche de póker los Yankees neoyorkinos habían perdido cuatro a tres contra los Dodgers brooklyneses y uno de aquellos cabrones italianos del boliche me hizo el mal favor de mostrarme en qué cimiento exacto estaba el cuerpo de mi papá, porque el pobrecito no había podido devolver el importe del préstamo…

Escuché toda aquella historia de timbas de póker, de apuestas inverosímiles, de cuerpos ocultos en el cemento, de mafiosos del medio oeste. Aguanté de cabo a rabo todo el rollo, vislumbré erróneamente que era sin más una táctica fantasiosa para no dejarme entrar en su cama.

Pero los síntomas de mi enfermedad –juventud, fanfarronería e inconsciencia- eran más fuertes que la precaución:

-Podría hacerte el amor toda la noche sin dejar de mirar esos ojos azul obsesión. Podría dejarte satisfecha solamente con mi polla y mis manos, sin perder de vista esa mirada de color azul mentira. Estaría horas y horas haciendo que se desbordaran tus orgasmos sin pestañear ni un segundo y continuaría hipnotizado por esos ojos azul incertidumbre.

-¿Y si no eres capaz? ¿Y si no eres bastante hombre?

-Prometo multiplicarme por dos, por tres, por mil, y consumar mi palabra.

-Cuidado con las promesas, a veces se cumplen.

Al alba los neones del motel dejaron de ser intermitentes, los repartidores de periódicos comenzaron su ruta esparciendo la vieja noticia del desastre de Vietnam. No tuve más remedio que rendirme:

-No puedo más, dentro de ti he visto el infierno, y no es rojo. Es azul.

Ella tiene los pies sucios, los ojos azules y muy mal genio, como si ocultara una ciclogénesis bajo las uñas:

-Tendrás que desdoblarte, triplicarte, multiplicarte, tal como prometiste, o acabarás siendo el tipo que vende armónicas a los presos de San Quintín, y aprovecharás los días de visita para tener un bis a bis con una cuerda, yo misma la ataré a tu cuello por un extremo y a las cañerías que cruzan el techo por el otro.

Desde aquel día me llaman el Hombre Doble, y permanezco siempre de pie en contacto con la Tierra. Es la única manera de tener algún lazo con ellas.

.

 

 

 

ROBÓTICA

máquinas

Los hombres se fueron distanciando poco a poco de las máquinas, decían que éstas eran frías, poco románticas, casi frígidas. Hasta que un día -desencantados- las abandonaron a su suerte.

Los cortacéspedes y los motocultores quedaron olvidados en los jardines, dejando que la maleza y los hierbajos acabaran sepultándolos. Los coches y las motos se oxidaban irremediablemente en los garajes subterráneos, en las cunetas de las autovías, en zonas de aparcamiento prohibidas las quincenas alternas. Los ordenadores, las impresoras y los escáneres sangraban sus megabytes en los trasteros de las oficinas, sin que nadie se acordara de ponerles una tirita de emergencia.

Las máquinas llevaban media vida con los hombres, necesitaban de ellos, no eran nada sin un inepto que las estropeara de tanto en tanto; el embrague y el freno necesitaban un pie que los sometiera, el taladro de bricolaje y el secador de pelo necesitaban un dedo que les apretara el botón rojo de on/off.

Ellas hicieron un último intento de reconciliación -en eso se parecían a la vieja derecha europea con el sueño antiguo de que nunca nada debería cambiar-; las máquinas bajaron los decibelios de sus motores para ser menos agresivas con el oído de los niños, redujeron su consumo energético para ser más eficientes y adaptarse a las crisis fósiles, se tragaron sus propios humos de escape y sus residuos atómicos para no ensuciar más el planeta azul, que los hombres llevaban jodiendo desde el principio de los principios. Pero nada, el esfuerzo no sirvió para nada. Los humanos estaban reaprendiendo a construir sus vidas sin artilugios mecánicos, eléctricos o micro ofimáticos.

Las maquinas estaban faltas de cariño.

Y no podían consentir ese desdén, no era justo ese divorcio sin previo aviso. Sí, de acuerdo, tenían defectos de afecto, pero ya venían de serie, estaban mal diseñadas por sus inventores.

No se conformaron. Se hicieron autosuficientes. Buscaron su placer entre ellas mismas a falta de humanos que las mimaran…

Ahora en los multicines proyectan películas XXX exclusivamente para máquinas, erotismo y pornografía de alta tecnología, y en 3D: los pistones y los amortiguadores se lo montan con las válvulas y las juntas de culata en talleres plató, ellos llenos de grasa sintética SAE40W, ellas con tanga y pintaditas con aceite de motor; un martillo percutor con una broca descomunal hace un trío con una lavadora y una campana extractora, ¡qué vicio, qué vicio!; incluso dos home-cinema salen del armario y se introducen el mando a distancia por todas sus ranuras HDMI.

 

Nota: Ayer mi vieja Citroën me dejó tirado. Estuve acariciando su capó y hablándole dulcemente al retrovisor durante un buen rato. Ni caso. Creo que ha visto un túnel de lavado que le hace tilín.

LE LLAMAN TARANTULA

Se quedó calvo antes de los veinte; por leer cosas sucias decía una madre que nunca le quiso. Y él se ríe por dentro, porque para masturbarse no le hacen falta fotos ni relatos, le basta con su imaginación. Para compensar las burlas sobre su calvicie se tatuó una araña en el centro del cráneo, y una telaraña octogonal acabó extendiéndose desde el final de la frente hasta el principio de la nuca y de una oreja a la otra.

El día que cumplió los treinta llegó a casa sin dos dedos de una mano. Una máquina del taller, con mal aliento y peor genio, le echó mal de ojo y le aplastó los dedos de la mano derecha entre sus mordazas. Él tuvo que aprender a escribir, a pegar y a tocarse con la izquierda. Aunque de vez en cuando, por la costumbre, todavía levanta la taza del café con la mano averiada y acaba vertiéndoselo por la camisa. Desde entonces lleva un guante de terciopelo azul en una mano solamente, como aquel negrito pederasta que se bailaba el moonwalk entre sueños de barbitúricos.

Ahora sabemos que es calvo, que tiene la cabeza atrapada en una telaraña de tinta, que sale a la calle lleno de lamparones y una mano abrigada a destiempo. Ahora sabemos todos estos datos. Pero ¿podríamos saber qué hace Tarántula por las noches?

tarantula

LOLA (genealogía)

Su nombre completo podría ser Manuela Malayerba Sweet. Unos la llamamos Lola, otros la llaman Mala, y en su avatar firma como Swenny, que debe pronunciarse nasalmente: Suinni .

Su abuela:

Janice Sweet -se pronuncia Llanís Suit-, irlandesa gaélica devota de San Patricio, pelirroja, europea y arrogante, descendiente de un antiquísimo clan matriarcal de diseñadoras de sonrisas. Cuentan que Leonardo da Vinci solicitó los servicios de esa familia siendo rechazado el requerimiento: ándese con cuidado, viejo chalado inventor de artefactos inservibles, la cara de una mujer no se puede decorar por encargo. Y la Gioconda quedó enigmática de por vida gracias al desaire de una predecesora de Lola.

Janice emigró hacia el sueño americano y plantó sus caderas escurridas en Missouri, para ejercer de maestra en cualquier pueblo con más de diez alumnos y menos de un tornado por semestre, pero acabó de ramera suplente en los moteles de la ruta 66, entre Tulsa y Amarillo. Empezó satisfaciendo a viajantes de comercio en la parte de atrás de las estaciones de servicio. Coleccionó muchos ayeres perfeccionando la postura del misionero: apoyaba las tetas en el capó de una camioneta, se bajaba las bragas, rezaba una letanía aprendida de memoria y sin entusiasmo –dont’ stop baby, fuck me, oh my good-, y diez minutos después volvía a subirse las bragas llenas de tierra.

Aburrida de aquellos amores poco rentables se inventó la tarifa de la happy hour, revolucionó el dos por uno: dos hombres a la vez compartiendo mujer y precio. ¡Se hizo rica en la mitad de tiempo!

Engendró diecisiete hijos, todos varones, -uno negro como el carbón de las minas irlandesas y los otros dieciséis con el pelo zanahoria- uno tras otro cada siete meses. Ninguno de ellos fue bautizado por el miedo a que quedaran marcados con una cruz indeleble de ceniza en la frente, excepto el negrito, porque en su piel no podían quedar marcas eternas. Cuarenta y cinco años después éste negrito se dedicó a recorrer todo el país diciendo a la gente lo que ésta quería escuchar; en todos los discursos empezaba y terminaba igual: Yes, we can (lles güi kan), llegó a ser un reconocido congresista y finalmente fue elegido presidente del país más poderoso del mundo. En los círculos facinerosos y derechones del Tea Party llamaban al nuevo presidente “ese negro hijodeputa” sin saber que los dos adjetivos eran exactamente correctos.

Janice acabó en su madurez casándose por el rito católico romano con un charlatán de feria que había estado media vida buscándola; se casó vestida de blanco impoluto y con un séquito de doscientas catorce damas de honor, todas ellas compañeras de carretera y de noches amazónicas. Terminaron borrachas en el brindis nupcial, bebiendo medias pintas de Guinness, cerveza negra diez veces más rica que esa mierda de American Bud, bailando semidesnudas sobre las mesas, alborotando la fiesta desde bien entrada la noche; los comensales metían billetes de a dólar en la cinturilla de sus tangas y algunas – las más avispadas- acabaron rifando su virginidad postiza al mejor postor.

Medio siglo después, en el soleado invierno de Florida, Janice se cagaba de la risa cada vez que miraba a su hijo el presidente por la televisión y les decía -a todo el que quisiera escucharla- que el tiempo le había dado la razón, y que podía afirmar con todas las de la ley que los gringos son intrínsecamente más machistas que racistas; lo supo desde el momento en que no le sirvió de nada haber llegado a ese país con todas las tragedias  de Shakespeare leídas y memorizadas, no le sirvió de nada haber llegado a ese país sabiendo cuadrar las millas a kilómetros y los galones a litros, no le sirvió de nada tener la cabeza bien ordenada y tener que dedicarse  utilizar todos los agujeros de su cuerpo para poder salir adelante.

 

                                                 Para m. que ha prometido morderme la lengua si no lo hago yo.

ALFILERES

Ella ya sabe que todo es mentira, o casi todo.

No le importa pintarse el pelo de colores, porque su obscuro natural -de tierra prometida- siempre queda por debajo y acaba aflorando, no hay nada que hacer.

Lleva media vida esperando un candidato electoral que le prometa cosas imposibles, que la engañe con mentiras de sabores, que le deje un regusto a fresas en la lengua, quiere alguien que le diga que los lunes dejarán de joder tras los domingos, que la lluvia vendrá con advertencias veraces, que los números tendrán opinión propia, que las pecas son mapas estelares dibujados en su piel de india trashumante.

Los vértices intactos de sus tetas siguen el movimiento pendular del tiempo; del tiempo que tarda ese candidato en cumplir las promesas, del tiempo que se toma ese candidato en interpretar los caminos de sus lunares. Y él tiene el mismo arrepentimiento que un preso indultado: ninguno.

Desde entonces transporta mundos muertos en uno de sus bolsillos, en el otro guarda lágrimas intactas, húmedas, vivas, encapsuladas por la propia ingravidez del llanto, dispuestas a desbordarse mejillas abajo en cuanto muera otro mundo.

 


Algún día aprenderá a matar con los ojos, aprenderá a sostener su mirada el tiempo necesario, conseguirá meterse a través de las fibras del nervio óptico y alfiletear    todo mi cráneo por dentro hasta construir un dolor que me haga vivir.

HUELGA

Huelga de qué, para qué, por quién.

Huelga inútil de subordinación a la entrada de la Seat en el turno de noche, huelga inservible de proselitismo frente al Corte Inglés por la mañana. Huelga para que todo quede igual, huelga para que las cosas cambien sólo a favor de los de siempre. Huelga por que los subvencionados no pierdan su derecho a dinero gratis, huelga por los que no tienen nada que perder nunca puedan perder nada.

Quiero una huelga efectiva, con una violencia justita –la colleja (suave) al conseller d’economía o al concejal de urbanismo estaría bien vista y no sería delito-, una huelga sin discursos de sindicatos obsoletos, una huelga sin supuestos y sin estadísticas mentirosas.

Quiero que la mano derecha haga huelga y todo nos salga torcido, esperando que así se enderece la cosa (ojito los zurdos no abusen de su destreza en un día como hoy). Quiero que las pornoactrices hagan huelga, y que los salidos utilicen su imaginación para tocarse, ya está bien de que todo se lo den hecho. Quiero una huelga de las redes sociales y que la gente vuelva a comunicarse como siempre: tomando unas cañas y despellejando unos cacahuetes, hablando por hablar y dejando pasar el tiempo.

Quiero una huelga de sirenas de ambulancia y de mangueras de bombero, que nadie las necesite y sean objetos del museo de antropología. Quiero una huelga de las putas que hay tras el estadio del Barça, que cierren las piernas y que los hinchas no utilicen el subterfugio del fútbol para un disfrute de emergencia. Quiero una huelga donde la gente pueda mearse en los probadores del Zara y que su dueño sea el directivo mejor pagado en olor a pis. Quiero una huelga donde los seguratas del metro tengan como mínimo el graduado escolar. Quiero una huelga donde no haya que pagar ninguna comisión a los bancos, para que cierren y se reconviertan en fumaderos legales.

Quiero una huelga de cuatro años para que nos olvidemos de esta puta crisis (es el tiempo que tarda cualquier mierda de alcalde en tener su futuro solucionado). Quiero una huelga de bisturíes, de silicona, de injertos, para que las tetas sean de caída natural, para que los calvos tengan cara de felicidad. Quiero una huelga de ventanillas abiertas y poder viajar en autobús sin preocuparme de los guarros que no utilizan desodorante. Quiero una huelga donde los cantautores con varios discos de oro no sean los principales portadores de pancartas. Quiero una huelga donde Bruselas se meta sus directrices por donde amarga el pepino. Quiero una huelga donde la gente se busque la vida como siempre lo ha hecho: trabajando, soñando, divirtiéndose.

Quiero una huelga de no recoger mi bandeja en el McDonald’s, un asco de comida de plástico a precio de percebes. Quiero una huelga de no tener que pagar por el arte, como mucho invitar a una paella al artista que se lo merezca.

Quiero una huelga de las olas del mar para que no borren de la arena el nombre escrito en el verano de mi adolescencia.

Y tú ¿qué huelga quieres?

EL CÍRCULO

A veces el círculo era ella, otras veces era yo, aunque nunca llegamos a coincidir los dos en uno mismo. Olvidado estaba el período de la creación del círculo; empezó a formarse hace mucho tiempo, muy lejos, y con la distancia no se apreciaba su fino contorno, que ya pudiera estar fabricado de ladrillo entrecruzado o dibujado con fina tiza escolar. No me dí cuenta de su presencia hasta que me encontré dentro de él. Al principio lo confundí con el tiempo, creía que el círculo era el pasado y que lo recordaba a medida que me alejaba; también se me presentó como el futuro, enclaustrado en su redondez, y que yo debía alcanzar para vivirlo y liberarlo. Llegó a ser tan nítido y, a la vez, tan difícil de definir.

Pero en el principio de los círculos estábamos y yo, engañándonos con eclosionar en nuestras prisiones. Me odié por no poder entrar dentro de tu círculo. Aprendí a moverme dentro de mi desierto acotado para aproximarme a ti. Acumulé tanto rencor que incluso pensé en matarlo, ignorando que mi círculo era mi vida.

Lo peor era cuando los círculos se superponían pero no llegaban a fundirse, hasta que acepté que cada uno pertenecíamos a círculos distintos, plurales, un círculo diferente para cada uno. Diferente en verbo, diferente en tamaño, diferente en voltaje, nuestros círculos giraban y giraban en espiral para volverme loco.  Mi círculo se hacía inmenso para hacerme creer que ya estaba fuera de él, y corría irrealmente para poder llegar hasta el tuyo, sin saber que nunca saldría del mío.

Los círculos me han perseguido desde pequeño, desde que aprendí a diferenciar los colores y las formas. Las aristas y los vértices de cualquier objeto permitían un punto de sujeción para retenerlos. Pero en cambio el círculo, o las esferas, se hacían esquivos a mis pequeñas manos y desistía de su amaestramiento.

La obsesión por lo redondo es perpetua: los donuts, las canicas, las bolitas de anís, el cero de la bandeja de entrada. La mayoría de las letras de cualquier alfabeto poseen círculos o porciones de ellos, las monedas son redondas desde las fechas de los reyes consuetudinarios. Los ciclos lunares, las ruedas que mueven la historia del mundo, el volante de mi coche, las pupilas de tus ojos, los anillos matrimoniales, el final rosado de tu pezón, los balones de fútbol, este fatigado planeta, incluso tu culo apretado por esos tejanos es bastante redondo. Todo posee relación con el círculo.

Con el paso de los siglos, aprendí a dominarlo, hacerlo girar en tu orbita, hacerlo crecer para avasallar a otros círculos, hacerlo disminuir para camuflarme y espiarte, hacerlo bailar como un tiovivo, hacerlo parar como el sol incandescente de un mediodía sureño. Engañarlo, mentirlo, crearlo y variarlo en un juego infinito, formar parte de ese círculo con todos mis átomos, abandonarlo con todo mi desprecio para no llegar a formar parte de su identidad, cambiar el valor del número µ (Pi) para no poder calcular nunca su área. Cuando todos los movimientos y efectos de mi círculo provenían de mi voluntad, fue en ese momento cuando decidí acabar con él, aún sabiendo que no te volvería a ver más.

Logré agrandar el diámetro de mi círculo infinitamente, hasta que su radio fue  proporcional al tiempo que se tarda en deletrear mil veces las dos letras que componen tu nombre. Lo tuve algunos días engañado con su enormidad. Luego cambié la estrategia: fui llamándote a distintas velocidades, encogiendo inversamente y a la misma vez su perímetro, que se ceñía concéntricamente, en cada reducción, a mi cuerpo. Hasta la última vez que (rápidamente) te pronuncié. Entonces el agonizante círculo solo fue un punto -¿redondo?- que había desaparecido junto a ti cuando ya había estrangulado mi cuello.

Por círculos de los círculos, amén.

NOTA: hay otra versión de este texto, primaria, canalla y espontanea, donde no incluí las tres primeras letras de la palabra que tanto se repite.

Obvio que no aprobé geometría, me pasé todo el semestre mirando el círculo de la profesora.

SALA DE LOS MORIBUNDOS

En el hospital de la montaña hay una planta entera donde a los hipocondriacos, y a los desahuciados, les rellenan el frasco del gota a gota con agua caliente del grifo, dicen que no vale la pena hacerles felices.

Me colé en la sala de los moribundos buscando un rincón donde escupir los herrumbres de tanto café de máquina. Las enfermeras barrían los pulmones del viejo de la 107, que ayer los tosió tras la puerta. Vendajes y apósitos por el suelo.

El taxista loco de la 201 dejó que el hombre que violó a su hijo viviera doce años y un día, justo el tiempo que lo condenó la justicia, después lo arrolló con su viejo taxi, un supermirafiori 1500. Lo atropelló en la calle Entenza esquina Rosellón, al salir de la Modelo; ahora vive a pensión completa en la sala de los moribundos, su historial médico indica que está loco, que se quiere matar en su taxi, licencia número 1967.

Los borrachitos de la planta de abajo vienen a ver a los bronquíticos, unos esperan un hígado de recambio, otros llevan atada a la espalda una botella vacía de oxigeno. Organizan timbas de julepe en los descansillos del ascensor, se juegan una copa de anís o un par cigarrillos Winston paquete blando. Pero desde que murió el asmático de Lorenzo apuestan sin mucha ilusión, les abandonó antes de pagar la deuda etílica que tenía con el cirrótico de la 369.

Vicentico Pérez y Celia Cruz siguen cantando sus vasos vacíos en el mp3 de la enfermera, y se olvida completamente de que es la hora de repartir el veneno de las 22’30h.

( Defecto reconocido: quiero abolir los impuestos del tabaco y del alcohol, patrocinan lo que peor funciona en este país: sanidad, cultura, derechos sociales  )