LO.LEE.TA

A ella le doblo la edad, aunque este dato no sea indispensable, lo mejor es dejar claro que mueve el culo como un demonio y el pelo como los ángeles. En cambio yo busco asiento en el metro  y me afeito la cabeza para disimular la alopecia. Ella sonríe a la vida con sus dientes blanquísimos y sus labios rojos, y yo voy dos veces al año a Vitaldent para que me maquillen las manchas del tabaco y algún empaste traidor.

El sábado por la noche  me lo paso con su mamá, la cual me considera un gentelman  en vías de extinción porque le abro la puerta del taxi y le acomodo la silla del restaurant.  En cambio mi ángel/demonio ocupa esa noche en hacer babear de lujuria a todos los mindundis del Joy Eslava; jamás el merengue, la bachata y la salsa se han bailado con tanta lascivia, ella convierte la danza en un arma destructora. Pero los domingos por la mañana, mientras su mamá  me cocina una riquísima sopa de carabineros, nosotros recorremos Argüelles. Yo invito a vermú de grifo y a mejillones tigre, mientras ella encandila a toda la barra del bar. La lástima que sienten los camareros por mí yo la traduzco en envidia. El vermú de Reus, siempre de Reus  -porque en Tarragona tienen dos cosas: petroquímicas y destilerías, y yo invariablemente he sentido filia por los espíritus con graduación-  sigue corriendo por mi cuenta mientras ella se hace  dueña y señora de todo Pintor Rosales. Ella y su minifalda. Siempre la cortísima minifalda, en invierno y en verano. Abjuro de los seis kilómetros de La Castellana frente a la longitud de sus piernas y el santuario que esconden en el vértice de su unión.

Hemos follado dos o tres veces, no lo recuerdo con precisión, aunque debería haberlo anotado; medallas olímpicas no se ganan todos los días. Dejamos de meternos en la cama porque mientras yo intentaba batir mis marcas ella tenía la cabeza y el coño en veinticuatro sitios diferentes Ahora me la chupa a veces. Hay un pacto no escrito: ella me deja lucirla por medio Madrid y me hace un oral rapidito a cambio de que yo corra con sus gastos. Puta no es su segundo nombre, quede claro.

Supongo que desde la primera línea era predecible esta historia. Incluso para mí debería ser previsible. Pero conocer una mentira no implica la necesidad de negarla.

Ahora, ya pasado algún tiempo, yo sigo cenando los sábados por la noche con su mamá. De primero una sopa estupenda, seguimos con algo ligero sin sal ni grasas, y tras los postres nos metemos en su habitación y tenemos un sexo correcto. Luego cojo el metro hasta Sol y me quedo fumando en Arenal con San Ginés, sé que ella aparecerá por allí tarde o temprano, un ejército de babosos también espera el reclamo de sus caderas.

Mañana otro condenado a muerte la invitará a vermú, de Reus, siempre de Reus, y a mejillones tigre.

LA NO TRAGEDIA DE LOS LUNES

a Paula, que necesita agua.

—»Todo bien, no te preocupes» disparó a quemarropa con aquellas balas cargadas de mentira—

 

Los lunes no serán abismo ni tormenta, siempre y cuando ella abra su bolso y se encuentre dentro las mismas tres cosas que metió el viernes por la noche: medio paquete de Winston blando con restos de tuja en el chivato, el Samsung recién cargado y un sujetador azul.

Amanecer un lunes sin bragas después de un weekend nocivo y desequilibrado es asumible. En cualquier Primark se pueden comprar  tres por 5€. Pero lo que ella no puede consentir es regresar a casa sin tabaco para capear el insomnio, sin el sutién azul que tanto le gusta, y sin el móvil con sus miles de atardeceres fotografiados,

La gente se vuelve muy dramática con eso de que la semana empiece en lunes, pero ella sabe que alguien o algo los ha puesto ahí precisamente para evitar que el desmadre iniciado un viernes por la noche pueda acabar con la humanidad.

Ella a la vida no le pide mucho, sería una pérdida de tiempo y un derroche de fe reclamar imposibles que nunca se conceden. En cambio a las personas sí que les exige, sobre todo a los hombres. El hombre, ese animal tan fácilmente destruible por dentro y por fuera.

A un hombre le pide tres cosas: la primera es que beba café amargo, todo lo más que lo rebaje con un chorrito de ron o con dos cucharaditas de pólvora; la segunda es que sepa diferenciar entre los azahares de Miguel Hernández y los quebrantahuesos de Nicanor Parra; y la tercera, pero no menos importante, es que le sepa trabajar bien el coño.

Y con esas tres premisas tiene clasificados a sus amantes, aunque los diferencia en grupos de edades. De veinte a treinta años son los más desastrosos; fantasmas, bufones, inexpertos, bocachanclas, fanfarrones, etc. De treinta a cuarenta mejoran un poco pero no mucho, les puede su inseguridad, su falsa audacia, su miedo permanente de no estar a la altura, sus ganas atropelladas de seducirla, ni siquiera advierten que han sido ya seducidos por ella. Y de cuarenta en adelante tiene que elegir con mucha cautela.

La mayoría del tercer grupo solo cumplen dos de sus tres condiciones, pero si afina un poco todavía encuentra alguno que no ensucie el café con stevia o ciertos edulcorantes novedosos, alguno que no solamente lea diarios deportivos ni se crea un entendido en coaching, mindfulness, lifetraining o alguna de esas mierdas en inglés, alguno que se le dé bien comer el coño, o por lo menos que sea perseverante. La única pega, y este es un gran error cometido por la mayoria, es que se enamoran. Están tan jodidamente solos que se enamoran en el primer polvo, y a ella eso le saca de quicio.

 

Si tú la luz te la has llevado toda,

¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo –esto es un don-, mi boca

espera, y mi alma espera, y tú me esperas.

Claudio Rodríguez, Don de la ebriedad (fragmento)

 

Imagen de Moira A. Pintura de tela sobre papel y un poquito de Paint.

OPEN LETTER

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A los hombres cuando nacen se les tatúa en algún lugar bien  recóndito del alma: ‘la mujer de tu vida está en tal sitio; anda, apúrate, ve a buscarla, se te va a escapar.

 

Te aviso desde ya que no soy un motor fueraborda, que más bien voy tirando al ralentí como un diésel; lento, seguro, obstinado. Aunque a veces se me enciende el turbo cuando imagino un desembarco bajo tus faldas. Pero te juro que este motor, machucho y rodado, hará que te tiemble hasta el lacito de las bragas.

La verdad es que no me importa que no estés loca, ya he tenido mi ración particular de locas del coño en mis travesías. No me importa porque tú eres una bahía en permanente calma chicha y yo solamente soy un piélago malmandado.

Menos aun me importaría que no tuvieras unas tetas del quince porque yo tampoco tengo un rabo del veintitrés. Ni que tus orejas se vean perfectas con pendientes desparejados. Ni que me desarmes con una media sonrisa y un cuarto de mirada.

Me dará más de lo mismo que la vida siga siendo una sucesión de ir esquivando hijoputas, siempre y cuando me ayudes amarrando trinquetes en este interminable cabotaje.

Harto de estar harto y harto de comenzar escribiendo siempre la misma frase en mi cuaderno de bitácora: tengo miedo al naufragio. Sin embargo me estás enseñando a nadar sin perder de vista el oleaje.

Mas ahora que todo hace aguas, a babor, a estribor, y hasta por los grifos secos. Ahora que ya no tengo naves a las que prender fuego ni salvavidas donde asirme. Ahora he aprendido a decirte al oído la palabra mariposa en diez idiomas, cosa que nunca hice por nadie: papallona, farfalla, tximeleta, pillangó, paruparo, serurubele, borboleta, lolo, fluture, babochka.

Creo que por fin he aprendido a leer el astrolabio de mi tatuaje.

 

HISTORIA DEL HOMBRE DOBLE

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Es difícil caminar por las calles donde todavía quedan algunos que le conocen, algunos que le saludan, algunos que le preguntan por su vida, por sus sueños, y a esos algunos ¿qué coño les importa? Por eso mismo se ha inventado un juego al que nadie más sabe jugar.

Alguien Conocido: Hola, ¿Cómo estás?

HombreDoble: rododendro.

Alguien Conocido: ¿Cómo?

HombreDoble: Error, debiste responder con alguna  palabra de sonoridad similar. Por ejemplo  edredón

Alguien Conocido: ¿pero…?

HombreDoble: Lo siento, perdiste turno. Otra vez será.

Es un juego tan sencillo que todavía no se explica cómo siempre les gana a todos. Si alguien se le acercara diciendo de sopetón molinillo de pimienta lo más lógico sería responder pantalla reflectora, o si le soltaran a bocajarro desastre ecológico evidentemente contestaría archipiélago desierto. Es tan fácil jugar como hacer trampas.


El HombreDoble lleva una niña muerta en el coche y siempre está de pie, siempre está de pie. No le dejan solo desde el día que tiró la radio contra la pared; pero es que ya está harto de tanta música, de tantísima música, tiene los oídos lastimados de tanta música, de tantísima música. La niña muerta del coche está en el asiento del copiloto, aunque a veces la arroja al asiento de atrás para no ver sus cabellos lacios. Y ya le duelen las rodillas de estar de pie, siempre de pie, no se ha sentado desde que las butacas le miran turbio.


Hubo una época en la que perdía las tardes sentado en la Taberna del Escocés, ya que para el HombreDoble éste era un sitio mágico: la decoración cambiaba según su estado de ánimo. Comanda la barra un tipo que nunca mira a los ojos pero que todo lo ve. Hay quienes aseguran que es el auténtico Escocés que da nombre a la taberna, pero los asiduos lo llamamos simplemente El Viejo. Dicen que huyó de Edimburgo cuando se supo que uno de sus bisabuelos había dado el cambiazo a  la piedra de Scone por una boñiga fosilizada de percherón, dejando sin validez real las últimas coronaciones británicas de los Windsor; pero los que realmente le conocemos damos fe de que él fue el auténtico y genuino cazador de peces espada mitificado en El viejo y el mar, confiándole la historia de su vida a Hemingway para que se ganara unos dólares escribiendo aquella novela; años más tarde Don Ernestito –como le gustaba anunciarse en los desmadres apocalípticos de ron añejo, cigarros habanos y mulatas venenosas- jugaba a la ruleta rusa delante de un espejo, se apostó tres disparos consecutivos a ver quién de sus dos yos se aguantaban la mirada durante más tiempo. No hace falta recurrir a las hemerotecas para certificar que venció el espejo. En aquel preciso momento El Viejo se vino a la otra punta del mundo a ver pasar la vida en esta taberna.

La Taberna podría ser el ambiente perfecto para cualquier seguidor de Bukowski, acompaña sobremanera una atmósfera cargada de humo y ceniceros a medio rebosar, vasos sucios de whisky, de cerveza negra, de llantos ruinosos, y enlazándolo todo emerge un odio vaporoso y perenne a las mujeres destroza-corazones, a las mujeres-enigma, a las mujeres de pies sucios. Cada hora en punto, entre los pocos clientes y las muchas sillas, navega surcando la melancolía un Titánic fantasmagórico, que exhibe moribundo la herida abierta a babor por un iceberg traicionero. En resumen: el hogar ideal para cualquier perdedor.

Entre la puerta de acceso a los baños y la mesa de billar francés persiste flotando un arcoíris en blanco y negro, junto a la máquina de discos permanece inmóvil una geisha de rostro níveamente lacado, pero cada cuatro minutos pierde su rigidez corporal para meter unas monedas en la musicbox y seleccionar Piano man. En ciertas ocasiones, coincidiendo con algún eclipse lunar o con algún cambio en la trayectoria del cometa Halley, se equivoca de tecla y suena Everybody’s talking. Durante todas las tardes de varios veranos la geisha, El Viejo y el HombreDoble escucharon incesantemente cientos de veces aquellos dos únicos temas. Quizás sea ésta la causa de su aversión a la música.


Comer a las horas convenidas –desayuno, almuerzo y cena- es una rutina en sí, pero acompañar el movimiento mecánico de masticar con una cantinela ajena e intracraneal es lo peor:

Voz interior: Deberías estudiar algo, idiomas por ejemplo. ¿Te has tomado la medicación? Podrías buscarte un trabajo sencillo y conseguir dinero para tus cosas. ¿Has visto a tu primo que ya es abogado y tiene novia?

HombreDoble:

        Vale.

               No.

               Muy bien.

                                  Que le jodan.

 

Seguramente a Ratso Rizzo no le daban tanto la monserga con todas estas gilipolleces, se buscaba la vida y no molestaba a casi nadie. Sin embargo Dustin Hoffman está detrás de la pantalla, su personaje -ese rengo tuberculoso- da pena penita pena a casi todo el mundo, y él, nuestro HombreDoble, está anclado en la vida real, él no importa una mierda a nadie…


Y vuelve a salir a la calle a caminar, buscando palabras sonoras que le hagan digerir más fácilmente la vida: pantalones nublados, acordeón bisiesto, sulfuro de cerezas, sandalias de tormenta.

A veces toma el autobús o el tranvía, como hoy, porque el HombreDoble nunca puede viajar en taxis, le es físicamente imposible permanecer de pie dentro de ellos. En su propio coche ha arrancado el asiento y ha hecho una claraboya en la capota, así puede permanecer de pie mientras conduce. En la estación de autobuses ni siquiera saludó a Lola cuando se encontraron casualmente, tal vez ella insistiría en que fueran a hacer el amor como en los viejos tiempos, y él no tiene ganas de hacer nada, está muy cansado, hastiado de todo, está harto de estar de pie toda la vida, está harto de su viejo coche, y de cambiar a la niña atrás y adelante, adelante y atrás, está harto de follar con mujeres que quieren que vuelva a ser el mismo que fue antes  -obviamente  ese antes  inmediato a tirar la radio contra la pared del pasillo-,  está harto de la melodía de las películas que tanto le gustaban en otros tiempos. Cualquier día de éstos se arrimará a la caja de ahorros y sacará todo el dinero que le queda para gastárselo en putas, porque ellas solamente pretenden de él los billetes con retratos de faraones consuetudinarios impuestos, las demás mujeres que ha conocido siempre lo quieren todo: amor, ideas, voz, futuro.  TODO.


Ese dolor de corazón que tiene desde hace más de dos meses no es del tabaco, ni de un amor contrariado, ni de respirar a marchas forzadas con la cabeza metida en una bolsa de plástico mientras se masturba, aunque los médicos se empeñan en contradecirlo. Es un dolor al que le ha tomado cariño, un dolor que le escolta desde el día más feliz de su vida, desde hace poco más de dos meses.


Cada mañana la niña de la casa de enfrente practicaba las escalas musicales de su flauta dulce.

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Una y otra vez, incansablemente y con manifiesta torpeza., la niña no es capaz de aprender a soplar con la misma intensidad las siete putas notas.

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El problema es controlar el aire, rumiaba el HombreDoble, y decidió darle una ayudita; cerró sus manos sobre aquella tierna garganta intentando gobernar la fuerza y cadencia del soplo. El flujo de aquellos pequeños pulmones fue amainando hasta desaparecer en un suspiro, y solamente entonces comprendió que era mucho más feliz con una niña muerta y silenciosa, con una niña que ya no castigará sus oídos con esas dichosas escalas desentonadas.


El segundo día más maravilloso de su vida fue aquel en que aprendió a escribir a máquina con un solo dedo, fue el mismo en que destripó el aparato de radio contra la pared empapelada del pasillo. En el colegio le enseñaron a escribir con todos los dedos de ambas manos y sin mirar el teclado, pero ahora escribe con el dedo índice de la mano derecha y con la izquierda hace de todo: fuma, bebe, juega al veo-veo con las arañas que pueblan las cornisas de sus techos, hace figuras chinescas con las sombras sobre el cabezal de la cama, o simplemente se toca el sexo.

Sin títuloescribió cien veces en cien hojas, con un solo dedo de una sola mano, mientras que con la otra acariciaba el pelo rubio y pesado de la niña muerta que lleva en el coche.

En aquel momento el HombreDoble  se sentó por primera vez desde la inauguración del mundo.

 

 

A un clavel que pretendía ser cactus

 

 

 

 

LAS ROSAS NO TIENEN JAQUECA

 

Ella atrae ciclones y tornados, y él tiene una tempestad dentro del pecho que no amaina.

Ella es una mujer duna, sigilosa y pacífica, y él es un hombre viento, aéreo e inseguro.

Conjugados serían una tormenta de arena.

 

Él es de esos tipos a los que no les gusta perder el tiempo en cosas fútiles, tales como beber hierbas cocidas o peinarse por las mañanas. Por eso toma café amargo y se corta el pelo cada dos por tres. En su barrio las barberías de toda la vida han ido falleciendo una a una, lenta pero inexorablemente. La culpa es de las peluquerías chinas que han arrasado como una plaga bíblica toda la periferia de Barcelona. Tiene su lógica: una chinita de mirada desorientada afeita una barba, da una limada de uñas y acaba con un triste final feliz chupándola por un precio ambiguo y negociable.

 

Ella es de esas mujeres que nunca responde a las preguntas, pero en cambio nunca renuncia a ellas, es como el Principito. Además no quiere estar al tanto ni del cómo ni del cuándo, todo lo reduce a la causalidad, al porqué. No concibe vivir lejos del mar y cierra los ojos cuando se ríe; ha conseguido descifrar el secreto de mantener la risa,  es bien fácil: cierra los ojos para no ver toda la mierda que nos rodea, así se puede concentrar en reírse de la vida.

 

Él mudó de barrio únicamente para encontrar un sitio donde le corten el pelo bien y a tijera, porque le tiene un pánico terrible a esas maquinillas eléctricas que se pasean por el cráneo con doscientos veinte voltios nerviosos y un molinillo de cuchillas alborotadas. Él es de esos hombres que es capaz de tutear al diablo pero contra los artilugios automáticos de lustre corporal se rinde.

 

Ella lo recibió como a cualquier cliente de su peluquería: conversación de compromiso, información básica del estilo de corte, hoy no va a llover, etc., y lo hizo pasar al lavadero de cabezas. Él aceptaba todas y cada una de las instrucciones, no reprobaba nada. Entró en el primer sitio que vio limpio y con un rótulo legible, simplemente quería que alguien de su mismo idioma le cortara el pelo y punto.

 

Fue sentarse en la silla y recibir el chorro de agua tibia en la cabeza cuando todo empezó a cambiar. Las manos de ella empezaron a recorrer el cuero cabelludo, los dedos separaban las hebras del cabello, masajeaban todos y cada uno de los folículos capilares, amasaban los mechones como si fueran harina y melaza, con sus movimientos ondulantes provocaba mareas y corrientes en el mar de pelo enjabonado, y lo mejor de todo fue experimentar aquellas sensaciones exclusivamente con unas manos ajenas lavándole la cabeza. La felicidad será algo parecido, fijo; tiene que ser la rehostia que te quieran y te hagan esto a menudo. Se dijo a sí mismo.

A él no le importó ni el olor a zotal del champú, ni la incomodidad de la silla, ni los reflejos en el techo de oropéndolas pretéritas.  A él le daba lo mismo que ella hubiera tenido el chocho plastificado de una Barbie sirena o el clavel reventón de Amarna Miller. A él le traería sin cuidado que ella hubiera sabido bailar como Shakira o que mantuviera conversaciones con la luna. A él solamente le importaba seguir teniendo el contacto de aquellas manos por siempre.

Los vientos errantes que recorren los océanos a veces se sienten solos y extrañan cosas así. Por eso en él se despertó un impulso animal.

 

Los animales se distinguen por la inercia de sus instintos, por no permanecer esperando el olor a humo que augura fuego.

  Se distinguen por sus costumbres nómadas, por no mantener clavados  los pies en la tierra como las flores.

 

Finalizado el arreglo de la testa él tomó prestado del mostrador un post-it y un bolígrafo mientras ella sellaba una de esas tarjetas de fidelización que casi nadie guarda. Garabateó algo y lo ancló justo donde ella pudiera leerlo.

          

déjame que te invite a un café, anda

 

Ella sonreía mientras se miraba el papelito amarillo, dejó pasar unos segundos antes de levantar los ojos. Una negativa o un silencio eran dos de las tres respuestas posibles, pero simplemente alargó la jodida tarjeta de fidelización y -con el mismo tono que hubiese utilizado para indicar al próximo cliente que era su turno- dijo: Mi teléfono está aquí, en la tarjeta.

El tono era neutro, la sonrisa y la mirada no.

WhatsApp y Benedetti hicieron el resto.

 

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PRINCESAS

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caye y zulema

Las cafeterías por la mañana tienen música, es una música propia y genuina; cristal de vasos, loza de platos, la leche calentándose por la fuerza del vaporizador, el molinillo eléctrico con un motor fueraborda triturando las quebradizas y frágiles semillas tostadas del café, risas, saludos rutinarios de buenos días, periódicos que se hojean empezando por el final, monedas sobre el mostrador, noticieros monótonos en el televisor, etc.

Esa música es exactamente igual en todas las cafeterías del mundo. Comprobado, doy fe.

En una cafetería de Madrid hay dos mujeres conversando sosegadamente. Un negro está sentado dos mesas más allá y mira a una de ellas con deseo. Esas dos mujeres llevan la derrota tatuada en la mirada. Quizás, no estoy seguro, todavía no se han acostado. Quizás, tampoco lo sé, el desayuno que toman pudiera ser la cena.

La música, autentica y específica, las respeta; alrededor de las dos mujeres se levanta una cápsula invisible donde esa música se rebaja a simple rumor. Es una marginación acústica, una bulla que se hace afónica y propicia el comadreo. Zulema busca en los hombros de Cayetana unas alas, quiere descifrar sin son las biodegradables de  Ícaro o las incombustibles del ave Fénix. Y Cayetana… Caye envidia las tetas de Zulema; dinero, bisturí y silicona es la automedicación que Cayetana se ha recetado.

Ellas hablan de cosas del trabajo. Cayetana dice que por el culo en contadas ocasiones, y tragárselo mucho menos. Zulema asiente y aprueba, ella tampoco accede al sexo anal así como así. Luego se cuentan trucos para que el cliente acabe antes. Cayetana, europea y tecnológicamente un poco más avanzada, utiliza videos porno, escenas lésbicas o hardcore, para que el tipo que tiene encima se corra más rápido. Zulema, caribeña y exótica, es más natural y podría decirse que más primitiva, con acento goloso susurra guarradas al oído del menda de turno, “papito, llénamelo de leche”. Cayetana toma nota mental de esa artimaña para futuros servicios. El resultado es el mismo: finiquitar el negocio en menos tiempo del pactado.

Las putas hablan cosas de putas, igual que los mecánicos hablan cosas de mecánicos, o los dentistas hablan de cosas de dentistas.

Caye continúa el dialogo hasta que se convierte en un monólogo, No, mejor dicho, en una reflexión. Una reflexión con sus perogrulladas y sus contradicciones.

“¿Es rara, no?

La nostalgia…

Porque tener nostalgia en sí no es malo, eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos.

Yo por ejemplo no tengo nostalgia de nada, porque nunca me ha pasado nada tan bueno como para poder echarlo de menos… eso sí que es una putada.

¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado?

Porque a mí a veces me pasa.

Me pasa que me imagino como van a ser las cosas, con los chicos por ejemplo, o con la vida en general…

Y luego me da peno cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas…

Y luego cuando lo pienso me da nostalgia, cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y que a lo mejor no pasan nunca…”

Texto y dialogo/monólogo extraídos de la película Princesas, de Fernando León de Aranoa, (2005), con las dos prostitutas interpretadas por Candela Peña (Cayetana) y Micaela Nevárez (Zulema)

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KRISTO

  o la increíble y triste historia de Janis la desquiciada, Bobby el looser y Kristo el penitente 

A Kristo el sueco, un tejano alto y barbudo, temeroso de los cuatro pilares que sustentan los Estados Unidos de américa (el Creador, el béisbol, el patriotismo y las fuerzas armadas), siempre le gustaba hacerlo en una misma posición, se las arreglaba para que ellas se pusieran a cuatro, las enfilaba por detrás sujetándolas con una mano por el pelo, como cuando domaba potras cimarrones allá en Laredo agarrándose a sus crines, y con la otra mano sostenía una biblia deshilachada escrita en holandés antiguo, tan antiguo que Londres todavía era Londra y Sevilla era Híspalis, tan antiguo que los mapas del Nuevo Mundo ni siquiera estaban esbozados en la cabeza de aquel genovés vendesueños. Murmuraba por lo bajini tres misereres al ritmo de los caderazos, uno para San Teodardo Tranquilino de Spira, patrón  de los bastardos y de los eyaculadores precoces, otro para Santa Marta de Betania, hermana melliza de una prima segunda de Mesalina, virgen cuidadora de los sonámbulos y de los que hacen noche en los mesones, y el tercero y último a San Juan Damasceno, protector de los cambiantes de opinión, de los falsos y de los dubitativos. Después se corría a borbotones como un elefante moribundo y rezaba del tirón un padrenuestro, rogando al Ave María, al Todopoderoso y al Arcángel San Gabriel que le previnieran de los vestidos huérfanos de novia, de los ácidos pépticos y de los afroamericanos maricones, sobre todo de ésos últimos, que la tienen enorme y no respetan las sagradas escrituras de la sodomía.

Así era Kristo hasta el día en que conoció a Janis.

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EL NEGATIVO

 

Come here baby, you know you drive me up a wall

Me contaron la historia en cinco minutos de un martes por la tarde. Una historia tan sencilla y habitual como cualquier otra. El jueves la historia seguía dándome vueltas en la cabeza, era como esas canciones de los noventa que a veces suenan por la radio y te acompañan todo el santo día. Hoy miércoles de una semana después no he conseguido sacarme todavía el tema de la mente, por eso la escribo, para exorcizarme. Y como bien manifiesta Ariel porque no me queda más remedio, porque me intoxico si no me saco la tinta de las venas cada cierto tiempo

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Girl, you got to change your crazy ways. You hear me?

Es la típica y tópica historia de dos amantes, cada uno con su mundo particular. Ella veintitantos cerca de treinta, él ya había conquistado de sobra cinco décadas. Ella alojada en su apogeo como mujer, con unas tetas perfectas y unas caderas como para construir un refugio nuclear y esperar allí a que nunca cesen las guerras; él un poco más percudido, gambeteando al colesterol y al ácido úrico, peinándose a contracorriente cada mañana para disimular una alopecia cabrona. Ella con unos ojos árabes que hipnotizan, él con unas ojeras de no dormir desde que Sebastián Elcano estuvo de farra con los patagones. Ella con sangre picunche circulando por sus arterias, él medio chango y medio ni se sabe. Seguro que algún espabilado con estudios, al observar la diferencia de edad, viajará hasta Jung e identificará el complejo de Electra, o a la destructiva Lolita o al sonso de Pigmalión. No tiene ni puta idea. Las relaciones entre personas son lo único aleatorio e ingobernable de esta vida.

 

That kind of loving turns a man to slave

Desconozco exactamente los comienzos de esa relación aunque seguramente sea lo de menos, solamente sé que ambos se atraían y que a pesar de estar en órbitas diferentes -distintos matrimonios, distintos empleos, distintas vidas- coincidieron en una misma cama. El nexo común entre ellos es el sexo, eso sí lo tengo bien claro. No hay nada más incombustible en este mundo que el sexo, ni creencias religiosas ni ideologías políticas, ni reacciones químicas descontroladas ni colisiones de átomos acelerados; nada, pero absolutamente nada, tiene más empuje que dos animales encelados. Ella es de esas mujeres que folla como si se fuese a morir mañana, y él es de esos hombres que no conocen la palabra  prisa. Los productores alemanes de porno bizarro se tapan los ojos en cuanto ellos se quitan la ropa. El dolor es parte del placer, y con esa premisa convertían los inviernos australes en primaveras de varias horas.

 

That kind of loving sends a man right to his grave

Cada sábado de madrugada el país es santiguado por dos terremotos, uno comienza en San Marcos de Arica y termina en el estrecho de Magallanes, el otro es una cremallera que va desde El Tabo hasta Trapatrapa. Sin embargo ella es inmune y sigue durmiendo, la gente llora, grita, se desespera. Ella no. Pucha que fome, murmura, y se arrebuja entre las sábanas a dejar que pase el seísmo. A santo de qué le van a molestar unos corrimientos de tierra, son una memez comparado con los cataclismos telúricos provocados por sus orgasmos; ella y su amante han cuarteado la cúpula celeste trece veces este mismo mes; los chupones en su cuello y en su culito de potra salvaje hubieran bastado para desecar el Pacífico, el néctar torrencial que llovía de sus bragas en momentos de clímax hubiera podido desbordar el Amazonas.

 

That kind of loving make me want to pull down the shade

Todas las historias de este tipo acaban mal, muy mal. Generalmente alguno de los cónyuges ajenos se cansa de soportar el peso invisible de las cornamentas y desbarata la armonía establecida. Aquí no fue así. Todo empezó a desmoronarse rápidamente después de un lustro. Él dejó de acudir a las citas programadas con la excusa infantil del olvido, dejó de enviarle whatsapps aduciendo ignorar el funcionamiento del teléfono, trastocaba las fechas de natalicios y defunciones, ya no le decía suavecito al oído mi puta rica en los instantes de fogosidad, ahora la llamaba María Engracia Fuensanta, el nombre de  una bisabuela paterna nacida doscientos catorce años atrás. Una desidia del copón se había instalado entre ellos en cuatro días. Un tiempo después el amante ya no apareció más ni volvió a contestar a sus llamadas.

 

That kind of loving now I’m never, never going to be the same

Ella regresó a sus rutinas cotidianas, cocinó el plato preferido de su marido, preparó las fiestas de cumpleaños de sus chicos, enmarcó los dientes de leche del más pequeño y se compró unas enormes gafas ahumadas. A ella le ha quedado una mirada como de estar esperando el fin del mundo y no quiere volver a ver nada que no pertenezca a su círculo de confort. Se levanta por las mañanas con las mismas preguntas enredadas en el pelo: ¿por qué se ha ido? ¿se aburrió de mí? ¿Ya no se le ponía dura? ¿dónde va a encontrar un lujo como yo? Preguntas que nadie puede responder.

Hoy, muchos años después, ha dejado morir de hambre a las incógnitas, simplemente suspira un deseo: Ojalá no te puedas olvidar de mí, viejo cabrón.

 

 

I’m losing my mind, girl, because I’m going crazy

En la otra punta de la ciudad, en la octava plata de un edificio aislado, un grupo de ancianos miran sin mirar a través de las ventanas, una mujer vestida de enfermera también los mira sin verlos. Algunos andan con bastones, otros permanecen en sillas de ruedas, pero todos tienen algo en común, son enfermos terminales de Alzheimer. Ya han perdido el habla y la coordinación, se mean y se cagan encima, toman papillas de bebé cinco veces al día porque ni siquiera recuerdan como se mastica. Un televisor parpadea imágenes en diferido de los terremotos, el volumen en mute, y uno de aquellos vejestorios impedidos gira sin cesar su cabeza de un lado a otro, le llaman el negativo, porque parece que siempre está desaprobando cualquier cosa con ese movimiento repetitivo de la testa. En realidad es un truco que ha encontrado el pobre desgraciado para no perder sus últimos recuerdos, sabe que si agita constantemente el caldo de zanahorias en que se ha convertido su cerebro pueden permanecer a flote sus tesoros más preciados. Entre la sopa turbia que se cuece dentro de su sesera reaparece aquella mujer que un día le hizo entender el misterio de la Santísima Trinidad a partir de un buen polvo; aquella mujer que para volar no necesitaba tatuarse mil mariposas en la espalda, no más necesita un trozo de cielo; aquella mujer que con una sola mirada de gata en celo enderezaba el mástil de su vieja nao, aquella mujer a la que renunció voluntariamente antes  de que una hijaputa y prematura demencia senil lo hiciera a la fuerza.

Crazy, crazy, crazy for you, baby.  You turn it on, then your gone

Poceluis

 

SABANAS SUCIAS

Este lunes me desperté confundido y con la boca confitada. El domingo concluía y acechaba una noche más de insomnio, pero esta vez fue placentero, dormí poco pero de una manera acompasada.
Lo extraño fue despertar con un regusto en la boca a melocotón y azafrán. Y las sábanas sucias.
Ahora que ya llegó el calor duermo en pelotas, por lo tanto las manchas en las sábanas fueron debidas a una polución nocturna, cosa que no me pasaba desde… ni recuerdo cuándo. Busqué el origen de todo eso en mis sueños hasta que di con él. Había soñado con un cuerpo, con una mujer de senos adolescentes y coño de funambulista, con una mujer de lenguaje lascivo y bemba provocadora. Seguí desmadejando el sueño a pesar que el muy cabrón desaparecía cuanto yo más intentaba visualizarlo: tuve sexo con esa mujer aunque estoy convencido de que ni siquiera llegamos a follar, fue sexo de caricias y lametones, fue sexo de abrazos y palabras. Mi lengua y su lengua buscaban y encontraban todos los agujeros de nuestros cuerpos, mis manos y sus manos se aprendieron las virtudes y los defectos de nuestras pieles. Dibujamos un mapamundi post-colombino a través del tacto, yo intuí el canal de Panamá entre sus tetas y la fosa de las Marianas bajo su pelvis, ella se encargó de erigir y coronar los varios ochomiles que emergieron aquella noche.
Y todo esto sucedió en unas pocas horas de sueño, en un terreno liberado  y alejado de cualquier legislación.
Jamás pensé que unas imágenes o unos recuerdos me provocarían excitación onírica. A mí es fácil ponérmela dura, lo reconozco, con fotografías, con palabras, con acentos, con pensamientos; cualesquiera de esas armas femeninas es capaz de empalmarme, pero hasta ahora ninguna mujer se había metido dentro de mis sueños.
Ahora ya es tarde para prohibirme que la piense, ya no es cosa mía ni de mi polla, ahora es cosa de mis sueños, y ahí no mando yo.

Un hombre-niño sigue pidiendo con insistencia que alguien le dibuje un cordero mientras un zorro se relame tras las dunas. Creo que en este caso el cordero fui yo.

mapamundi

BÓSFORO

 

bosforo

Ella tiene tanta imaginación o más que yo, ambos lo sabemos. Hoy vamos a exprimirla un poquito, cada uno con los horarios trastornados de estar en puntos opuestos del mundo, con unos horarios cabrones que tienen sus propias coordenadas gps. Hoy vamos a jugar a imaginar.

 

Imaginemos su bósforo a media tarde, libre de textiles después de una ducha tibia de marzo.

 

Un bósforo natural del color de las panochas maduras, un bósforo rezumando olores y sabores que la industria jamás podrá imitar. Ahora imaginemos que a su bósforo llega una mano que no es la suya -la mía por ejemplo- y lo cubre totalmente. Esa mano -mi mano- lo abarca y lo aprieta hacia abajo, sin acariciar, solamente presiona sobre el monte de venus y deja pasar los minutos. Es una mano que se comporta con tosquedad, ruda en las formas pero no brusca. Ahora mismo su bósforo se siente aprisionado y molesto, desea que la mano haga algo, que se aparte o que inicie algún tipo de movimiento. O mejor, que se convierta en ariete y entre a empujones, rompiendo con todo, a explorar en qué parte de su coño nacen los tsunamis.

 

Pero la mano -mi mano- quiere jugar de otra manera. Hoy será distinto, raro. La mano entreabre un poco los dedos, el corazón y el anular se apartan lo suficiente como para que un moco de pavo incandescente salga a respirar. Algunos lo llaman clítoris, pero para mí es la polla de las tías, es el centro de gravedad de una mujer, es donde converge toda la sabiduría y puterío de una hembra;  y como tal se merece máximo respeto y veneración.

 

Ese trozo de carne amorfa y palpitante que sobresale entre los dedos está preparada para ser lamida, besada, mordisqueada. Puedo pellizcarla, puedo escupirla, puedo volver a unir los dedos y provocar dolor, puedo liberarla de la prisión y dejarla abandonada a su suerte, o puedo acompañarla en el viaje hacia el orgasmo. Ahora mismo soy el dueño de la voluntad de su bósforo. Tengo el mismo poder que tienen ellas cuando me trabajan el rabo.

 

Pero hemos dicho que hoy íbamos a jugar a imaginar, también hemos dicho que ella tiene tanta o más imaginación que yo.

 

Ella tapará su bósforo con una mano -con la suya propia- e imaginará que es la mía. Ella separará sus dedos para que asome ese apéndice eréctil e imaginará que son los míos. Ella acariciará, pellizcará, escupirá, escarbará, mimará, palpará, y le hará todas las perrerías  que yo –en la otra jodida esquina del planeta- estoy imaginando.

 

BONNIE & CLYDE (y III)

 

– ¿A dónde viajabas con tu mamá?

– No lo sé. Al mar, como cada año

– Entonces te llevaré al mar. No te preocupes, iremos al mar.

Yo no iría nunca a Cuba ni a la Florida, ni siquiera a la jodida Venezuela, pero el puto niño sí que llegaría hasta el mar, porque cuando tú decías “no te preocupes” era palabra sagrada, era como decir que el mundo es redondo.

Sentamos al niño en la moto, en medio de nosotros dos, no teníamos cascos para los tres pero su cabecita quedaba protegida entre mi pecho y tu espalda. Creo que se durmió nada más entrar en la autopista de la costa a pesar de la mala posición y del runrún de la Suzuki Van Van.

Conducías concentrada a 80 o a 90 y no nos cruzamos ni un coche de la poli en mucho rato. Debían estar ocupados buscando a un niño rubio medio bobo por el aeropuerto. Yo cavilaba sobre nuestra situación y en todo lo que se estaba torciendo por momentos, aquella noche de sábado no debía terminar de aquella manera, con tu hermana cabreada como una mona porque le habíamos cogido sin permiso la moto, con el culo que me dolía de tanto rato ir de paquete, con los brazos tiesos de sujetar a un niño para que no se cayera y la cosa se jodiera del todo, y con un niño robado, sobre todo con un niño robado

Paraste en una gasolinera de esas que parecen una boutique, de esas que tienen de todo, de esas que cuando descuelgan la manguera una voz de locutora de radio te dice qué tipo de carburante has elegido y cuando has terminado te da las gracias y te recuerda que ellos siempre tienen mejor precio que la competencia. Sonreíste antes de decir separando las silabas “nos-que-da-mos-sin-naf-ta”, y sonreíste porque habías utilizado tu palabra adecuadamente, tu palabra recién aprendida.

– pero no tenemos dinero, no puedes llenar el depósito.

-Déjame a mí…

Y te metiste en la tienda en busca del empleado, vi como le hablabas con la cabeza un poco ladeada, con ese gesto que utilizas cuando quieres algo o cuando no quieres algo. Nunca habíamos atracado una gasolinera, por lo menos yo, y no sé si tú lo habías hecho alguna vez. Sí que habíamos robado ropa, y bebida, y música, y cosas que nos gustaban, pero nunca habíamos atracado a nada ni a nadie. Era muy mala idea atracar una gasolinera, sobre todo porque llevábamos un niño robado con nosotros.

Saliste contenta y metiste la manguera del surtidor en el depósito. La máquina empezó a escupir su líquido. El empleado nos miraba desde la cristalera e hizo un gesto cuando el tanque se llenó, sus ojos tenían luz. Era un marroquí joven de pelo rizado y dientes picados, de piel tiznada. A ti siempre te han gustado ese tipo de hombres, a los que puedes putear sin remordimientos porque la vida les ha puteado mucho más y sabes que lo tuyo no le hará el mínimo daño.

-¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo lo has enredado?

-Fácil. Ese morito se hubiera comido, si se lo llego a pedir, un cubo de tocino por el Iphone 5 amarillo.

-El niño tendrá llantera en cuanto se percate, apuesto lo que quieras. 

-Y ahora ¿qué hacemos?

Eso es lo más me cabrea de ti, tu manera de desprenderse de los problemas, así, como quien no quiere la cosa; yo te seguía a todas partes, yo me dejaba enredar en todas tus locuras, yo nunca protestaba aunque presagiara tormentas de la ostia, y cuando tu ya te aburrías o te cansabas del juego descargabas tu responsabilidad sobre otro, sobre mí. Usabas el plural a tu conveniencia, a tu antojo.

Estaba enfadado, me puse muy serio y me negué a seguir, estaba hastiado de llevar a un niño robado, no éramos Bonnie y Clyde, ni deseaba acabar como ellos,  yo me quería volver a casa, me tumbaría a escuchar música, me fumaría algo que tenía de reserva en el bote de las monedas y me olvidaría de la venezolana, del niño y de la mierda de sábado. Te dije todo eso del tirón para que no me interrumpieras. Al acabar solamente sonreíste y me lanzaste un beso al aire. Entonces acunaste al niño en tus brazos con mucho cuidado para que no se despertara y lo llevaste hasta la tienda de la gasolinera. Volviste a ladear la cabeza, volviste a engatusar al marroquí, aunque ya no tenías nada que ofrecer a cambio de no sé qué. Te vi meterte la mano por delante del pantalón, como si te picara el coño, y luego te vi pasarle algo al moro. ¡ Claro ! ¡ Ahí es donde te guardas la tuja ! Joder, el hachís que sisaste a los dominicanos, jajá. Eres la polla.

 Luego saliste sin el niño.

-Mañana Mohamed subirá a Makaulkyn en un autobús que lo lleve a la playa. Vámonos.

Y volvimos a montar en la moto con suficiente nafta para regresar a casa.

Al incorporarnos de nuevo a la carretera miré el cartel luminoso de la marquesina de la gasolinera. Era uno de esos en los que las letras se auto escriben y corren de derecha a izquierda. Y comprendí en ese momento el significado de aquel sábado, de la vida, te comprendí a ti, a mí.

El rótulo era un bucle que se pude leer varias veces en un minuto: Gracias por su visita.  La estación de servicio de ALQUERIES DEL NEN PERDUT les desea feliz viaje.  Conduzca con cuidado.

 

ALQUERIES DEL NEN PERDUT

pincha para que se haga más grande

 

 

BONNIE & CLYDE (II)

 

En el aeropuerto cada puerta de embarque tiene su propia guardia pretoriana: un vigilante privado con chaleco amarillo para trastear con el equipaje, un policía nacional con chaqueta azul para olisquear en busca de sustancias prohibidas y un guardia civil con gorra verde para compulsar los pasaportes. A ese tipo de personas les encanta su merchandising particular. Con los seguratas del supermercado y los porteros de los clubes ya tenemos traza, tú les sonríes ladeando un poco la cabeza y les susurras con tono pícaro: es inherente a tu empleo que compartas genética con Forrest Gump pero te falta carisma. Ellos no entienden ni papa y yo aprovecho para esconder bajo la chaqueta un paquete de seis cervezas o para saltarme el torno, pero aquí, en el aeropuerto, ellos van armados con un fierro de fuego y hay que andarse con cuidado, son palabras mayores.

Tú estabas convencida de poder colarnos, solamente había que estudiar sus movimientos y aprenderse sus rutinas. Para ti era muy fácil, para ti todo se basa en rutinas. Una vez que discutimos sobre el tema me acabaste convenciendo de tu filosofía.

La discusión fue básica, y a la misma vez profunda:

– ¿tú tienes la rutina de cagar cada día?

– Sí, a la misma hora más o menos, ¿porqué?

– Porque la vida es eso, una cagada tras otra diariamente.

Por suerte para todos, menos para el niño, no te apetecía pasarte el resto de la tarde vigilando a los vigilantes, y nos fuimos al centro comercial a pedir tabaco. Los viajeros que esperan embarcar salen a fumar a los accesos de las tiendas, las leyes han cambiado y ya no dejan fumar dentro.

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Una señora alta, con vestido largo, pulseras de plata y gafas de sol fumaba unos cigarrillos mentolados que olían muy bien, a mí se me antojó enseguida probarlos y le pedí dos, uno para mí y otro para ti. La señora ni se sacó las Vogue para mirarme, me mandó a la mierda en cuatro palabras y empezó a renegar de cosas que no venían a cuento, que si la sociedad hace aguas, que si el maldito sistema bipartidista favorece a gente como nosotros, que si sería mucho mejor menos subsidios y más mano dura, y otras absurdeces por el estilo.

Detrás de la señora permanecía sentado sobre una maleta Louis Vuitton un niño de seis o siete años, su hijo, que siguió con atención la escena sin dejar de jugar con un Iphone 5 de color amarillo. Yo insistí a la señora en la cuestión de los dos cigarrillos y tú susurraste algo al oído del niño. Luego se dejó coger de la mano y entraste con él al centro comercial. Yo me olvidé del tabaco y os seguí.

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-¿Qué le has dicho a crío para que se venga contigo?

– Que me sé un truco para pasarse enterito el Candy Crush.

-¿De verdad te sabes un truco?

– Claro. Nunca hagas caso al juego. Si te indica que juntes tres salchichas rojas vete a por las bolitas azules o los cuadraditos verdes ¿No has visto la cara de puta que tiene la niña que sale entre nivel y nivel? Está ahí para engañarte, para sacarte el dinero.

Muchas veces llegué a pensar que eras clarividente, que podías ver la sencillez de las cosas con solo pasar una mirada sobre ellas.

El niño nos seguía sin dejar de mirar la pantalla de su teléfono, de vez en cuando le decías que caminara más rápido y el obedecía. Le llamabas Macaulkyn porque era rubio y medio bobo. En su medallita de San Jorge estaba grabado por detrás el nombre de Samuel y por megafonía anunciaban que se había perdido un niño, con las características del que nos acompañaba, que atendía por el nombre de Roger. ¿Se habría perdido otro niño, o Macaulkyn tenía varios nombres? Nunca lo supimos.

 

BONNIE & CLYDE

 

El sábado por la tarde robamos un niño en el centro comercial del aeropuerto.  No era nuestra intención cuando llegamos allí  pero a veces las cosas no salen como uno quiere.

Weekend y tan pelados como siempre, sin dinero para nada, ni para fumar ni para beber. La calle nos axfisiaba, no sabíamos hacia dónde ir ni qué hacer. Cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo, murmuraba Nati la frutera cada vez que nos veía pasar. Por eso cogimos prestada la moto de tu hermana y enfilamos la autovía en dirección al aeropuerto; durante el trayecto te escuché decir a través de la sordina de los cascos varias veces la palabra nafta.

La idea de aquel sábado era colarnos en un avión que me llevara a Cuba o a la Florida, a Venezuela no, a Venezuela jamás. Tú habías prometido llevarme.

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El verano pasado entramos una noche de viernes en una sala de merengue porque yo estaba obsesionado con tirarme a una latina, y tú me aseguraste que aquel era el sitio apropiado, que si allí no lo conseguía mejor sería que me olvidara y siguiera pajeándome con el vídeo de Maluca. La música de Calle 13 perreaba a todo volumen por los altavoces y hacía un calor del copón, el garito olía a lejía, a macho, a perfume de supermercado.

Mientras te dejabas invitar a cervezas y a mojitos -imagínate, una rubia natural con el pelo liso que fuma echando el humo por la nariz era todo un caramelo para aquella tropa de reguetoneros- yo le entraba a todas las morenas que me cruzaba, pero esos dominicanos pelones, con sus gorras de béisbol y sus pantalones caídos, están como para que los encierren, son perros rabiosos que me enseñaron los dientes un montón de veces, están todos locos, que si la banda, que si las jerarquías imposibles, que si la corona en la mano, que si tatuajes misteriosos, están  todos muy pasados.

Al final, ya de madrugada, tú estabas muy borracha, pero tenías una manada de aquellos perros a tu alrededor y estabas enseñándoles a liar con una sola mano; ese truco es mío, te lo enseñé yo, te enseñé a astillar un poquito de chocolate con una mano mientras todos miran la otra. Por mi parte yo había conseguido que una venezolana se viniera conmigo a los baños, era fea y repolluda, pero tenía muchísimas curvas.  Me la estaba pinchando apoyada en la puerta del retrete pero algo no iba bien, ella no paraba de decir papito papito, y eso me ponía de los nervios. Maluca y su Tigueraso fueron como una señal para mí, empezaron a sonar con demasiados decibelios y la peña se volvió más loca de lo que estaba. Durante un segundo miré a la venezolana a la luz del fluorescente y fue una visión patética: era más fea y más rechoncha que antes, sudaba, reía con una boca asquerosa, tenía el sujetador arremangado entre el cuello y el hombro, una teta por fuera del vestido fucsia y las bragas a medio bajar. La dejé allí. Yo ya la tenía fuera y me estaba quitando el condón pero ella seguía repitiendo papito papito; me fui antes de correrme, no soportaba esa falsa cantinela. Debe ser la única venezolana esperpéntica de todo el mundo que nunca podrá presentarse a un concurso de mises.

Desde aquel día ya no sueño con la boquita de Génesis Rodríguez ni con el culazo de Sofía Vergara.

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El día antes de robarnos el niño te habías quedado hasta las tantas viendo la tele: noticiarios, anuncios, concursos, teleseries americanas, y hasta una peli argentina que yo te recomendé pero que a ti no te gustó. Nueve Reinas. En esa peli aprendiste una nueva palabra, y cuando tú aprendes una palabra la utilizas continuamente hasta que la gastas, o hasta que encuentras otra que te fascine más. Sé que lo haces porque tienes envidia de mí, tienes envidia de que yo he leído más cosas que tú, yo sé más palabras nuevas que tú. Pero nunca te lo he restregado por la cara, tu sí.

De camino al aeropuerto llegué a escuchar esa palabra diez o doce veces: “No sé si tendremos bastante nafta, el depósito anda justito de nafta, no tenemos dinero para nafta, habrá que parar y robar un poco de nafta.”

 

 

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FIDELIDAD

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Qué terrible vivir una vida de fidelidad

y esperar el regreso de aquello que no ha de volver

Felipe Rosario Goyco, (don Felo), músico y compositor portorriqueño

Esta versión de Auserón y Company es de las mejores

https://www.youtube.com/watch?v=fzCNmoBGLjA

Soy fiel a los cuentos de Márquez y a los dramas de Neruda, a las verdades de Benedetti y a las mentiras de Sabina.

Soy fiel a una fotografía mutilada, a un vaso de ron sin hielo y a pasarme toda la noche viendo Malèna, la película de Tornatore.

Soy fiel al mapa de tu piel, a tus bragas a medio quitar y a despeñarme en tu geografía.

Soy fiel a no tener una tarifa plana entre tus piernas, a ganarme ese derecho sin contrato de permanencia.

Soy fiel a declarar tu caracola reserva natural de la biosfera, a que no venga nadie y la joda.

Soy fiel al olor prohibido que rezuma de tus dedos cuando te buscas y te encuentras.

Soy fiel a creerme senófilo (con s de teta), a tener recuerdos prestados y a no preocuparme de que el clima esté al revés.

Soy fiel a tener un charco en el alma, un cementerio bajo el pecho y una fogata en la cabeza.

Soy fiel a permanecer esperando tu tormenta, donde las gotas de lluvia son cristales de colores, donde los relámpagos son ciegos y los truenos son tus ays.

Soy fiel desde que me dijiste: Si no vuelves, te olvido.

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TEORÍA DEL MAGNETISMO

http://www.youtube.com/watch?v=WyhdvRWEWRw

i’ll be  our mistr  s ton ght
i’d like to put you in a trance
If i take you from behind
push myself into your mind

Madonna – Erotica (fragmento)

 

1) MAGNETISMO ANIMAL apuntes sobre la teoría de Franz Anton Mesmer

Ella dice que es bruja y él, que solamente cree en lo táctil, empieza a sospechar que es verdad. Pero también se le puede dar una explicación más mecánica, más mundana. Él sabe que hay truco. Sabe que su secreto es poseer un imán escondido bajo la lengua. No es bruja, es magnética.

Es un imán pequeño, como ella, pero muy potente, también como ella. Tiene la fuerza suficiente como para enredar y desenredar los fierros del espacio sideral. Es un imán indiviso, nuclear, indestructible; el salitre de los mares que hay de por medio no lo puede oxidar, las tormentas solares que rompen las comunicaciones no le afectan lo más mínimo, y si ella quiere puede joder al mismísimo Google, que tanta mierda almacena en sus entrañas y reventará cualquier día de éstos. Ella cambia los inviernos de sitio jugando al tangram con los cuadrantes del planeta, y por estos días se han visto a los científicos del protocolo de Kyoto emborracharse con ron de caña de azúcar, dejando por imposible descifrar el cambio climático.

Ella tiene más y más poderes, invisibles, insospechados, imprevistos. Todos relacionados con el magnetismo. Chasquea los dedos y se mueve la tierra. Creo que ni siquiera ella misma los domina

Hasta aquí todo normal, todo lógico. Es una mujer y utiliza sus armas.

2) MAGNETOQUÍMICA Campo complementario  de la  Química y de la Física

El problema -el gran problema- es que él también tiene un imán. Uno normal y corriente, de tamaño estándar, no como ésos grandemente horteras de las neveras, ni diminuto como los de los cierres de los muebles de cocina.  Su imán, como es de esperar, es del polo opuesto al que ella posee, y como dato imprescindible decir que lo tiene implantado en la polla. Aquí está el problema que arrastra desde hace más de un año.

Él quiere saber qué se siente estando entre sus piernas, justo allí donde el océano da la vuelta y provoca remolinos de olas y espuma, donde hay anclada una caracola de mar, milenaria y maternal; quiere poner la oreja y escuchar a doña Carilda recitarle despacito: muchacho loco, muchacho cuerdo. Él quiere meterse dentro de ella y paladear su macedonia horas y horas, una macedonia que está hecha de trufa negra, de piña verde y de cereza madura. Todo un manjar.

Sabe que ella guarda su imán bajo la lengua porque cuando pronuncia palabras se zarandean las cosas, aunque ella sigue insistiendo en que son sus poderes brujeriles de telequinesia; no hace falta que sean discursos largos e incendiarios, a veces basta con un simple mhhh y hay cosas que empiezan a levitar, otras veces son palabras sin sentido como silla, sofá, mesa, pero cuando quiere cambiar la vía láctea de sitio dispara una retahíla de verbos y sustantivos al azar: tragarte, escupirte, merendarte, vomitarte, rendido, muerto… Es entonces cuando todo se viene arriba o afuera, cuando todo se hace morado o líquido, depende.

Él no quiere acabar sus días como Frascuelo, leyendo a don Marcial Lafuente en horas perdidas, ni volver a ser gallito chulo de corral para meterse en fregaos que no tienen salida, él no quiere ser como esos gatos sin bigotes que se caen cuando caminan porque no se sitúan en el equilibrio perfecto. No. Él  quiere comerle esos morros que lo tienen en vilo desde que la vio, ésos que ha memorizado detenidamente, desde los pliegues más recónditos hasta -y sobre todo- ese surquito tan gracioso que se le forma entre la nariz y el labio superior.

Él quiere devorarla entera pero siempre encuentra algo que lo impide:

-¿me das tus bragas? Quiero comérmelas.

-No. Están sucias de melão de coño.

Los miedos no le arrugan -antes sí, ahora no- pero no le importa saber qué sueños esconden sus ojos tristes, él quiere seguir escribiendo libros en blanco, con hojas sucias de otras guerras. Prohibido enamorarse, ésta fue la única regla que ella impuso y para él es fácil cumplirla, no hacerlo sería como firmar su propio epitafio

– Si me dejas puedo hacer que vuele la monarca real que llevas cosida en la piel.

E inmediatamente borra la oferta y piensa en Kerouac;

                           Y en cualquier momento en que me necesites

                      Llama

                                    Estaré en el otro extremo.

                                    Esperando en la pared final.

3) TESITURA Y CONCLUSIÓN

Hay mujeres que llevan el Caribe por dentro. Hay mujeres que llevan el Caribe por fuera. Hay mujeres que llevan el Caribe por dentro y por fuera. Ella es el Caribe.

 

Oggi stesso no c’è giustizia

per lei e la sua scaramanzia,

chissà un giorno molto lontano

lasciare di essere la mia utopia.

              (anonimo veneziano)

LOLA (genealogía)

Su nombre completo podría ser Manuela Malayerba Sweet. Unos la llamamos Lola, otros la llaman Mala, y en su avatar firma como Swenny, que debe pronunciarse nasalmente: Suinni .

Su abuela:

Janice Sweet -se pronuncia Llanís Suit-, irlandesa gaélica devota de San Patricio, pelirroja, europea y arrogante, descendiente de un antiquísimo clan matriarcal de diseñadoras de sonrisas. Cuentan que Leonardo da Vinci solicitó los servicios de esa familia siendo rechazado el requerimiento: ándese con cuidado, viejo chalado inventor de artefactos inservibles, la cara de una mujer no se puede decorar por encargo. Y la Gioconda quedó enigmática de por vida gracias al desaire de una predecesora de Lola.

Janice emigró hacia el sueño americano y plantó sus caderas escurridas en Missouri, para ejercer de maestra en cualquier pueblo con más de diez alumnos y menos de un tornado por semestre, pero acabó de ramera suplente en los moteles de la ruta 66, entre Tulsa y Amarillo. Empezó satisfaciendo a viajantes de comercio en la parte de atrás de las estaciones de servicio. Coleccionó muchos ayeres perfeccionando la postura del misionero: apoyaba las tetas en el capó de una camioneta, se bajaba las bragas, rezaba una letanía aprendida de memoria y sin entusiasmo –dont’ stop baby, fuck me, oh my good-, y diez minutos después volvía a subirse las bragas llenas de tierra.

Aburrida de aquellos amores poco rentables se inventó la tarifa de la happy hour, revolucionó el dos por uno: dos hombres a la vez compartiendo mujer y precio. ¡Se hizo rica en la mitad de tiempo!

Engendró diecisiete hijos, todos varones, -uno negro como el carbón de las minas irlandesas y los otros dieciséis con el pelo zanahoria- uno tras otro cada siete meses. Ninguno de ellos fue bautizado por el miedo a que quedaran marcados con una cruz indeleble de ceniza en la frente, excepto el negrito, porque en su piel no podían quedar marcas eternas. Cuarenta y cinco años después éste negrito se dedicó a recorrer todo el país diciendo a la gente lo que ésta quería escuchar; en todos los discursos empezaba y terminaba igual: Yes, we can (lles güi kan), llegó a ser un reconocido congresista y finalmente fue elegido presidente del país más poderoso del mundo. En los círculos facinerosos y derechones del Tea Party llamaban al nuevo presidente “ese negro hijodeputa” sin saber que los dos adjetivos eran exactamente correctos.

Janice acabó en su madurez casándose por el rito católico romano con un charlatán de feria que había estado media vida buscándola; se casó vestida de blanco impoluto y con un séquito de doscientas catorce damas de honor, todas ellas compañeras de carretera y de noches amazónicas. Terminaron borrachas en el brindis nupcial, bebiendo medias pintas de Guinness, cerveza negra diez veces más rica que esa mierda de American Bud, bailando semidesnudas sobre las mesas, alborotando la fiesta desde bien entrada la noche; los comensales metían billetes de a dólar en la cinturilla de sus tangas y algunas – las más avispadas- acabaron rifando su virginidad postiza al mejor postor.

Medio siglo después, en el soleado invierno de Florida, Janice se cagaba de la risa cada vez que miraba a su hijo el presidente por la televisión y les decía -a todo el que quisiera escucharla- que el tiempo le había dado la razón, y que podía afirmar con todas las de la ley que los gringos son intrínsecamente más machistas que racistas; lo supo desde el momento en que no le sirvió de nada haber llegado a ese país con todas las tragedias  de Shakespeare leídas y memorizadas, no le sirvió de nada haber llegado a ese país sabiendo cuadrar las millas a kilómetros y los galones a litros, no le sirvió de nada tener la cabeza bien ordenada y tener que dedicarse  utilizar todos los agujeros de su cuerpo para poder salir adelante.

 

                                                 Para m. que ha prometido morderme la lengua si no lo hago yo.

LA MUJER QUE AMABA A UN PERRO

En un domicilio alquilado de cincuenta metros cuadrados no hay aguas internacionales donde eludir las batallas. En este apartamento de dos habitaciones, cocina-office y un baño, cualquier rincón es propicio para iniciar un zafarrancho de combate. Huele a queroseno y a petróleo, ya ni recordamos desde cuándo permanece flotando este olor en la casa. Solamente necesitamos algún tipo de chispa para que se inicie la combustión y todo salte por los aires.

A veces ella encuentra un viejo encendedor sin gas:

              Ella  T e veo raro, estás diferente. Como si te faltara algo en la cara.

              Él     ¿bronceado? ¿afeitado? ¿perfumado?

              Ella   No. Te falta la sonrisa.

Otras veces pulsa el interruptor del fluorescente para que el cebador percuta una pequeña descarga:

              Ella  Eres parte de una película. De mi película.

              Él      ¿King Kong? ¿Sin City? ¿Alguna mierda del Almodóvar?

          Ella  No. Titanic. Eres el iceberg. Gélido, silente, nocturno, traicionero, cabrón, ingrato, insensible.

Pero más tarde o más temprano encontrará un lanzallamas escondido bajo toneladas de papel, de monstruos y de recuerdos. Por la única ventana empezará a salir humo y alguien avisará a los bomberos:

               Ella  Eres como un animal. Mi animal.

               Él     ¿un jaguar, un leopardo, un tigre de bengala?

               Ella  No. Un perro.

               Él        ¿…?

              Ella    Un puto perro callejero. Un perro que ladra a todas las perras, un perro que sólo me muerde a mí, a la mano que lo acaricia. Un perro que me tiene harta. Harta de que se pase los días sentado frente a la playa, sin hacer nada más que fumar y mirar las olas, ¡como si hubiese algo al otro lado, JÁ!

Harta de que se pase las noches sentado frente a la pantalla y el teclado, leyendo no se qué mierdas y escribiendo otras mierdas más grandes todavía.

Harta de su única justificación: que estás en un proceso constante y eterno de la búsqueda de la felicidad. ME TIENES HASTA EL MOÑO DE TU INFELICIDAD Y DE TUS GILIPOLLECES.

Eres un perro que callejea continuamente por las ciudades y luego vuelve lloriqueando hasta aquí, hasta mí. Vuelve herido, roto, contaminado. Un perro que olisquea el culo de otras perras buscando alguna que esté en celo, y mientras tanto yo me quedo más sola que la una, esperándote. Un perro que se queda prendado de lo que sea, de una risa, de una mirada, de un acento, de una palabra. ¡Te ha pasado y te pasará siempre! Me tienes hasta los mismísimos ovarios de tus huidas y de tus regresos.

Dices que eres pequeño, insignificante, que tus cosas no deberían afectarme tanto, que soy una dramática. ¡PERO QUÉ HUEVÓN ERES! Para mi eres grande, muy grande, el más grande hijodeputa que haya conocido. En tan solo unas horas eres capaz de licuar mi universo balbuceando palabras bajito y al oído, después cuentas uno a uno todos los poros de mi piel, te haces cíclope y unicornio entre mis piernas,  y por último cortas las cuerdas a mi paracaídas. O como tú escribirías con esa manía tuya de asemejar la prosa al lenguaje oral: «En un mismo día me comes la oreja con tus historias, me follas como te da la gana y después me tiras rodando por entre la mierda a un barranco sin fondo«. PARA HACER TODO ESO HAY QUE SER MUY GRANDE Y MUY HIJODEPUTA.

Me tienes cansada de que cuando todo va mejor entre nosotros se te encienden los ojos, se te pone dura y te vas a la otra punta del mundo sin decir nada. ¿No puedes hacer como otros?, ¿no puedes mirar porno? ¿no puedes hacerte una paja y después seguir mintiéndome? No, tú no. Lo tuyo es empezar una cacería tras otra. CABRÓN. Luego vuelves perdido y derrotado.  ¡ Y TU POLLA SABE AL COÑO DE OTRA ¡ Y yo me tengo que comer esos sabores y lamer tus heridas. En un minuto cambias las mariposas de mi estómago por una bombona de butano, que me rompe las tripas, que me deflagra entre las costillas, que explosiona al ladito de mi corazón.

¿No te das cuenta de que todo eso va contra natura?

¡ un perro como tú tiene que estar con una perra como yo !

Por mucho que derritas el nombre de otra en la nieve con tu aliento, NO PUEDE SER; por mucho que te pierdas por las mesetas y te hagas sumiso escudero de otra, NO PUEDE SER; por mucho que te enganches de una loca que le tiene miedo a la lluvia, NO PUEDE SER.

¡¡ PORQUE TODAS ELLAS SON GATAS Y TU ERES PERRO !!

Un perro que se cuelga de la letra I latina, I de incierta, I de ImPaR, I de imposible. Un JODIDO perro sin pedigree, que no tiene ni quiere tener dueña, que no quiere a nadie porque no se quiere ni a sí mismo. Al final te vas a quedar solo, sin amigos ni enemigos, sin techo, sin estufa para el invierno, sin regazos ni platos. Solo, te vas a quedar solo.

                Él    Tanto desdén no puede ser bueno. Tanto odio no puede ser bueno. Tanta mala leche no puede ser buena. Ni para ti ni para mí.

 

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Los bomberos llegaron justo a tiempo para ver todo el apartamento calcinado; en el rellano una mujer todavía sujeta el mango de un lanzallamas que eructa fogonazos. Algún vecino dijo haber visto salir corriendo escaleras abajo a un perro chamuscado.

             –¿un perro? ¿de qué raza?

                  No, de ninguna. Un perro de esos que nadie quiere, de esos que andan por las calles buscándose la vida entre las basuras. Un perro de esos que los golfos apedrean cuando se aburren. Un perro no más.

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OVERBOOK

¿Conoces esas cafeterías de alto standing o de bajo ranking que siempre están vacías? Establecimientos con decoración extravagante e indefinida, que a veces son laberínticas y otras son  áridas. Sí, ésas en las que no entramos porque no sabemos cómo comportarnos, no sabemos si el café es bueno, malo o regular, no accedemos porque no hay lista de precios y tenemos miedo a un atraco pecuniario.

Tu corazón es así.

 

¿Has visto esos asientos del autobús que están reservados para personas especiales? Siempre están al principio, nada más entrar, fácilmente localizables. Son un poco más amplios y confortables que el resto de butacas. Sí, ésos que siempre están ocupados por gente que no los merece, por turistas despistados que no entienden el idioma, por tipos egoístas que se aprovechan de nuestra indolencia, por listos que se pasan de tontos.

Tu coño es así.

TOYO ITO

“Dices que no me entiendes cuando te hablo, que siempre llevo la conversación hacia temas que no te interesan. Dices que somos incompatibles, que no tenemos los mismos gustos, los mismos sentimientos; y NO es cierto, porque aunque únicamente sea cuando hago/hacemos uso de nuestras lenguas es cuando realmente nos comunicamos. Es en esos momentos cuando recito todas las palabras que quieres escuchar; directamente a tus labios, a todos tus labios.”

 

Esto lo escribí pocos días después de dejarme, dejarte, dejarlo, hace ya tanto tiempo. Hoy nos hemos cruzado en el parking del IKEA, bajo la sombra rojiza y sinuosa de la torre de Toyo Ito, pero no me he sorprendido. Sé que lo más lógico del mundo es cruzarse con personas a las que no quieres volver a ver. Me has dicho que no vienes a comprar, solo a observar las tendencias de este otoño. No sé qué ideas puedes copiar de un sitio que te vende un armario ropero desmontado y empaquetado, que tienes que resolver un sudoku cada vez que lees las instrucciones, que para hacer una reclamación de alto nivel tienes que aprender un idioma nórdico.

 Pre-Momento absurdo:

: divina como siempre; yo: mucho menos. : jovial como siempre; yo: ausente como en aquellos tiempos.

Tu vida en un minuto: casada con un marido de corbata y ex fumador por ley, niños en clases de música, el gimnasio a días alternos, coleccionista de foulards y de biquinis, osito de Tous en el cuello y pulsera de Pandora en la muñeca.

Mi vida durante ese minuto: vigilando mi vieja scooter que está aparcada en doble fila taponando tu Mini de dos colores, esperando que acabe esta conversación para poder volver a estar ausente de ti, otra vez.

Post-Momento crítico:

En tu despedida el cordial olvido de siempre:

Nos vemos, (dónde?, cuándo?)

-Nos llamamos, (pero si ya borramos nuestros teléfonos)

sí, sí, (no, no)

– ¡ cuídate ¡  (de qué?, de quién?).

Luego dos besos, uno por mejilla, -mas que besos han sido picotazos para evitar que se te pierda ese carmín azul-, pero en el último giro de cabeza, a un centímetro de mi oído, inundándome las pituitarias de aromas pretéritos, me has susurrado: todavía recuerdo tus palabras, todas tus palabras, mi marido no me habla igual…

Esta noche sigo pensando a qué palabras te refieres: ¿a las que nunca entendiste, o las que te dije sin sonidos, exclusivamente con la lengua?

Mañana me castigaré escuchando varias veces a Quique González cantando aquel verso: peor que el olvido fue volverte a ver.

DIEZ PALABRAS PARA LOLA

SECULAR – INCORREGIBLE – PERENNE – CHIVATO – LISIADO – TIROTEO – CONSIDERADO – ALIJO – OLVIDO – GENITAL

Lola llegará a ser una Mata Hari de suburbio, quizás también pueda aspirar a convertirse en una viuda negra de los arrabales. Desde adolescente estaba predestinada a tener la brújula cardiovascular desimantada porque creció entre mordiscos y ladridos; muy pronto se hizo mujer de falda corta, culo alto, piel caribe y unos ojos de gata que en ocasiones son transparentes y puedes ver el rodar del mundo a través de ellos. Tiene mala suerte escogiendo medias naranjas ya que posee el defecto incorregible de encariñarse con quien no debe. Dicen en la familia que toda la culpa es de un bisabuelo loco, vikingo, borracho, blasfemo, hereje y embustero. Aquel pariente lejano se pasó media vida masticando luciérnagas excitadas, pensaba que así iluminaría su interior y encontraría la paz. La palmó de una intoxicación luminosa en las tripas, pero involuntariamente mezcló su ADN con el de los insectos y ahora, varias generaciones después, Lola tiene el gen testarudo de los mosquitos, el impulso suicida de los tábanos: parece una de esas polillas que chocan continuamente con las bombillas de las farolas, una y otra vez, aunque se quemen, aunque mueran a fuerza de darse cabezazos contra una falsa luna incandescente.

Su historial matrimonial así lo demuestra:

Primero fue un croupier de taberna, trasnochador y matemático; el manejo que demostraba con los naipes la hacían desear esos hábiles dedos tamborileándole en el sitio justo por donde se le mete la costurita del tanga, sobre su baraja cuatrilabial, pero el tipo era más de comer plátanos que de pelar kiwis. Tardó poco en darse cuenta: la primera –y única- vez que inauguraron la alcoba se encontró con plumas de colores flotando en el aire y con todos los armarios abiertos de par en par. En el mar de los ojos de Lola se divisó un naufragio inesperado, un rumor de maderas quebradas y un bello mascarón de proa ahogándose.

Más tarde se amarró a un capo mafioso, antítesis del primero: analfabeto afectivo, buscador de la muerte en cada negocio, funámbulo sordo de la vida. Fueron tiempos de champagne y humillaciones, de astracán y desalojos. Todo principio tiene su final y un soplón (chivato policial) desencadenó la caída de aquel emperador barriobajero: tras un tiroteo con los sicarios gubernamentales quedó lisiado de por vida, un (des)considerado proyectil hizo diana en su escroto y ahora el croupier y el mafioso pertenecen a la misma asociación, un club muy meti-culoso. Lola no lloró y detrás de sus pupilas aparecieron pasarelas y ciudades desmoronadas a traición, como si un terremoto nocturno se la tuviera jurada.

El tercero (en discordia) fue un viajante solitario que la encandiló con promesas de llevarla a países recién dibujados, a lugares donde el clima es elegido por el visitante, oasis de fiesta perenne, de permisión total, de pulsera vip con todo incluido. Ella creyó palabra por palabra; en cada nueva revelación una noche de colchón, en cada quimera futura un amor de urgencia en la toilette del aeropuerto. Pero la pirámide se derrumbó el día que -amorosamente- quiso deshacer su maleta tras uno de los viajes, descubriendo que no transportaba fábulas de paraísos tropicales ni algoritmos de latitudes atlánticas, en su lugar guardaba un alijo de bragas ajenas (trofeos o fetiches, vete tú a saber). Lola abrió sus enormes ojos, quería lograr a toda costa que se le borraran las polaroids de desiertos lluviosos, de glaciares derretidos en chocolate caliente, de mentiras y más mentiras.

Ahora anda medio liada con un imaginante fronterizo que memoriza novelas de tres líneas, que es iconoclasta por naturaleza, que no venera ningún ídolo, ni divino ni secular, que abjura de cualquier imagen italiana que represente el más allá. Es un hombre que sueña en papiamento, que habla spanglish y que firma en español. En los ojos felinos de Lola se adivina un campo de amapolas donde –de momento- los vientos juegan al tres en raya.

Lola no quiere leer el libro nonato que él está escribiendo. Lola tiene bastante en recontranegarse a dejar caer en el olvido un tuit orwelliano que siempre recordará: El corazón es mi puta preferida.

Si yo pudiera mirarla en este momento directamente a los ojos vería un galeón pirata con todas sus lombardas dispuestas a cañonear lo que sea, a quien sea, incluso a ella misma.


Filmografía: Der blaue Engel, Marlene Dietrich.

Banda Sonora: Una historia de Alvite, Ismael Serrano.

Libro de cabecera:  María Dos Prazeres, (séptimo cuento peregrino) G. García Márquez.

NI HAO NÜZĪ

La chinita del todo a cien me pone como loco con esa carita de autista emocional, con ese rostro inexpresivo así se hunda la isla de Hong Kong, con esa piel de arroz crudo, con esa boca que promete conocer el secreto de los finales felices, con esa carencia lingüística que la hace parecer sumisa, respondiéndome afirmativamente a todo, sea lo que sea.

Quiero estudiar la disposición de los cinco elementos y practicar el arte oriental de la reubicación corporal. Quiero hacerle un feng-shui completo, quiero que las ventanas de sus ojos ásperos estén abiertas hacia el sol naciente, quiero que su desfiladero vertical esté orientado sin resistencias hacia mi Chí, quiero meter toda la medida de mi ying-yang dentro de su enmoquetado salón comedor.

Ya sé que no tiene muchas tetas, cosas de su raza y de una dieta pobre en clembuterol, pero si me esfuerzo podré sintonizar radio Yangtsé en el dial de su pezón. Ya sé que su poca estatura hace que tenga el chocho más cerca del suelo que otras, pero en horizontalidad de condiciones eso no importa. Ya sé que sus caderas son escurridas como el champú de soja que se unta en el pelo y que huele a fritura lacia, pero por lo menos no se pinta la cabeza con un color imposible cada semana.

De momento voy cada día al todo a cien a comprar pilas que no funcionan, cuchillos que no cortan, bolígrafos que no escriben y gatos dorados de plástico con un brazo incansable. Cualquier día de estos conseguiré hacerla sonreír, entonces media batalla estará ganada.

no lo entiendo

Quizás haya escrito alguna vez la palabra  enfermera

Quizás haya escrito más de una vez la palabra  follar

Dudo haber escrito  verga

Dudo haber escrito mexicana

 

Pero estoy segurísimo que nunca escribí cojiendose, sobre todo porque es un gerundio acentuado y se escribe con g de guarro

 

El tarado salido que viene a mi blog a buscar esas cosas es de Filipinas, me lo ha dicho Google Analitics. No tiene nada que ver la procedencia, ese tipo de personas habitan en todo el mundo, pero me choca que a un filipino le pongan las enfermeras mexicanas, o quizás sea un mexicano que sueña con vergas filipinas. No lo entiendo.

 

¿alguien sabe lo que significa “pasiantes”?

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CANSANCIO

Harto de coños con sabor a Marlboro light, con un sahumerio sudoroso de madrugadas (futuras), con ecos (pretéritos) del tráfico (presente) de taxistas (mentirosos) al final de su turno, con manchas (delebles) de casados (aburridos) que quieren ser solteros todos los días (fines de semana), con estigmas (invisibles) de cuarentones (deprimidos) que quieren ser veinteañeros (impacientes) antes de la derrota inevitable del tiempo…

Necesito dormir, donde sea-con quien sea, cuanto antes.

SOUVENIR

En cada regreso te traía un regalo-soborno: un llavero de piel italiana (vera pelle) a cambio de una de mis mentiras, una taza de café sin cucharilla a cambio de una de mis historias de una noche, una postal con atardeceres trucados a cambio de una factura de hotel con habitación doble y desayuno incluido.

La ilusión de tu cara, frente mis cachivaches baratos, superaba mi arrepentimiento y enmendaba mi degradación.

Tú nunca me regalaste nada, tampoco viajabas mucho, pero cuando volviste de Washington y llegaste vestida con aquella T-shirt, supe que me habías derrotado.

El slogan de la camiseta, seriegrafiado en naranja sobre fondo negro, era premonitorio: The future is in mi pussy. Find it.