TIENE LOS PIES SUCIOS Y LOS OJOS AZUL PERDICIÓN (spin off)

— SUGERENCIA: dale al play, volumen muy bajito, luego lee  —

 

 

Ella tiene los pies sucios porque siempre va descalza, dice que es su manera de estar en contacto permanente con la Tierra. Tiene miedo a salir volando de este planeta si alguna vez no lo siente bajo sus pies.

Nunca supe cómo se llamaba, solamente que tiene los pies sucios y los ojos azul perdición. En realidad no me importa su nombre, no es un dato indispensable. ¿O sí? Estoy maldecido a no recordar el nombre de ninguna, todo lo más que me viene a la cabeza son los detalles de su ropa interior, el nombre de su perfume, y el tono de su carmín. Por el mismo orden: no lleva, cualquiera que esté de oferta, Rouge in Love de Lancôme.

Sé que le gusta el color sepia, ese mismo color de las fotografías reveladas con nitrato de plata, o como el de las páginas de novelas que tratan de investigadores privados y rubias de nombre compuesto.

Ella habla de la gente muerta como si todavía permanecieran vivos, como si estuvieran en la misma habitación charlando de banalidades. Sin ir más lejos justo ayer dejó caer que Nicanor Parra le había confesado que está buscando dónde comprar un billete de autobús para ir a visitar al Cristo de Elqui. Luego se quedó mirando al infinito por encima de todos y con aire de estar esperando una respuesta. Yo dije que ni puta idea, que de antipoetas y de cristos ando justito, más bien nada.

También sé que le gustan las películas antiguas, los olores de animales extintos y el café hirviendo. La verdad es que todo esto son conjeturas, suposiciones. Ella no cuenta nada, va dejando miguitas de pan para que el resto –cualquier desgraciado atrevido como yo- encaje las piezas de su puzle.

Ella le cambia el rumbo a las palabras, las marea, las trastoca, las extravía. Cuando dice ahora quiere decir camaleón, cuando dice bizquera contagiosa significa literalmente estoy buscando unos pendientes de plata que perdió mi abuela en su viaje de bodas, y cuando dice un poco más de tequila, ande, sea bueno en realidad está diciendo imperativamente ¿quieres hacer el favor de tomar un avión y venir aquí? Se me está quedando el culo plano de esperarte sentada.

Ella empezó a levantar una pared de adobe y rastrojo en el preciso momento en que nos conocimos. Un muro con botellas rotas incrustadas en el borde de arriba. Un escudo de protección para mí, no para ella.

Antes de tener la más mínima oportunidad de insinuarme ella empezó a contar la historia que la trajo hasta aquí, hasta esta taberna de ambiente gaélico.

Más o menos fue así:

 …mi padre estaba escaso de dinero en un momento en el que le era muy necesario, entonces se le ocurrió vender mi virginidad  por diecinueve dólares con sesenta y siete centavos, el precio exacto de una entrada para asistir a la final de los Yankees. Ver al todopoderoso Joe DiMaggio sembrar jonrones bien valía mi odio eterno, yo no era más que una mocosa engendrada por descuido en una noche de tiroteos, sirenas y gente que nunca ve nada. Yo sería el premio gordo de una partida de póker entre varios capos italoamericanos, llegados desde los suburbios de Detroit hasta Nueva York aquel verano de mil novecientos cincuenta y cinco para ver la puta final de béisbol.

Las Vegas queda perdida en medio de un desierto y Atlantic City es tan decadente que acabaron improvisando una timba ilegal en la cocina de un bar de la Doce con Lexington. Las manos de cartas iban sucediéndose, los naipes eran remolinos alocados sobre el tapete, fichas de a dólar, de a diez, de a cien, rodaban de un lado para otro.

El dos de corazones no salió en toda la noche.

Yo esperaba sentada, tranquila y descalza, sobre un taburete alto. Bebía sorbos de algo transparente y reposado que me escaldaba la lengua; fumaba dibujando aros planetarios en cada calada. De vez en cuando saltaba al suelo para sentir el temblor del tren subterráneo bajo mis pies, para confirmar que todavía pertenecía a este mundo, después volvía a subirme en el taburete y continuaba esperando.

A veces la suerte sonreía a uno o a otro jugador. Entonces mi estrategia era mirar fijamente al ganador de turno, colarme en su interior a través de las pupilas y cambiar de sitio sus órganos vitales, convencer a las sístoles y a las diástoles que son judías y hoy es Sabbat, tejer trenzas con sus arterias, atrapar las muchas canciones de blues que un día escuché en el ferrocarril y dejarlas retumbando un buen rato en la cabeza de aquel pobre desgraciado.

Al amanecer declararon desierta la partida ya que a nadie le apetecía perder la razón e ingresar en un sanatorio mental por aquella quinceañera de ojos azul desastre y boca en forma de humo.

A partir de aquella noche estuve yendo al oeste de Manhattan todos los domingos del resto de mi vida, incluso aquel en el que Armstrong se bajó del Apolo a echar una meada en la Luna tras un viaje de trescientos mil kilómetros. Estuve yendo al edificio Dakota, precisamente donde matarían a John Lennon, donde el diablo violó a Mia Farrow, donde Holden Caulfield podría tener alquilada una buhardilla a perpetuidad; llegaba al atardecer y dejaba en el suelo un puñado de flores de parterre envueltas en papel de periódico. Aquella noche de póker los Yankees neoyorkinos habían perdido cuatro a tres contra los Dodgers brooklyneses y uno de aquellos cabrones italianos del boliche me hizo el mal favor de mostrarme en qué cimiento exacto estaba el cuerpo de mi papá, porque el pobrecito no había podido devolver el importe del préstamo…

Escuché toda aquella historia de timbas de póker, de apuestas inverosímiles, de cuerpos ocultos en el cemento, de mafiosos del medio oeste. Aguanté de cabo a rabo todo el rollo, vislumbré erróneamente que era sin más una táctica fantasiosa para no dejarme entrar en su cama.

Pero los síntomas de mi enfermedad –juventud, fanfarronería e inconsciencia- eran más fuertes que la precaución:

-Podría hacerte el amor toda la noche sin dejar de mirar esos ojos azul obsesión. Podría dejarte satisfecha solamente con mi polla y mis manos, sin perder de vista esa mirada de color azul mentira. Estaría horas y horas haciendo que se desbordaran tus orgasmos sin pestañear ni un segundo y continuaría hipnotizado por esos ojos azul incertidumbre.

-¿Y si no eres capaz? ¿Y si no eres bastante hombre?

-Prometo multiplicarme por dos, por tres, por mil, y consumar mi palabra.

-Cuidado con las promesas, a veces se cumplen.

Al alba los neones del motel dejaron de ser intermitentes, los repartidores de periódicos comenzaron su ruta esparciendo la vieja noticia del desastre de Vietnam. No tuve más remedio que rendirme:

-No puedo más, dentro de ti he visto el infierno, y no es rojo. Es azul.

Ella tiene los pies sucios, los ojos azules y muy mal genio, como si ocultara una ciclogénesis bajo las uñas:

-Tendrás que desdoblarte, triplicarte, multiplicarte, tal como prometiste, o acabarás siendo el tipo que vende armónicas a los presos de San Quintín, y aprovecharás los días de visita para tener un bis a bis con una cuerda, yo misma la ataré a tu cuello por un extremo y a las cañerías que cruzan el techo por el otro.

Desde aquel día me llaman el Hombre Doble, y permanezco siempre de pie en contacto con la Tierra. Es la única manera de tener algún lazo con ellas.

.

 

 

 

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24 comentarios en “TIENE LOS PIES SUCIOS Y LOS OJOS AZUL PERDICIÓN (spin off)

  1. Me encanta por preciso y preciso

    No hay historia sino pones el corazón en ella, eres un genio y ya quisiera yo escribir como lo haces. Me llevaste a sitios insospechados, me arrastraste durante toda la historia y me invitabas a ponerle nombre a ella, aunque la verdad es que a ella no le hace falta.

    SI SERAS CABRÓN PARA ESCRIBIR COMPADRE

    Me gusta

    • Era una vieja historia que salió de otra historia anterior, la tenía dándome vueltas por la cabeza y debía exorcizarme de ella, éste fue el único modo que encontré.
      Gracias, amigo

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  2. Sorprendente siempre cada cosa a la que le echas pulso!!!

    Y estas palabras inconexas
    Antonio Machado

    ¡Oh, sola gracia de la amarga tierra,
    rosal de aroma, fuente del camino!

    Auras… ¡Amor! Bien haya primavera;
    bien haya abril florido,
    y el solo amado enjambre de mis sueños,
    que labra miel al corazón sombrío.

    Y en una triste noche me aguijaba
    la pavorosa espuela de mis pasos…
    Sentirse caminar sobre la tierra
    cosa es que lleva al corazón espanto.

    Y es que la tierra ha muerto… Está en la luna
    el alma de la tierra y en los luceros claros.

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  3. Me encontré tu blog por casualidad (aunque no estoy segura de su existencia) y me declaro tu fan.
    Este relato me llevó al NY de los 50, pude imaginar la cara, los pies, la mafia italiana como ícono de la ciudad. Sencillamente maravilloso. Felicidades.
    Abrazo desde el Caribe.

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    • Me saca usted los colores 😉
      Agradecido por tus palabras, aunque el mérito quizá no esté del todo en el relato, quizá tu imaginación estaba predispuesta a dejarse llevar por estos párrafos.
      Agradecido por tus palabras.
      Abrazo desde el Mediterráneo.

      Le gusta a 1 persona

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